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No hay estudiantes malos, afirma la reconocida pedagoga María Dolores Ortiz

La profesora universitaria y panelista del programa Escriba y Lea comparte con JR pasajes y experiencias de su vida

Autor:

Edel Lima Sarmiento

Conserva la mirada esplendente y pícara de cuando era una niña y subía a los techos de las casas y hacía otras mil travesuras, allá en su natal Holguín. Grande fue su descubrimiento al aprender a leer; desde entonces, a aquel ánimo intranquilo lo sedujo el encantamiento de la lectura.

En el fondo de sus ojos pueden verse las hadas, los príncipes y duendes de cuentos infantiles. Y un poco más acá comienza la interminable galería de personajes, títulos y autores que tantas veces le han robado el sueño.

Cuatro dones: sabiduría, dedicación, dulzura y valor para defender sus criterios, le han hecho ganar el reconocimiento social. Maestra al fin, no deja idea inconclusa y sin explicar. En el trato es especialmente sencilla y franca, posee una sonrisa que no se le desdibuja del rostro y buen sentido del humor. Tal y como se nos ha mostrado durante tantos años en el programa televisivo Escriba y Lea, es María Dolores Ortiz.

«Nací y me crié en el mismo centro de la ciudad de Holguín, en una casa de la calle Agramonte, entre Morales Lemus y Narciso López. ¡Y estoy muy orgullosa de ser holguinera y oriental! Soy la primera de dos hijas del matrimonio formado por el abogado y profesor César Ortiz Amengual y la maestra María Dolores Díaz Álvarez. Tuve el privilegio de pertenecer a una familia culta, y no solo mis padres, era una tradición familiar.

«En la casa de mi niñez había muchos libros. La lectura era algo natural. El periódico se esperaba ansiosamente todos los días, por lo general más de uno. Mi hermana y yo habíamos tenido una preparación previa en el Kindergarten. Ir a la escuela representó algo grande. Me eduqué en el colegio Los amigos, con profesores excelentes, quienes contribuyeron no solo a nuestra formación docente, sino humana y patriótica, las cuales considero muy importantes.

«Recuerdo que la bandera solo podían izarla alumnos del último año de Bachillerato, como estímulo a que estaban al graduarse y dejar la escuela. El asta se consideraba en aquellos tiempos el punto más alto de la ciudad de Holguín, ¡vaya!, sin contar la Loma de la Cruz en las afueras.

«No todo fue estudio; patiné, monté bicicleta, también practicaba voleibol y campo y pista en el colegio. Era la madrina del equipo de pelota. Había campeonatos interescuelas de las distintas disciplinas, y los sábados en la noche se celebraban los juegos, que servían de entretenimiento y aliciente para la práctica del deporte».

—¿Qué aprendió de sus padres?

—El sentido del honor, de la decencia, de preocuparme por los demás, el amor a la Patria. En mi casa se mantuvo la tradición mambisa de poner la bandera cubana en la ventana principal de la sala. Esa enseña la cosía mamá con sus manos, como lo hizo mi bisabuela María de Peña Torre, quien se alzó en la manigua con el esposo, Isidoro Fernández, y lo perdió en la guerra, lo que ha sido siempre un motivo de orgullo para mi familia.

En octubre de 1953, la ciudad oriental de los primeros años ve marcharse a la joven para iniciar en la Universidad de La Habana los estudios de Filosofía y Letras, la carrera de sus sueños.

—¿Cómo era aquella Universidad de los años cincuenta?

—Linda. Y no lo digo por nostalgia, sino por la época en que nos tocó vivir. El curso de 1953 empezó a finales de octubre o principios de noviembre, atrasado por el juicio a los asaltantes del Moncada. Fue un año complejo, en que comenzó a organizarse en la Universidad la lucha contra la dictadura de Batista.

«Hubo muchas manifestaciones: los 27 de noviembre, los 7 de diciembre... No todas terminaron con violencia, pero hubo momentos muy tensos, principalmente antes del cierre de la Universidad. Me parece estar viviendo el día en que asesinaron a los estudiantes asilados en la Embajada de Haití. La consigna de la FEU fue ir todos para la Plaza Cadenas, hoy Ignacio Agramonte. Si no recuerdo mal, René Anillo fue quien explicó allí lo sucedido y convocó a la marcha de protesta, a la que las muchachas no podíamos ir.

«Luego ellos bajando por la escalinata y nosotras yéndonos por la entrada de la calle J, antes de que se formara el problema. Y oíamos la consigna —que aún utilizan los estudiantes— de “¿Quién vive? Caribe. ¿Quién va? Universidad”. También gritaban “La cabeza de Batista, la cabeza de Batista...”, lo cantaban muy despacio al principio para que no quedaran dudas de lo dicho y, poco a poco, aceleraban el ritmo. Te digo que en esa época nos sentimos de una u otra forma participantes de la lucha y nos formamos como revolucionarios».

Aun en medio de tanto revuelo, fue testigo de una intensa vida cultural en la Universidad. «En el Aula Magna oí hablar por primera vez a Don Fernando Ortiz, a Lezama Lima; allí escuché también por vez primera un concierto de música de cámara». Conoció a jóvenes como José Antonio Echeverría y Fructuoso Rodríguez. «Todavía siguen siendo para mí los días de sus muertes, el 13 de marzo y el 19 de abril, los más tristes del año».

Cerrado el recinto universitario en 1957, comenzó a trabajar como docente en un colegio privado. Al triunfar la Revolución, concluyó el último año de la carrera. Tras la nacionalización de su primer centro laboral, pasó a una secundaria básica, luego al tecnológico José Martí y más tarde, en 1963, a la Universidad. En el actual Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona permaneció 12 años ininterrumpidos. De asesora del Ministro de Educación Superior, regresó a impartir clases de Gramática y Redacción en la Universidad. Ya jubilada, continúa de asesora, tutora tesis y ofrece conferencias en Cuba y en el extranjero. El magisterio es toda su vida.

«En la clase, primero que todo se necesita el respeto mutuo y lograr una adecuada comunicación con los alumnos. No hay estudiantes malos. Claro, a algunos les interesa más una disciplina que otra, por eso hay que motivarlos, para que aprendan gustosamente y no por obligación.

«Un buen maestro tiene que dominar su materia y, por supuesto, gustarle la profesión. Creo que una de las razones por las que a veces no hay el debido respeto y consideración por el profesor, es porque el estudiante percibe que este no sabe lo suficiente o se queda por debajo de sus expectativas. La mayor realización del maestro es ver que sus discípulos sean mejores que él».

Ha dicho que Escriba y Lea la ha hecho sentir maestra y no solo en el reducido marco de un aula, sino para todo el público. Ha estado en el programa desde el primer día; de quererlo, podría ser su biógrafa.

—¿Por qué se ha mantenido este espacio durante tanto tiempo?

—El hecho de que un programa como este, sin recursos, sin escenografía bonita, haya permanecido en la televisión contra viento y marea —eso lo pones así mismo—, es la mejor demostración de que a nuestro pueblo le gusta, respeta y necesita la cultura. Y hemos tratado a través de los años de llevar ese mensaje cultural, asequible para todos.

Sus cerca de 40 años en Escriba... la han convertido en un personaje muy popular dentro y fuera de Cuba. Los televidentes la distinguen. «En ocasiones me parece que son demasiado generosos». De esas relaciones, guarda anécdotas sorprendentes:

«Una vez vino una compañera de Camagüey para que le donara mi bolígrafo, el famoso de la cadenita. Ella tenía una colección de ellos, pertenecientes a escritores, personas conocidas; creo que después la expuso en un museo de la Ciudad de esa provincia. Le dije que mientras yo viviera, mientras Escriba y Lea estuviera en el aire, no podía regalarlo porque era parte de mí, de mi imagen en el programa. Figúrate, si hasta los caricaturistas me dibujan con él».

Lee casi un título por semana. Como presidenta del Movimiento Amigos del Libro es una de las más entusiastas promotoras de la lectura en la nación. Entre sus autores cubanos favoritos se hallan Dulce María Loynaz, Alejo Carpentier y José Martí.

«A Martí todavía no lo conocemos suficientemente; es más que un poema, que una biografía. El pensamiento martiano, tan profundo y actual, espera por ser descubierto en cada mirada. Cuando las elecciones en Estados Unidos recomendé a un grupo de jóvenes leer algunas de las Escenas Norteamericanas, en las que el Maestro habla de procesos electorales de los 15 años que residió en ese país. ¡Cuántas similitudes encontraron!».

—Pese a tener qué decir, no ha escrito mucho. ¿Por qué?

—Tal vez por falta de tiempo, porque es muy difícil ser profesora, trabajar en el Ministerio, en Escriba y Lea —tareas que implican leer continuamente para actualizarse—, además, ser ama de casa, madre de dos hijas, después abuela de cuatro nietos. Y una de las cosas que más tiempo y sosiego espiritual requiere es la escritura.

—¿Qué lugar ocupa la familia en su agenda?

—Ha sido siempre muy importante para mí. Cuando mis hijas eran chiquitas, yo trataba —y por lo general lo conseguía— de tener sábados y domingos exclusivamente para ellas, para la vida familiar. Tuve nietos y también les dedico tiempo.

—Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. ¿No se pudiera afirmar lo contrario? ¿Quién es Silvio Alemán?

—Es mi retaguardia segura. No solo el esposo, el compañero, es el todo. Sin él, muchas de las labores que desempeño no las podría realizar.

—¿La máxima socrática «Solo sé que no sé nada» es un lema personal?

—No, es una convicción, que son dos cosas distintas.

Y, mirándonos con sus límpidos ojos, nos entrega la lección más sabia: «Tengan una vida recta y útil; eso es lo más importante en el ser humano. Recta en el sentido de la honradez, del decoro, del respeto. Útil en el sentido de no trabajar para uno mismo, sino para los demás».

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