Talía Laucirica Gallardo recuerda el entierro del líder estudiantil José Antonio Echeverría - Cuba

Talía Laucirica Gallardo recuerda el entierro del líder estudiantil José Antonio Echeverría

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Estuvo entre los pocos que asistieron al entierro de José Antonio Echeverría. Instantes de dolor que ha guardado en el recuerdo hasta hoy. Talía Laucirica Gallardo vive con el honor de haber sido amiga y compañera de estudios del líder revolucionario

«Eran aproximadamente las siete de la noche cuando el cortejo fúnebre, que llevaba los restos de José Antonio, atravesó la ciudad de Matanzas. Pasó en silencio, la población no sabía que él sería trasladado desde La Habana hasta el panteón de su familia en Cárdenas».

Así recuerda aquellos momentos Talía Laucirica Gallardo, amiga y compañera de estudios, en la Universidad de La Habana, de José Antonio Echeverría, quien fuera presidente de la FEU y dirigiera las acciones del asalto a Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj, el 13 de marzo de 1957, con el objetivo de derrotar la dictadura de Fulgencio Batista.

«A mi mamá y a mí nos recogió un amigo que venía como parte del cortejo, discretamente, en la Vía Blanca. En el carro estaban también su novia y la madre de ella. Eran unos seis carros en total, los cuales fueron registrados previamente por las autoridades.

«Al llegar al cementerio serían más o menos las ocho de la noche, y ya había oscurecido. Nos hicieron bajar de los autos y solo siguieron hasta el panteón el carro fúnebre y el de los padres de José Antonio. Nosotros continuamos a pie, con las dificultades de la penumbra. Entre las tumbas había apostados soldados con armas.

«Para poder colocar el ataúd en el panteón hubo que auxiliarse de faroles de luz brillante. Éramos unas 20 personas entre familiares y amigos, también iban Roberto Chomat, entonces decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana, y el profesor Aquiles Capablanca.

«Fue el entierro de un héroe y sin embargo había sido tan pequeño, sin un solo homenaje. Al día siguiente, bien temprano en la mañana, hablé con unos amigos en una florería de Matanzas para que me hicieran una ofrenda floral. Sobre el mediodía, mi padre me llevó en el carro hasta la tumba, allí dejé las flores. Esa fue mi despedida de José Antonio».

Talía Laucirica Gallardo. Foto: Calixto N. Llanes

Para Talía, recordar aquellos momentos se hace muy difícil, tanto que, hasta hoy, 52 años después, había rehusado cualquier entrevista o escribir el relato, para que quede constancia de los hechos como parte del tesoro que guarda la Cátedra José Antonio Echeverría, de la Universidad de La Habana.

Es inevitable que sus ojos se llenen de lágrimas cuando recuerda sus encuentros con José Antonio en el Náutico de Varadero, adonde acudían con sus familias asiduamente por ser matanceros.

«Había una amistad entre las familias. Mi mamá fue fundadora de La escuela del hogar, en Matanzas, y la hermana de José Antonio, Lucy, fue su alumna.

«Él me habló con tanta pasión de la arquitectura que despertó en mí una inclinación por esa carrera. Así que cuando terminé el bachillerato vine a vivir a casa de una tía aquí en el Vedado y matriculé en la Universidad de La Habana. Yo tenía entonces 16 años y José Antonio ya estaba en cuarto año».

—¿Cómo recuerda usted el carácter de José Antonio, sus gustos, su manera de ser...?

—José Antonio era una persona muy especial. Por una parte era muy serio, muy cumplidor, estaba muy claro de los pasos que daba, de su deber para con la patria, y al mismo tiempo era muy cariñoso, agradable; le gustaba disfrutar de la vida, no era ningún renegado de las cosas que les gustan a los jóvenes.

«Bailaba y lo hacía muy bien. Le gustaba la música y tenía una novia, María Esperanza, que era una joven muy bonita y también estudiaba en la universidad. Ella residía en una casa de huéspedes en 17 y L, en el Vedado, porque era del oriente del país.

«No era difícil ver a José Antonio compartiendo una cervecita en el bar del Hotel Colina con sus compañeros de estudios, o en una fiestecita que hacíamos en la casa de alguien.

«Y cuando había dinero nos íbamos un grupo al restaurante Centro Vasco —él y yo descendíamos de esa región de España— y por tradición familiar pues teníamos un gusto especial por esos platos y también por el vino. Pero déjame aclararte que él no tenía ninguna adicción, solo tomaba socialmente, y no fumaba.

«Mi relación con él era muy buena, de una profunda amistad. Siforiano, su hermano, vivía en La Habana. Ya era ingeniero graduado y tenía un carro. José Antonio me decía: “oye, esta semana tenemos viaje con Sifo”, porque el hermano lo llevaba a pasar el fin de semana a la casa de sus padres en Cárdenas, y de paso “me daba botella” a mí. Luego me traían de regreso a La Habana. Era muy atento».

—Usted lo recuerda en la universidad, como estudiante...

—Sí, como no. Era muy inteligente, y como te dije antes, un apasionado de la arquitectura. Pero debía dividir su tiempo con las responsabilidades que tenía como Presidente de la FEU.

«Él ya estaba en un grado avanzado y esa carrera lleva mucho taller. Había un grupo de estudiantes que trabajaban con él. José Antonio daba los criterios arquitectónicos, de desarrollo, la idea de lo que quería expresar y luego ellos lo ayudaban en el tema del dibujo, que es lo que se hacía en el taller y lo que lleva más horas de trabajo».

—Usted participó en las manifestaciones estudiantiles.

—Yo siempre estaba allí, y bajé varias veces —así le decíamos porque bajábamos la Escalinata desde la Colina Universitaria— pero José Antonio siempre me decía que no saliera. Trataba de protegerme, porque yo era muy jovencita, mujer y había un compromiso familiar, pero yo no hacía mucho caso.

«Recuerdo una vez que me lo encontré llegando a San Lázaro y me dijo: qué tu haces aquí, dime tú, otro problema más.

Yo incluso formé parte de la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Arquitectura, y ocupé la Secretaría de Asistencia Social. Eso quizá parezca raro, pero mi labor era recoger dinero entre los estudiantes e ir a visitar a nuestros presos, para ayudarlos.

«Pero yo recuerdo a José Antonio en las luchas estudiantiles desde mucho antes, allá en Matanzas. Por ejemplo, un 8 de mayo al mediodía, se hizo una peregrinación al Morrillo, en homenaje a Antonio Guiteras. Eso fue al mediodía y por la noche había un acto en el Instituto de Segunda Enseñanza.

«Allí irrumpió la soldadesca e hirieron a José Antonio en la cabeza, también a Venegas. Yo estaba allí, con Julio García Olivera.

«También recuerdo una vez que estábamos en un acto en el Instituto del Vedado de aquí, de La Habana, en el Parque Mariana Grajales, y también se formó una trifulca e hirieron a Fructuoso Rodríguez, a José Antonio y a su hermano Alfredito.

«No era difícil verlo con la cabeza vendada en la Universidad, porque la policía acostumbraba a asestar golpes con el palo por la cabeza de los estudiantes».

El asalto a Palacio Presidencial evidenció la determinación del Directorio Revolucionario de luchar hasta las últimas consecuencias.

—¿Cómo se enteró usted del Asalto a Palacio?

—Habíamos tenido una asamblea en la Escuela de Derecho, y la orientación fue que la universidad permaneciera cerrada, porque había una tendencia en aquellos tiempos a comenzar las clases a finales de enero o febrero.

«Yo estaba en Matanzas cuando ocurren los hechos. Casualmente teníamos puesto Radio Reloj y escuché a José Antonio, y cuando se fue del aire nos cayó una desesperación a todos, a mi mamá, a mí. Y luego las noticias, yo quería venir para La Habana, pero era muy difícil, todo estaba muy complicado.

«El cuerpo de José Antonio estuvo tirado en el lugar donde cayó hasta casi las ocho de la noche. La calle estaba cerrada y rodeada por la policía batistiana. Algunos compañeros, desde el portal del Hotel Colina, estaban mirando la situación, para tratar de rescatar el cuerpo, además no se sabía si estaba aún con vida. Pero aquello fue imposible.

«El cadáver lo entregaron a la familia al día siguiente, y se tendió en la funeraria de Zapata y 2, en el Vedado. Yo me comuniqué telefónicamente con el padre de José Antonio para decirle que venía para La Habana, pues quería estar junto a los familiares y amigos, pero él me dijo que no lo hiciera, que el entierro sería en Cárdenas y podíamos cruzarnos en el camino. Eran más o menos las 12 del día y todavía no tenían autorización para el traslado.

«Sobre las tres de la tarde recibimos en mi casa en Matanzas la llamada de Sergio Martínez, un compañero que estudiaba arquitectura y muy amigo de José Antonio, me dijo que me recogería en Matanzas, sin llamar mucho la atención, y así lo hizo».

—¿Y sus padres no se preocupaban por que usted participara en la lucha?

—Mi mamá no se oponía, a mi papá le gustaba un poco menos, pero yo era dueña de mis actos y decisiones. De hecho mis padres también participaron en la lucha. Luego de estas acciones mi casa se convirtió en lugar de estancia para revolucionarios que actuaban en la provincia. Es verdad que no tenía condiciones de seguridad ninguna, pero era necesario y así fue.

—¿Usted terminó la carrera de arquitectura?

—No, qué va. La universidad se cerró cuando yo iba a empezar tercer año, y todo ese tiempo, luego de la muerte de José Antonio y amparada por los acuerdos de la Carta de México que disponía la unión de las fuerzas revolucionarias, trabajé junto a los compañeros del Movimiento 26 de Julio.

«Después del triunfo de la Revolución laboré en el Ministerio de Relaciones Exteriores, luego en Educación y más tarde en Transporte. Estudié Derecho, por aquello de que no dijeran que no me había graduado en la Universidad, y los conocimientos de ambas carreras me sirvieron de mucho en mi trabajo».

—Supongo que todas estas cosas afectaron su carácter.

—Hay cosas que indiscutiblemente te marcan para toda la vida. Todavía José Antonio murió combatiendo, pero lo ocurrido en Humboldt 7 fue una masacre.

«Cuando veo los muchachos de hoy, recuerdo esa etapa, uno no la tuvo. Ellos no tienen preocupación ninguna, cumplir con sus estudios y hacer el servicio militar, pero no como nosotros. Somos una generación marcada».

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