Otra cara del pánico reinante en Nueva York el 11 de septiembre de 2001

El fotógrafo cubano José Alberto Figueroa, el último de los Korda, captó una instantánea poco común. Se trata de la vista de una neoyorkina y concurrida Avenida, atrapada en la soledad y el miedo, un día después de los atentados

Autor:

Kaloian Santos Cabrera

«Veo una foto, publicada recientemente: en una pared de Nueva York, alguna mano escribió: “Ojo por ojo deja al mundo ciego”. La espiral de la violencia engendra violencia y también confusión: dolor, miedo, intolerancia, odio, locura». Está escrito por Eduardo Galeano, en un artículo a raíz de la catástrofe y el espanto develado luego de los atentados a las Torres Gemelas, hace hoy ocho años.

Algunos de esos miedos referidos por el escritor uruguayo los encuentro en otra foto. Es una instantánea poco vista. Sencilla, distinta y grandiosa a la vez, que revela otra cara del pánico reinante por esos días en la urbe denominada también como la Babel de hierro.

Se trata de la vista de una neoyorkina y concurrida Avenida, atrapada en la soledad y el miedo, un día después de los atentados. Su autor es José Alberto Figueroa, uno de nuestros ineludibles fotógrafos, a pesar de que poco se le menciona cuando se habla de los maestros de ese arte en Cuba.

La soledad de la ciudad que nunca está sola

Aún doy mis primeros pasos como fotoperiodista y, sin embargo, lo tuteo y le llamo Figo, aunque Figueroa es ya todo un gurú de la especialidad. Eso me hace sentir su compañero de aventuras y de generación, no obstante a que soy un veinteañero.

Cuando lo escucho rememorar emocionado los hechos que su lente ha captado a lo largo de 45 años, imagino cómo hubiera podido ser mi fotografía de haber sido testigo de alguna de sus historias. Luego, cuando veo sus instantáneas, disfruto de esos momentos únicos que hubiese querido atrapar.

Así me sucedió con la foto de la Avenida. Mientras que el colapso reinaba en el emporio norteamericano, y miles y miles de personas andaban consternadas por el terror, el fotógrafo se detuvo en la soledad de la ciudad que nunca está sola.

«Me encontraba en Estados Unidos con motivo de la exposición colectiva Shifting Tides (Mareas cambiantes). La inauguración tuvo lugar en la Universidad de Nueva York, el día 10 en la noche. Al finalizar fui con un grupo de amigos a festejar hasta bien entrada la madrugada», me cuenta Figo, mientras de su mano a su boca van y vienen los cigarrillos como ráfagas.

«De los ataques a la mañana siguiente me enteré por teléfono. Y eso que yo me alojaba en casa de una amiga a unos 4 km del lugar de los sucesos. Temprano me despertaron continuas llamadas de familiares y amigos preocupados por mí.

«La ciudad estaba prácticamente paralizada y por la tarde fue que salí. Me impresionó la avalancha de gente caminando por las avenidas y el puente. La ciudad estaba desactivada. Todo era una locura».

Esa noche Figueroa hizo algunas fotos, pero al otro día, por la mañana, sintió que no era el lugar del derrumbe el objetivo que buscaba, ansiosa, su cámara, sino aquellas avenidas siempre concurridas y ahora desiertas. «Era Nueva York con un miedo que se expresaba en la soledad».

Retrospectiva de un maestro

En 1964, siendo «un joven en edad militar, que ni estudiaba, ni trabajaba», Figueroa entró como ayudante a los famosos Studios Korda, que compartían los experimentados Luis Pierce, Genovevo Vázquez, y Alberto Díaz, cazador de esa foto imprevista del Che, la más reproducida de la historia.

Precisamente el más famoso de los Korda, fue quien propuso a su ayudante, cuando en 1968 fue nacionalizado el estudio, como fotógrafo para la revista Cuba, una de las publicaciones más prestigiosas del país en los 70. Para entonces Figueroa ya estaba marcado como un Korda.

Y en poco tiempo se convirtió en el fotógrafo titular del magazine. Recorrió cada rincón de Cuba y sus reportajes gráficos llegaron a ser de los más auténticos de nuestra fotografía de prensa. Con especial cariño recuerda su primer trabajo, Che, Sierra adentro, «un periplo de semanas por cada lugar por donde pasó el guerrillero heroico durante su estancia en la Sierra Maestra. Resultó tremenda experiencia».

A finales de los 70, Figo podía regodearse en la cúspide. Sin embargo, se fue a cargar trípodes y cámaras, como si fuera un principiante, a los estudios de Cine Educativo del Ministerio de Educación (CINED) porque siempre soñó «con ser camarógrafo del Noticiero ICAIC». Nunca lo logró.

Como camarógrafo fue a Angola y, entre las batallas que filmó con los plomos silbándole sobre la cabeza, estuvo la de Cangamba. Junto a la cámara de filmar, siempre llevó la de fotos. De su autoría son las instantáneas originales que aparecen en la cinta Kangamba, de Rogelio París, que estrenara el ICAIC el pasado año.

En los 80 se reencuentra con Alberto Korda: «Fueron los años en que Korda y sus fotos de la Revolución, del Che y Fidel, comienzan a conocerse más y más en el extranjero. Esa fue la época en que empezó una renovación de la imagen de la Revolución, pues ya habían pasado 20 años del triunfo.

«Por ese tiempo se retomaron en Cuba los trabajos de publicidad para comercializar nuestros productos, y, claro, aquellos viejos publicistas buscaron al mejor fotógrafo publicitario, que era Alberto Korda. Y él me mandó a buscar. Eso nos hizo coincidir nuevamente en el trabajo y la vida.

«Recuerdo que él se encargaba de las fotos de los catálogos, mientras yo me dedicaba a las pasarelas. Fue una experiencia muy rica, porque yo seguía asistiéndolo como antaño, pero ya también como fotógrafo, generando ideas al mismo nivel de profesionalidad. Fui muy feliz, pues igual que los publicistas llamaron al mejor fotógrafo, Korda me llamó a mí, su mejor asistente», confiesa orgulloso Figo.

Un autorretrato cubano

El último de los Korda. Así lo llama su compañera, Cristina Vives, editora y autora de un ensayo incluido en un libro de fotografías que tiene desvelada a la pareja, hace varios meses. Se trata de José A. Figueroa, un autorretrato cubano, un volumen de 300 fotos que ya recibe los toques finales de diseño, y debe salir para el 2010. Incluye gran parte de sus archivos fotográficos —desde 1964 y hasta los primeros años de este siglo—. Será, de seguro, una joya que develará en fotogramas muchas otras historias de este entrañable maestro.

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