¿Temporada caliente?

Varios factores, entre ellos el material combustible acumulado producto de los árboles derribados por los huracanes, podrían hacer más devastadores los incendios forestales de esta temporada

Autor:

Juventud Rebelde

Más del 90 por ciento del territorio cubano está durante abril en la categoría de «Mucho Peligro» o en la de «Peligro Extremo» para la ocurrencia de incendios forestales, según el pronóstico climatológico de esta temporada.

Esta situación, realmente alarmante, se une a la ocurrencia entre enero y marzo de este año de unos 200 fenómenos de este tipo, los cuales devastaron más de 2 000 hectáreas de bosques, sabanas, herbazales y ciénagas.

Así sucedió recientemente en la provincia de Camagüey, y bien pudiera volver a suceder en otros lugares del país, dada la conjunción de una serie de factores, entre ellos la ausencia de lluvias, las negligencias humanas y la cantidad de material combustible que existe producto del derribo de árboles y ramas por los huracanes que azotaron a Cuba el año pasado.

Aunque las perspectivas de ocurrencia de incendios forestales para esta temporada siguen estando por debajo de las de años anteriores, provincias como Pinar del Río, Villa Clara, Ciego de Ávila, la ya mencionada Camagüey o el municipio especial Isla de la Juventud, están a la cabeza en la lista de probabilidades.

Lo más preocupante de todo esto es que, según las investigaciones realizadas en cada uno de estos hechos, el 94 por ciento de las causas que originaron un incendio forestal fueron negligencias humanas.

Colillas incendiarias

Un fósforo prendido por cazadores furtivos o tirar una colilla de cigarro encendida es una de las negligencias más frecuentes en lugares boscosos, ciénagas o sabanas; y según estadísticas del Cuerpo de Guardabosques de Cuba, esa indolencia fue la causa del 28 por ciento de los incendios forestales ocurridos desde enero hasta finales de marzo.

A esto le siguieron las quemas para diferentes fines, fundamentalmente para la chapea con candela de potreros y cunetas, así como las chispas que sueltan vehículos y maquinarias agrícolas.

Todas, al final, confluyen en una misma razón: la negligencia humana y el incumplimiento de lo dispuesto, pues está establecido que los vehículos deben circular con matachispas en zonas boscosas, y las personas no deben fumar ni prender fuego, o en todo caso hacerlo con las medidas de protección adecuadas.

A pesar del esfuerzo que hacen los guardabosques para prevenir estas indisciplinas, ellos no pueden estar en todos los lugares a la vez evitando las llamas imprudentes, y se impone la educación y cooperación de todos.

A ello súmese la extendida práctica de quemar los residuos de cosechas o utilizar el fuego para eliminar malezas, candelas que los golpes de viento extienden fácilmente de un territorio a otro, generando siniestros mayores.

Como se evidenció además en la 11na. Reunión de Evaluación de la Campaña de Protección contra Incendios Forestales del 2009, en muchos lugares todavía son frecuentes las violaciones de las normas establecidas tanto para la construcción de sendas cortafuegos en los bosques, incluso en aquellos de reciente plantación, como en el uso del fuego en los bosques y sus colindancias.

Estas normas están establecidas por leyes y resoluciones del propio Cuerpo de Guardabosques, de los Ministerios de la Agricultura y del Azúcar, aunque basta con ver las estadísticas de las candelas para comprobar que para muchos, incluyendo en ocasiones los directivos de empresas agropecuarias o cooperativas, son papel mojado, o mejor dicho... quemado.

Esta situación es análoga a la de años anteriores, como lo evidencian las estadísticas del 2008. Entonces, de enero a mayo se reportaron 286 incendios forestales, los cuales afectaron a 2 547,17 hectáreas, y de ellos el 92 por ciento se debió a negligencias humanas.

Añádase el hecho de que cada uno de esos fenómenos causados por la intervención humana envía grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera, elemento que pocas veces es tenido en cuenta, lo cual coadyuva al calentamiento global del planeta.

Primavera corrida

A nivel mundial, las estaciones climatológicas se están «corriendo». Además de que los inviernos tienden a ser más fríos y los veranos más calurosos, las épocas de lluvias también están variando, todavía no de forma totalmente concluyente, pero sí lo suficiente como para que el período de mayor seca en Cuba, de enero a mayo, pueda extenderse un poco más.

Esta situación, analizada a tiempo por los climatólogos y el Cuerpo de Guardabosques de Cuba, llevó a reforzar la vigilancia en meses como marzo, e incluso abril, en los cuales la ocurrencia de incendios antiguamente era menor con respecto a febrero.

En marzo de 2008, por ejemplo, apenas ocurrieron 63 incendios forestales, mientras que en marzo de 2007 la cifra fue ligeramente mayor, con unos 92. Sin embargo, hasta el 29 de marzo de este año, cuando se efectuó la reunión de balance de la campaña, el Cuerpo de Guardabosques había contabilizado 97 incendios aún sin cerrar el mes.

Otro elemento curioso es que el 66 por ciento de ellos afectaron menos de cinco hectáreas, lo cual habla de la rápida respuesta dada por las fuerzas que los enfrentan y la efectividad cada vez mayor del sistema de vigilancia establecido para detectarlos, que involucra hasta los informes que pueden dar los pilotos que sobrevuelan el territorio nacional.

Las cifras crecientes, en cambio, dicen que el problema dista mucho de resolverse totalmente, y que la vigilancia y exigencia de los guardabosques no es la varita mágica que hará desaparecer los fuegos.

Madera hecha humo

Gustav, Ike y Paloma son nombres que difícilmente olvidará algún cubano de estos tiempos, sobre todo los dos primeros, huracanes ambos de gran intensidad, que causaron catástrofes comparadas por sus efectos con una explosión nuclear.

Si en los techos, las puertas y ventanas, en los cultivos, la electricidad y la telefonía sus golpes fueron terribles, no fue menos para el medio ambiente, especialmente los bosques cubanos, acostumbrados durante miles de años a estos embates y que pudieran recuperarse por sí mismos... si no existiera participación humana.

La cantidad de material combustible generada por el efecto de las hojas, ramas y hasta árboles completos caídos en bosques, sabanas y ciénagas, es una dinamita a punto de estallar, máxime cuando la ausencia de lluvias las seca y las hace especialmente sensibles a la menor chispita.

Una cifra basta para ilustrar el peligro: cálculos realizados por especialistas indican que en Cuba existían al comienzo de la temporada de incendios unas 23 toneladas de material combustible ¡por hectárea cuadrada!

Y lo peor es que mucho de este material es madera, madera buena y aprovechable para restañar las heridas que causaron los propios huracanes, y que hoy se pudre o se seca y se convierte en pasto de las llamas al no sacarse del bosque.

Provincias como Pinar del Río, una de las madereras por excelencia de Cuba, tiene un promedio de 45 toneladas de material combustible por hectárea cuadrada. Allí se ha aprovechado bastante de lo caído, pero existen troncos que pasarán a ser cenizas, por la falta de equipos y caminos para llegar a zonas muy intrincadas.

En la Isla de la Juventud también se da este fenómeno, con 23 toneladas por hectárea cuadrada, las cuales no se han aprovechado adecuadamente. Igual sucede en Holguín, mientras que en Camagüey y Las Tunas, si bien hay mucho material dispuesto a arder, la cantidad aprovechable es menor.

Lo curioso es que esta madera, muy necesaria para la reconstrucción, es importada en gran parte por el país, cuando todavía existen reservas de ellas que en cualquier momento pueden convertirse literalmente en humo.

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