«No estoy llorando»

En el vestíbulo de la Asamblea Municipal del Poder Popular el pueblo avileño dio el último adiós al Comandante de la Revolución cubana Juan Almeida Bosque

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Temprano en la mañana, bajo el acorde de las canciones que compuso en su intimidad, el Comandante Juan Almeida Bosque recibió el último adiós del pueblo avileño, en el vestíbulo de la Asamblea Municipal del Poder Popular.

Todavía el sol no había salido y el Parque Martí guardaba el fresco íntimo de la noche. Por las esquinas, los trabajadores de Comunales —con su uniforme de colores claros— alistaban las mesas con las canastas de flores y una hilera de hombres y mujeres, con andar grave, se acercaron en silencio.

Fue una escena que se repitió al amanecer en los diez municipios de la provincia, a donde todos los avileños han concurrido para rendir homenaje a uno de los héroes de Cuba.

«Esa..., sí, dame esa», se escuchaba en un susurro. Tomaban la flor y regresaban a la multitud que se agrupaban ante el edificio del Gobierno Municipal. Muchos tenían prendidos de sus camisas y pulóveres el sello de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana.

Entre ellos, con aires graves y las manos en la espalda, se encontraba el mayor (r) José Manuel Caldero Atencio. Acuña —como lo conocen por su nombre de guerra— fue combatiente del Trecer Frente Oriental Mario Muñoz Monroy, dirigido por Almeida. Pasó entre los primeros, depositó despacio la flor ante la imagen de su jefe y se apartó a un lado.

«Era un hombre de una disciplina férrea —recuerda Acuña—. Tampoco le gustaban las mentiras. Él tuvo la misión de dirigir el cerco a la ciudad de Santiago de Cuba, siguiendo las indicaciones de Fidel. Y las cumplió. Bajo la dirección de Almeida se tomaron todos los poblados y carreteras hasta formar una herradura contra el mar. En los últimos días de la guerra, de Santiago solo se podía salir por mar o aire; pero no por carretera».

Acuña conoció a Almeida en Vegas de Jibacoa. Pertenecía a la Columna I José Martí y luego, derrotada la Ofensiva de Verano, fue de los combatientes rebeldes enviados por Fidel para reforzar el Trecer Frente Oriental. Después del triunfo de la Revolución se mantuvo bajo las órdenes de su jefe guerrillero, cuando comenzó a desempeñarse como oficial de blindados en el Ejército Central.

Expresa: «Yo me sorprendí cuando supe que la frase de Alegría de Pío, ese «Aquí no se rinde nadie..», la gritó Almeida y no Camilo, como se pensó mucho tiempo. Luego medité y encontré lógica a aquel silencio: él era parco, cumplía con su deber sin ningún alarde, sin buscar un protagonismo. Ese gesto de permanecer en silencio habla mucho de sus principios como hombre y revolucionario».

Varios de sus compañeros lo saludan. Una hilera de niños, vestidos con el uniforme de pioneros pasan frente a la imagen. Acuña los observa en silencio, los señala con el brazo izquierdo y enseguida lo regresa a la espalda.

«Cuando Almeida sancionaba a alguien es porque en verdad lo merecía, eso no le quepa duda —sentencia Acuña-. Primero daba oportunidad a que el dirigente recapacitara y tuviera tiempo de enmendar la falta. Si no lo hacía, ahí estaba la sanción. Recuerdo el caso de un oficial del Batallón de Seguridad. Era capitán y por las faltas cometidas, Almeida lo bajó a soldado. El hombre tuvo que ganarse los grados poniendo la vergüenza por delante.

«De él se pudiera estar hablando jornadas completas. Son muchas historias. Ahora a uno se le hace muy difícil hablar. Cuando anunciaron su muerte, yo estaba frente al televisor. Escuché muy tieso la noticia y al poner La Lupe, los ojos se me aguaron. Mi mujer se asombró al verme. «¿Tú estás llorando? ¿Qué te pasa?». Yo tomé aire y dije muy bajito como si le hablara a mi jefe: «No, no estoy llorando».

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