La peña de los 120 años

Una singular peña de personas de la tercera edad da una estocada al aburrimiento en el Parque Vidal de Santa Clara, en esa ciudad del centro cubano

Autor:

Nelson García Santos

Venga usted un domingo a Santa Clara, frente a la Casa de la Cultura, para que compruebe cómo aspiran muchos llegar a los 120 años. Y si de cualquier manera uno expira en el camino, le quedará la satisfacción aquella de «a mí quién me quita lo baila’o».

En este lugar las personas de la tercera edad echan un pasillo como en sus mejores días.

Hay que ver a las veteranas con ese movimiento de cadera cadencioso, picante y excitante, desbordarse de felicidad del mismo modo que su compañero, el veterano que la corteja y la sobrelleva, galante y retozón, en una danza reafirmadora de que el amor no cree en años.

Muchas parejas nacieron allí y se les abrieron nuevos horizontes, dejaron atrás la soledad íntima y enrumbaron su vida sentimental en medio de un acurrucado bolero, tocado por el grupo Los Faquires, que desencadena el deseo y la imaginación.

Llegan todas las tardes de domingo con sus mejores galas. Tanto las mujeres, bien maquilladas, con un toque erótico que cualquier observador descubre, como los hombres que se tiran encima la tela dominguera, listos para complacer a su pareja o encontrar a su futura Dulcinea.

Son personas de 60 años o más que rebosan vitalidad, que bailan más de dos horas. ¡Qué clase de ejercicio para la circulación, el corazón y los músculos! En fin, para oxigenarse de vida, viviéndola, precisamente.

Tampoco hay complejos. A ninguno le preocupan algunos mirones o mironas, que nunca faltan, que vienen con su idiotez a cuestas a soltar sonrisitas irónicas, porque les parece ridículo el espectáculo, cuando en el fondo envidian la felicidad ajena.

Allí nacen amistades o amores en medio de una fraternidad cimentada en el respeto, que trasciende esa tranquilidad en que trascurren las tardes íntimas, a pesar de estar congregados cientos de personas.

Nada impide el convite original. Si llueve, los bailadores invaden los portales. Tampoco hay que promover por la radio o la prensa escrita la cita para asegurar la asistencia, ni garantizar bebidas alcohólicas. Lo que mueve a ese público es un motivo espontáneo, que bautizaron ahora como disfrute de la espiritualidad.

Esta peña, o como la llamen, es un toque de festividad, una estocada al aburrimiento en el Parque Vidal, pues acoge a muchísimos que acuden como espectadores.

Y lo mejor, si cabe, es que en los últimos tiempos se aprecia un acercamiento de parejas más jóvenes, que incluso bailan con la gente de la tercera edad en una mezcla que tiene sabor a familia.

La peña demuestra también las posibilidades de explotar los lugares céntricos para la recreación, debido a que no hay que ir a su encuentro: la colocan al alcance de la mano.

Ponga usted cualquier espectáculo en el Parque y verá cómo la gente, de manera espontánea, se congrega y disfruta. Quizá el otro ejemplo clásico resulta el grupo Danza del Alma que ensaya, a veces, en una plataforma frente al Salón ECO, y son muchísimos los que acuden o, más bien, detienen su andar ante lo que ocurre ante sus ojos.

Los organizadores del convite cultural debían mirar hacía allí para sacar experiencias. En ocasiones alegan falta de locales o de transporte, mientras lugares ideales viven en un bostezo; ese mismo que exorcizaron quienes cada domingo se divierten y acaban con la tradicional monotonía del Parque Vidal y sus alrededores.

En estos días de fiesta, estoy seguro, muchísimas de esas personas que cada domingo asisten allí estarán evocando el instante en que se conocieron frente a la Casa de la Cultura, y enrumbaron, de manera inédita, la vida.

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