Un hombre de cultura y convicciones martianas

El Comandante Almeida «fue un hombre de guerra, sí, pero también muy culto», afirmó el teniente coronel del Ministerio del Interior Pedro Alberto González, quien junto a miles de cubanos rindió tributo al Comandante en el Memorial José Martí

Autores:

Marianela Martín González
Mileyda Menéndez Dávila

Un país se salva mientras conserva su cultura y su historia, y más allá del dolor por la sensible pérdida de uno de sus líderes es importante rendir honores a quien ha servido bien a la patria en ambas.

Como enlace hacia el futuro dejó el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque sus libros y su música, pero sobre todo dejó una gran lección sobre cuánto puede hacerse por la realización personal sin dejar de cumplir los deberes contraídos con la Revolución si se vive con disciplina y apegado a los mejores principios humanos.

Fue esa la reflexión colectiva de Henri Luis Suárez, Sussette Hernández y Ariel Orta,  jóvenes de la  Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) que estuvieron durante esta jornada de duelo en la guardia de honor permanente junto a la imagen y las medallas del héroe cubano en el capitalino Memorial José Martí.

Flores blancas perfumando el ambiente, una intensa luz vespertina apenas atenuada por los  cristales, música instrumental de fondo, todo impactaba al entrar en este espacio de tributo, donde los más curtidos combatientes sintieron detener su corazón ante la foto de quien ya no escribirá nuevas canciones ni explicará la historia con la mágica sencillez de haberla vivido siempre desde la primera línea de fuego.

Fue la sonrisa de Almeida lo que ayudó  a muchos a evocarle hombre, más allá de los méritos de sus acciones. Cuando compañeros de fila o antiguos subordinados pasaban frente a su imagen se veía trascender la lógica admiración del pueblo por su héroe: primaba en ellos la gratitud de recordar al amigo en su aguda percepción de la naturaleza humana y su compañerismo cotidiano.

El combatiente jubilado Daer Mora Pérez nos habló del privilegio de haberlo conocido en el Cuarto Frente Oriental, cuando ya Almeida dirigía el Tercer Frente. De entonces atesora numerosas anécdotas sobre su heroísmo natural, sin ánimo de sobresalir, y su interés por la superación, pero sobre todo le impactaba de él y de otros jóvenes de la Generación del Centenario una visible convicción martiana. Según afirma, Almeida llevaba grabado en el corazón ese concepto martiano que dice: «Para mí la patria nunca fue triunfo, sino agonía y deber.»

También lo asegura el teniente coronel del Ministerio del Interior Pedro Alberto González, presidente de la Asociación de Combatientes Revolucionarios de Cuba en la zona 26 del municipio de 10 de Octubre, quien trabajó a las órdenes de Almeida hace algunas décadas y conoció de cerca su sensibilidad hacia la poesía, su espíritu de sacrificio, sus largas jornadas de trabajo:

«Fue un hombre de guerra, sí, pero también muy culto. Cuando notaba en alguno de sus soldados buenas dotes para el estudio lo estimulaba para que fuera a la universidad. Escribía hasta altas horas de la noche. Sabía que nuestro pueblo tiene cultura para disfrutar un buen libro y es exigente con lo que lee, por lo que era muy agudo revisando sus textos.

«Se cuentan muchas anécdotas de su valentía y sus cualidades de estratega militar, pero mis preferidas son las que hablan de sus años como dirigente del Partido en las provincias orientales, cuando salía  a caminar como uno más del pueblo  para detectar las cosas mal hechas y reprender a los responsables en el acto. Ese es un estilo que adoptaron muchos dirigentes, pero empezó con él, con Almeida, un hombre que evitaba la publicidad de sus actos, pero se pasaba el día dándole el pecho a los problemas y luego, ya tarde, escribía canciones de amor.»

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