Jóvenes apoyan recuperación agrícola en Batabanó, La Habana

Autor:

Rocío Trujillo Olivares

Cerca de 400 jóvenes de diversas provincias han trabajado en la agricultura, desde septiembre pasado, en el campamento La Bertica

«Nunca había cogido una guataca y créeme que no me gusta, pero la mejor manera de salir de eso es cumplir bien y rápido. Así fue que salí destacado de mi brigada».

Como Carlos Manuel Osetiz, muchos otros jóvenes movilizados en las labores agrícolas se enfrentan por vez primera a esta tarea. Este joven matancero de 17 años es el menor del campamento La Bertica, de Batabanó, en la provincia de La Habana, donde está movilizado durante tres meses junto a otros 89 muchachos.

«La chapea me cuesta trabajo y las manos se me dañan, pero la comida está bastante buena; yo repito varias veces, porque me da mucha hambre», añade.

Por este campamento han pasado cerca de 400 jóvenes desde septiembre del pasado año para dar su aporte a la recuperación del país. Ellos han estado movilizados; sin embargo, tienen tiempo para el esparcimiento, después de cosechar, escardar, mantener limpios los surcos de papa, frijol, boniato, maíz, malanga y guayaba.

Con optimismo, los jóvenes de la presente etapa, que culminará en los primeros días de julio, ya han realizado un aporte significativo.

«Toda la labor agrícola tiene un salario que ellos no cobran, sino que se entrega a la Empresa. Este aporte monetario es el indicador por el cual medimos lo que producen en las diferentes actividades. Hemos contribuido con más de 42 000 pesos», asegura Orelbys Miranda Guevara, funcionario del Comité Nacional de la UJC y jefe del Campamento.

Aprender del surco

Quienes habitan La Bertica y trabajan en sus campos vienen de distintos orígenes y costumbres, pero todos están por una única razón: contribuir con el bienestar de otros y la recuperación agrícola.

El villaclareño Alejandro Jiménez estaba cumpliendo su Servicio Militar con recomendación médica en un hogar de ancianos. «No tenía casi ninguna experiencia en el trabajo del campo, por lo que al principio fue muy difícil. Me quedaba rezagado y dejaba los surcos a medias, ya he superado esa etapa y cumplo con la norma».

Su coterráneo Maykel Rivero, sin embargo, es muy rápido en el terreno, porque tiene la experiencia de haber estado siete meses en la Isla de la Juventud, también en labores agrícolas. «Me adapto fácil a las nuevas circunstancias debido a que mi mamá me crió en el campo y me gusta mucho esta vida».

De la Ciudad de los Puentes es Yuván Contino, Máster en Ciencias, médico veterinario y profesor e investigador de la Universidad de Matanzas y la Estación Experimental Indio Hatuey. Él se dedica a estudiar los sistemas de alimentación alternativos del trópico, pero ahora trabaja la tierra casi con igual destreza que un campesino.

«Cualquiera diría que esto nada tiene que ver con lo que hago, pero es un criterio equivocado, porque la ciencia también puede ejercerse desde el surco. Hace falta unir la práctica a la academia. Allá estoy siempre en laboratorios y esta ha sido una experiencia enriquecedora que deberían pasar todos los científicos. He aprendido a trabajar duro, en el surco, al sol, a sembrar, a escaldar con las manos. Es ciencia con conciencia. Aquí me crezco ante las dificultades».

José Ramón Miranda es uno de los jefes de finca que atiende a estos 90 muchachos de diferentes provincias. Para él son muy responsables, cumplen con las tareas —que nada tienen que ver con lo que hacen en su vida diaria— y saben mantener el paso hasta cumplir. «Son una de las brigadas más organizadas y unidas, y en un colectivo cuando hay unión todo se logra».

Arte del campo

En La Bertica también hay mucha diversión. Desde que se levantan la música los acompaña para darles el de pie. Los instructores de arte también tienen gran responsabilidad en el interés que han demostrado los movilizados por las manifestaciones artísticas.

Yadira Pérez es quien les enseña las nociones de teatro. En las noches imparte diferentes talleres para mejorarles la dicción y adentrarlos en las técnicas de proyección y dirección actoral. Los jóvenes también tienen la posibilidad de aprender canto y hay quienes se presentan con sus temas musicales grabados o background en las actividades que habitualmente realizan los viernes y domingos. «Estamos montando la obra Baños Públicos, de Esther Suárez Durán, para presentarla cuando termine la movilización. Eso los entusiasma y entretiene cuando llegan del campo».

Otra forma de distracción son las excursiones que realizan por la capital. Gracias a esta iniciativa han conocido lugares históricos, de entretenimiento, culturales... «Nunca había ido al Morro, ni a la Tribuna Antiimperialista, ni al Zoológico o el Acuario. De vacaciones me hubiese sido muy difícil venir, por la falta de tiempo, el trabajo... y la economía. También fuimos a un concierto de Cándido Fabré», confiesa Alejandro Jiménez.

Muestras de unidad se ven constantemente en el campo, el juego o las comunicaciones. Andy Camacho es de Pinar del Río y en sus ratos libres juega dominó, minibillar, tenis de mesa y a veces pelota. «Hemos realizado algunos partiditos con la comunidad».

Al principio tenían problemas con las comunicaciones, porque el teléfono era de tarjeta y por allí no las venden. Pero ese inconveniente se resolvió. «Tengo una y todos saben el número. El que puede la recarga y habla el campamento entero si es necesario», aseguró el pinareño Adel Sánchez.

Echando Pa’lante

Para algunos no todo ha sido color de rosas, pero igual se mantienen firmes, porque saben que es una tarea para ayudar a muchos. Yusniel Plata, de Sandino, en Pinar del Río, tuvo problemas en su casa. «Fue un impacto muy grande cuando me convocaron, ya que se trataba de tres meses fuera de casa. Mi novia me dejó. Intenté convencerla, pero no entendió la importancia de mi misión. Aún no lo acepta y ya no tengo muchas esperanzas de reconciliación. No ha sido fácil la separación, pero esta fue la tarea que me encomendó la Revolución y sé que estoy haciendo bien a muchas personas y voy a echar pa’lante».

Yamilé Benavides, de Cienfuegos, también se ha sentido mal, pero por culpa de los mosquitos y de su padecimiento. Ella siempre quiso participar en alguna movilización y ahora está haciendo realidad esa aspiración. «En mi casa me apoyaron mucho y aun cuando hablo por teléfono mi mamá me dice: ‘¡Tú firme ahí!’ A mí todo me hace daño, porque soy muy alérgica, pero de aquí no me voy».

Afectada por los insectos también se vio Bárbara García, quien tuvo que comprarse un repelente. No obstante, se mantiene con las mismas energías del primer día y cree que «hacen falta muchos más jóvenes en estas tareas para que el país avance. Aunque no nos demos cuenta, con lo que recogemos estamos ayudando a la recuperación agrícola y a sortear los efectos de la crisis económica. Si todos trabajamos, habrá para todos».

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