Una mujer entre rocas y arena

La camagüeyana Enelia Ávalos asume con orgullo haber sido la primera cubana en dirigir una línea de producción de bloques

Autor:

Sonia J. Castillo Cabreja

Santa Cruz del Sur, Camagüey.— En la cantera Jesús Suárez Gayol hay 22 trabajadores, de los cuales cuatro son mujeres. Una de ellas asume con orgullo haber sido la primera cubana en dirigir, desde hace seis años, una línea de producción de bloques destinados a la construcción.

La ropa de trabajo, una gorra y las botas —¿acaso las mismas de Vilma, de Celia, de Haydée en la Sierra Maestra?— develan la naturaleza del trabajo. ¡Es duro!

Es una mañana de agosto en la cantera. El sol calienta, inclemente. Pero la producción artesanal de bloques destinados a la construcción y, fundamentalmente, a la recuperación de las viviendas devastadas por el huracán Paloma (noviembre de 2008), no cesa.

La carretilla va y viene desde la conformadora al patio de secado, del patio de secado a la conformadora. La guían brazos jóvenes, tensados por el esfuerzo y el calor. Ver sus gastadas gomas, a punto de colapsar por el sobreuso y la falta de repuestos, despierta admiración por la gente que «inventa en el aire», y rabia hacia quienes nos privan de los recursos para trabajar y vivir con sosiego.

Enelia Ávalos Viamontes nos invita a su oficina. Camina delante, con paso firme pero cadencioso. Cuando entramos, salta a la vista que aquel espacio la tiene por muy poco tiempo cada día. Su escenario son el molino y la bloquera, fundidos en una sola empresa en el 2003, fecha que marca el comienzo de su orgullo por ser la primera cubana en dirigir este tipo de fábrica.

«Producimos 1 500 bloques diarios, con mil metros cúbicos de piedra que se extraen de la cantera, ubicada a un kilómetro del molino», explica la entrevistada. «Cuando llegue la “ponedora”, una conformadora móvil que va “poniendo” los bloques como la gallina sus huevos, la producción por día será de 3 000 bloques, además de que el trabajo será más humano.

—¿Es difícil?

—Sí, es difícil para una mujer que tiene casa y familia, porque aquí no hay horario de trabajo. Hay jornadas de más de diez horas y faltan recursos. Esa carretilla que usted vio camina de milagro, y hay dos camiones rotos porque no aparecen las piezas. Luego, cuando regresas, hay que emprender la segunda jornada, que se siente más por el agotamiento. Esta labor es fuerte, mayormente al sol.

—¿Cuántos hijos tiene?

—Tengo dos, una hembra y un varón, y un nieto, pero mi hija es la que vive conmigo.

—¿Cómo es la relación con los trabajadores de la empresa?

—Me llevo bien con mis subordinados. Se habla clara y abiertamente con ellos. Somos 22 en total, entre ellos cuatro mujeres. El promedio de edad es de 30 años.

Enelia ya arrancó la hoja 55 de su tenaz almanaque, pero desde los 19 se levanta tempranito para caminar rumbo a la bloquera. Primero rebajaba insumos en las tarjetas de control del almacén, y luego llevó el control de los números en la oficina. Se le ve alegre, optimista y contenta con lo que hace. Se sabe útil. Y eso reconforta a cualquier mujer, aun entre rocas y arena.

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