Comandante de la lealtad y el cariño

En gesto de ternura recíproca y compromiso con su ejemplo, el pueblo santiaguero acude a la base del monumento a Antonio Maceo, en la Plaza de la Revolución santiaguera, para rendir tributo al Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.— Las notas de La Lupe son un coro enérgico y sentido en voces de todas las edades: «Ya me voy linda Lupe y te dejo conmigo un pedazo de mí...» En Chicharrones y Agüero, en las serranías de La Lata y Cruce de los Baños, en Siboney y Marimón..., el sentimiento se aprieta y anuda el compromiso con el modelo de entrega y lealtad que él representa: «Nos queda mucho para seguir el ejemplo del Comandante...»

Porque los hombres que saben llegar al corazón de su pueblo se quedan en él, devolviendo el cariño y la sensibilidad que siempre entregó, miles de santiagueros acuden al Salón de los Vitrales, de la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, para homenajear al Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, fallecido en la noche del viernes 11 de septiembre.

Tras la primera guardia de honor, realizada por el general de división Onelio Aguilera Bermúdez, jefe del Ejército Oriental y el integrante del PCC y primer secretario en Santiago de Cuba, Lázaro Expósito Canto, le llegó la reverencia en flores depositadas por dirigentes del Partido, el Gobierno, la UJC, las FAR, el MININT y la Asociación de Combatientes, organización que encabezó por más de 15 años.

Lo honran sus amigos y compañeros de lucha, pioneros, estudiantes, trabajadores, federadas, cederistas: abuelos y bisoños en río interminable para acuñar otra jornada histórica, a la altura del Santiago que tanto amó.

Ante su foto y el mensaje de valentía y resistencia que nos legara su exhortación: ¡Aquí no se rinde nadie...!, pasa el gesto de admiración del joven que creció conociendo de su arrojo en el Moncada, el presidio, el Granma, la Sierra... y soñando con parecerse a él.

También el recuerdo emocionado de sus compañeros de lucha como Julio Quiala, combatiente del Tercer Frente, para quien la memoria lo trae más que jefe, padre, hombre sencillo y entusiasta, pero exigente, paradigma de revolucionario, que ponía en sus relaciones la sensibilidad del artista y que nunca se distanció de su origen humilde.

En el tributo de los santiagueros está la alegría de los parques de la ciudad, en los que aparecía cuando menos se le esperaba para intercambiar lo mismo con el zapatero, que con el albañil o saludar a la hermana de aquel compañero que trabajó con él; la solemnidad musical de la marcha que compuso para Martí y que a diario se escucha en el Mausoleo al Héroe Nacional, el primer lugar que visitaba cada vez que estaba en Santiago.

«Lo recuerdo caminando por las calles santiagueras, visitando los monumentos históricos, intercambiando con los artistas de la ciudad, extasiado ante la Granjita Siboney, por la que sentía tanto amor, siempre presto a reunirse con sus compañeros, a escucharlos, interesarse por sus problemas...», repetiría una y otra vez a la prensa José Emilio Camejo Acosta, quien tuvo el privilegio de compartir con el Comandante Almeida en varios momentos y durante más de 50 años.

«A lo largo de los casi 16 años en que dirigió la Asociación de Combatientes creó en nosotros un sentimiento grande de unidad en torno a la Revolución, a Fidel, a Raúl. Constituyó un ejemplo de fidelidad a la causa revolucionaria, de sensibilidad ante los problemas de los combatientes, de exigencia ante el cumplimiento de las tareas», expresaría el coronel Adolfo Pérez Pestana, presidente de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana en la provincia, sintetizando también la grandeza del dirigente, ejemplo de sentido humano y preocupación por el pueblo, independientemente de sus responsabilidades.

Para Santiago, Juan Almeida será siempre ese guerrillero legendario, que consagró toda su vida para regalarnos la luz de la libertad y también el dirigente que enseñó al pueblo a intercambiar con sus cuadros, el humano que supo empinarse sobre la virtud, llegar a la cumbre de la gloria y seguir pesando como albañil, el hombre a veces parco, otras, jaranero; siempre fuerza, pasión, cercanía.

El Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque descifró como pocos el sentir de los hijos de esta provincia indómita, por eso este domingo su pueblo hace suya la frase que a menudo repetía: «soy como los santiagueros, que doy la vuelta y regreso», con la certeza de que su huella estará siempre entre estas montañas, con el ímpetu del artista, inspirándolos a defender el futuro.

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