Las grandezas surgen, no se planifican

Juventud Rebelde reproduce íntegramente la entrevista a Juan Almeida, publicada en nuestras páginas el 1ro. de diciembre de 1996, en vísperas del aniversario 40 del Granma, en la cual el Comandante de la Revolución recuerda los momentos de la travesía «del siglo» y envía un mensaje a los cubanos desde una pregunta que quedó por hacer

Autor:

Alina Perera Robbio

Evocación necesaria

El siguiente diálogo da cuenta de un encuentro para mí inolvidable. Han pasado los años. He vuelto sobre los instantes de aquella entrevista que me sigue pareciendo hermosa. Recién graduada entonces, en los días durante los cuales me alistaba para la conversación con el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, encontré una idea que da fe de su fibra como ser humano y revolucionario:

«La gente admira y aprecia a los demás —había escrito él en un libro autobiográfico— no por los valores materiales que atesoren, sino por las cualidades morales cosechadas en una vida fecunda, en la cual el hombre se ha preparado para ser como el árbol que muere de pie. Saber morir de pie y caer con la misma dignidad con que lo hacen los árboles cuando son derribados, es graduarse de hombre».

Los editores de nuestro diario decidieron rescatar este trabajo periodístico en cuanto se supo que el compañero Almeida había fallecido. Las palabras que ahora vuelven a salir a la luz, lo hacen sin un solo cambio, tal cual lo hicieron desde estas mismas páginas el 1ro. de diciembre de 1996.


Hace un año de mi travesía por México y de los instantes en que desembarqué por Las Coloradas para reeditar junto con otros jóvenes la epopeya del Granma. Entonces llevaba en mi equipaje un libro conmovedor por su hermoso lenguaje y su valor histórico: ¡Atención! ¡Recuento!, del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque.

Del libro y el viaje, fue naciendo un sueño que no imaginaba pudiera atestiguar tan pronto como algo real: extender algunas interrogantes a un hombre que tuvo el privilegio de protagonizar eventos claves de nuestra definitiva independencia. Al que siempre miraré con admiración porque hizo muchas cosas que tantos hubiéramos querido vivir; y también con cierto misterio porque a su nombre me unen las causalidades: es él, entre tantos detalles, causante de la manera en que, como nueva generación, asumo y comprendo la cubanía.

En el encuentro con Juan Almeida pude descubrir —en la complicidad de un día brumoso— que estaba frente a un hombre sanguíneo, muy sensible, amante de la vida hasta en los momentos más simples, afable y alegre —alegría que por momentos parecía rendirse a cierta nostalgia que él solo sabrá.

Y estaba frente a alguien muy natural. Porque muy naturalmente conversamos de temas tan diversos como la importancia de pasar por la experiencia de tener hijos; lo que connota la muerte para nuestra especie; la inevitable conmoción humana que siempre trae una Revolución; las virtudes y errores del socialismo mundial; y el nuevo libro que ahora prepara, un testimonio literario sobre el derrumbe del socialismo en Europa.

El diálogo con el Comandante Juan Almeida, pudo entretejerse porque a él, aunque no disponía de mucho tiempo, le pareció justo no dejar incontestadas las preguntas cuya única virtud quizá sea que solo intentaban, como le dije, «apuntarle al corazón».

—El 9 de febrero de 1956, sale del Puerto de La Habana, con destino a México donde habrá de exiliarse, el joven Juan Almeida Bosque. En esa partida triste y con un capital de cinco dólares, ¿qué recuerdos más profundos se lleva de Cuba y qué nuevas obsesiones empiezan a acompañarlo?

—Más que recuerdos, lo que llevo son las impresiones de mis compañeros asesinados el 26 de Julio de 1953, la dura estancia en el presidio y la imagen de un Fidel como guía, que crecía y se agigantaba su figura de combatiente revolucionario consecuente.

«La obsesión: volver para ser libre o mártir».

—¿Cómo transcurre la vida cotidiana en México, en los discretos y numerosos apartamentos donde conviven los cubanos que se preparan para derrocar la tiranía de la Isla? Quisiera que me hablara de las circunstancias en que conoció al Che; de la impresión que le causó. Quisiera, además, que me hablara de Lupe, la mujer de «ojos de miel» por la que escribió una canción que todos los cubanos conocemos de memoria. En fin, ¿cuántos cambios esenciales le produce la estancia en México?

—La vida en México fue de privaciones, nunca fuimos a una corrida de toros, ni a un cabaret, ni a un baile, ni a una feria. Dedicamos nuestras fuerzas al entrenamiento que nos prepararía física y mentalmente para la lucha que se avecinaba, sin tener plena conciencia del esfuerzo que se requeriría y las vicisitudes que enfrentaríamos, pero con pleno convencimiento de la necesidad de nuestra lucha y de que lograríamos derrotar la tiranía.

«Mi primer encuentro con Che fue en el gimnasio de Bucareli No. 118, donde asistíamos como parte de nuestro entrenamiento y preparación para la expedición del Granma. Él, médico argentino, exiliado también, venía de Guatemala. Asmático fuerte, con su inhalador en el bolsillo. Siempre vestido de traje color carmelita, afable, compartía con nosotros los ejercicios y los juegos. Después se marchaba para el hospital donde trabajaba. Lo vi como un joven normal, con ansias de conocer, disciplinado y respetuoso con todos y por todo. No conocía más de él. Jugamos un partido de basquet donde quien más se destacó fue Calixto García por los manotazos que daba.

«Posteriormente, encuentro al Che en el rancho Santa Rosa, en Chalco, donde pasamos un entrenamiento más riguroso en contacto directo con un territorio agreste, donde él tenía las funciones de jefe de personal, sin que por ello fuera excluido de sus deberes de entrenamiento, las marchas, las guardias y la atención a los enfermos. Volvemos a compartir, presos, en la cárcel de Miguel Schultz No. 27, acusados de violar las leyes migratorias de México y él amenazado de ser deportado a Argentina.

«Ya en Cuba, después del combate en los Llanos del Infierno, en la Sierra Maestra, me entregó un fusil arrancado con valor y osadía a un guardia de la tiranía y nació entonces el cariño y la admiración que hasta hoy siento por él.

«De Lupe, la mujer, es un sentimiento personal del cual no quisiera hablar.

«Al escribir la canción La Lupe, no fue esa mi intención, después la vida quiso que así fuera. Ahora solo te puedo decir de ella lo que siento por todas las mujeres, un sentimiento inmarcesible.

«Como cambios esenciales te diría que en México por primera vez no sentí la discriminación, fueron más fuertes los lazos de compañerismo y hermandad y experimenté los sentimientos de solidaridad recibidos de gente que apenas conocía. Allí completé mi formación revolucionaria teórica, añadiendo a la historia conocida de mi país, la de los próceres mexicanos, Hidalgo, Juárez, Zapata, las luchas por su independencia del pueblo mexicano, la página hermosa de los seis Niños Héroes de Chapultepec, las huellas de la presencia en ese país de Martí, quedando grabada su figura en el mural pintado por Diego Rivera en el vestíbulo del Hotel del Prado, el recuerdo del asesinato de Mella. Musicalmente también me complementó debido a la admiración que sentía por Agustín Lara y Toña la Negra».

—Escuché decir a los expedicionarios del Granma, que el desembarco en Las Coloradas fue por puro azar. El que fuera timonel del yate me detalló en una ocasión que habían desembarcado contra todos los pronósticos lógicos. Algunos han hablado del naufragio. Usted mismo ha dicho que «nadie ha hecho una travesía tan larga en un yate» que acondicionado para diez o doce personas, llegara a guardar 82. ¿Cómo mira al cabo de 40 años ese viaje que a todas luces fue una aventura con un desenlace milagroso?

—Ya que haces la pregunta, me atrevo a decir aún con modestia, que fue la proeza del siglo. No fue una aventura, aunque otros pueden pensar así, fue el fruto de un empeño con plena conciencia de lo que hacíamos y por qué, expresado en el pensamiento de Fidel de que en 1956 seríamos libres o mártires y los aventureros, que yo sepa, no se anuncian.

«Tampoco hubo nada milagroso, fue la resistencia y la voluntad de vencer en las condiciones que navegamos lo que nos permitió llegar, entrar y triunfar».

—Imagino que un hombre, luego de protagonizar una guerra en la cual ve morir a tantos otros, ya no podrá ser el mismo de antes. ¿Qué pasajes de la insurrección le conmovieron imborrablemente? ¿Cuál fue su mayor tristeza y su mayor alegría durante esa etapa?

—Efectivamente, ya no puedo ser el mismo de antes, cada vez soy mejor, porque siempre tengo presente el ejemplo de los compañeros que por esta causa dieron su vida y mi compromiso con ellos y mi pueblo es eterno, hasta ofrendar la mía si fuera necesario.

«Lo que más siempre me conmovió fue la lucha de nuestros médicos por salvar vidas, en condiciones tan difíciles, sin los medios necesarios. Las mayores tristezas fueron por las necesidades y privaciones que tuvimos, a veces sin armas, y parque suficiente. La mayor alegría el triunfo revolucionario, haber podido llegar a un 1ro. de enero de 1959 victorioso».

—Usted ha escrito: «La gente admira y aprecia a los demás no por los valores materiales que atesoren, sino por las cualidades morales cosechadas en una vida fecunda, en la cual el hombre se ha preparado para ser como el árbol que muere de pie. Saber morir de pie y caer con la misma dignidad con que lo hacen los árboles cuando son derribados, es graduarse de hombre». ¿Cómo se emparenta esa idea con sus actuales sueños, su destino?

—No se emparenta, es la misma idea, cuando me toque morir que sea así. No aspiro ni busco la muerte, pero mientras mis fuerzas y la dirección de la Revolución me lo permitan, continuaré mi aporte a esta causa, y cuando de morir se trate será así, con esa dignidad.

—Para una pregunta no hecha (añade Juan Almeida, y responde).

—Las grandezas surgen, no se planifican. Te digo esto porque como joven no me lo has preguntado y me alegra, pero deseo expresarle a los jóvenes que ustedes tienen su grandeza propia con su manera de ser, su lenguaje, sus costumbres, sus convicciones de lucha formada en el fragor del proceso revolucionario e internacionalista, adaptando sus actitudes y conductas a sus tiempos a partir de los ejemplos en la historia para saber resistir y vencer, como en nuestros tiempos lo hicimos nosotros. Y por eso, no será menos su grandeza; en nuestros jóvenes está la influencia de los próceres de nuestras guerras de independencia, los sentimientos de patria, independencia, soberanía, nacionalidad, y estamos seguros sabrán ser y estar a la altura según como se presente cada situación.

«Y por último, permíteme aprovechar esta ocasión para transmitir a los combatientes mi más sentido saludo por el Aniversario 40 de la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y a nuestro pueblo, en particular a los jóvenes, mi más cálida felicitación por estos años transcurridos de lucha y abnegación en que hemos marchado juntos bajo la dirección del Partido y de Fidel».

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