A solas con el Apóstol - Cuba

A solas con el Apóstol

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La más joven descendiente en Cuba del frondoso árbol genealógico sembrado por Mariano Martí y Leonor Pérez, conversa a diario con José Martí

Lidia Soca me confiesa que le habla en silencio a José Martí cuando está a solas en su cuarto, y siente la irrefrenable inspiración de escribir algún relato. Sí, en el momento del parto literario, aún con la pantalla de la computadora en blanco, ella lo presiente, irradiándole con esa voz de arroyuelo que empapa de grandeza el tiempo y gana al más descreído de los seres humanos.

La muchacha de 23 años alimenta sus fantasías —de las cuales han brotado muchísimos cuentos, algunos premiados en concursos y talleres literarios— en una decadente casona de la Calzada de Buenos Aires, en la capital, donde habita con su madre, a despecho de paredes reventadas de humedad e impúdicos techos, ya en peligro. Allí el más grande cubano inunda el espacio, por sobre tanta depauperación estructural. Una luminosidad especial refulge en los cuarteados aposentos, por encima de tantas fragilidades, al punto de que los visitantes la perciben y comentan: ¡Qué bien se siente uno aquí! ¡Qué espiritual!

La devoción martiana de Lidia tiene hasta fundamentos genéticos, porque ella es la más joven descendiente en Cuba del frondoso árbol genealógico que sembraron Mariano Martí y Leonor Pérez: tataranieta de Amelia, una de las hermanas del Inmenso. «Sobrina-tataranieta de él», aclara con orgullo.

Pero el genoma martiano de la joven se localiza sobre todo en su alma, en su mística de elevarse por sobre los desafíos que la vida le ha puesto: Hija de madre soltera y amantísima —madre y padre a la vez—, Lidia padece desde pequeña una rara enfermedad congénita conocida como Charcot Pierre Marie Toolh, una polineuropatía degenerativa que ha ido postrándola hasta terminar en una silla de ruedas, pero no ha podido cortarle las alas, ni la alegría de vivir.

Confiesa que le debe todo a su madre, Eloísa Medina. Cuando de niña comenzó a perder estabilidad en las piernas y caía al suelo, Eloísa no se permitía el más mínimo asomo de lástima, y le decía también: Levántate y anda. «Ella me enseñó a no tener complejos en la escuela primaria, aunque siempre hubiera un niño que se burlara. A ir por el mundo con la cabeza muy en alto», confiesa.

Y el otro ser inolvidable, que la conminó siempre a crecerse por sobre sus problemas, fue su profesora desde tercero hasta sexto grado, Lázara Montenegro, ya fallecida: «Era muy recta y exigente conmigo, a veces un poco dura, pero la ternura iba por debajo. Ella siempre me levantaba la autoestima, tratándome como a cualquier otro niño».

Lidia reconoce que es un ser paradójico: por un lado maduró vertiginosamente para algunas cosas, para mirar el mundo con más gravedad y hondura; y al propio tiempo tuvo una infancia muy larga, jugó como el que más. Y cuando ya degeneraban sus músculos, se encomendó a los juegos de mesa, creció con las canciones y los cuentos. Siempre se ha refugiado en la fantasía y la creación. Adora el mar, por la ensoñación que le produce. Pero la costa casi es un lujo para quien no puede salvar las distancias siempre, en una silla de ruedas. Le ha pedido a un amigo que le grabe los sonidos de las olas sobre el rompiente, para tenerlos en su casa, y espantar los claxons y el hollín del tráfico por la Calzada de Buenos Aires.

Egresada de la Escuela Especial Solidaridad con Panamá, Lidia no ha reparado en imposibles: estudió primero la Facultad Obrera por la noche, y actualmente cursa la Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana, en la modalidad de cursos a distancia.

Hay que ver, cuando asiste a los encuentros en la Universidad en silla de ruedas, acompañada de su madre, cómo baja y sube los 22 escalones de su casa. Sentada, va de escalón en escalón apoyándose con las manos, apenas con su voluntad de traspasar todo impedimento y burlar las trampas que le tendió la Naturaleza. En esos instantes, ella siente que Martí la impulsa...

La muchacha ha confeccionado un pequeño video de esa tenaz operación que la libera de postraciones, de la cual siempre sale airosa y probando fuerzas. Le puso como fondo el Nocturno de Chopin; y uno se estremece con solo ver, como una ascensión a la plenitud humana, lo que para ella se ha hecho habitual.

Una de sus pasiones es el baile flamenco. Con la vista ella cimbrea imaginariamente desde su silla de ruedas. Y hace volutas sensuales con los brazos de su imaginación. Uno de sus grandes anhelos es presenciar una función de ballet, pero el teatro está tan lejos, y las entradas para la platea baja, donde único puede estar, son inalcanzables.

Se alista en cuanto proyecto le llamen. Y ese don tan especial para la literatura, le ha permitido ayudar a muchos. Hubo una época más temprana, en que, a pedido de sus amiguitas, e interpretando irrefrenables pasiones, les escribía las cartas de amor que aquellas enviaban a sus novios.

Sentada frente a la computadora que le otorgara Armando Hart Dávalos, jefe de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado, y ante el afiche de un joven actor, sus muñecos de peluche y un retrato de Martí, Lidia me asegura que aparte de sus amistades, su otro placer es escribir cuentos oníricos, fantásticos y hasta de ciencia ficción.

«Quisiera publicar mis cuentos, pero creo que soy una desconocida e ínfima escritora», señala con cierto desaliento, sin imaginar que días después, este entrevistador se deslumbrará con su prosa aún inmadura, pero prometedoramente imaginativa y psicológica. Ojalá algún curtido narrador se interese en su obra.

Ella confiesa que sus cuentos, en los cuales más de una vez irrumpe el personaje de José Martí, son la obsesión que la sostiene viajando por el tiempo y el espacio, rompiendo con esa proa de ensueños su aparente inmovilidad.

«Él es mi inspirador, y quien me ha enseñado a no temerle a nada. Ni a la muerte. Lo descubro a mi lado, y le hablo: Tío, tío, ¿qué piensas de esto, de aquello...?».

Y este visitante, que tanto ha buscado al Universal en los derroteros de la vida, supo, mientras descendía los 22 escalones, que había llegado la oportunidad. La frágil muchacha, poseída febrilmente por «la utilidad de la virtud», había hecho el milagro.

Abracé a José Martí.

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