El Che siempre estaba junto a sus hombres

Afirman los hermanos Ciro y Edilberto del Río Guerra, combatientes de la Columna del Che, quienes lo acompañaron en la Invasión que realizó desde la Sierra Maestra hasta La Habana

Autor:

Luis Hernández Serrano

«El Comandante Ernesto Guevara nos demostró que no abandonaba a sus hombres, y menos en circunstancias difíciles».

Esta es la conclusión principal a que llegaron los hermanos Ciro y Edilberto del Río Guerra, combatientes de la Columna del Che, quienes hicieron bajo sus órdenes la Invasión desde la Sierra Maestra hasta la entrada a la fortaleza militar de La Cabaña, el 3 de enero de 1959.

Ciro nació el 3 de agosto de 1934 y Edilberto el 2 de febrero de 1935, ambos en Gallardo, Santa Rita, Jiguaní, hoy provincia de Granma. El primero se alzó el 14 de mayo de 1957 y el segundo el 6 de agosto de ese mismo año.

«En la Sierra Maestra, una bala me atravesó la parte superior derecha del tórax y salió por el pulmón, y allí junto a mí estuvo el Che», dice Ciro.

«A mí me dieron un tiro que me penetró el abdomen por la región izquierda y allí también estaba, a mi lado, el Comandante Guevara», evoca Edilberto.

Los dos son retirados, Ciro como coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y Edilberto como capitán del Ministerio del Interior. Comentan que, como es natural, no todos los rebeldes heridos en combate tuvieron la suerte de tener cerca a semejante hombre, médico a la vez, pero ellos nunca olvidarán cómo los atendió, se interesó por la gravedad de sus heridas, viabilizó que fueran intervenidos quirúrgicamente y los acompañó en esas circunstancias.

Un balazo en el pecho

«Me hirieron en el pecho en el Alto del Moro, cerca de Minas del Frío. El Che me ordenó reforzar la tropa de Orlando Pupo para detener al enemigo que venía de San Lorenzo precisamente rumbo a Minas del Frío, y cuando llegué aparecieron los guardias y se generalizó el combate», recuerda Ciro.

«El plomo me entró por la zona de la clavícula derecha, hizo solo un pequeño orificio redondo, pero me salió provocando una tronera en mi espalda, también en la porción derecha. Me partió unas costillas, me interesó el pulmón, me perforó la pleura».

Ciro fue herido en junio de 1958. Dice que sintió un dolor muy grande y cayó respirando un poco por la nariz y otro poco por la espalda, por donde se le escapaba el aire que aspiraba.

Varios rebeldes de su tropa lo colocaron en una improvisada parihuela, hecha con una hamaca de saco de yute, hasta Minas del Frío, donde estaba el Che.

«En cuanto el Comandante me vio llegar en aquellas condiciones, miró mi herida y empezó a buscar los medicamentos y los medios para curarme».

Cuenta que el Che se veía sumamente preocupado, llamó al enfermero Andrés Menés Ojeda —quien aún vive y es también coronel retirado de las FAR— y entonces revisó más detenidamente sus dos heridas, la entrada y la salida del plomo.

«Llegaba en ese momento mi hermano Edilberto para pedirle al Che incorporarse a su tropa y si era posible conmigo. No sabía que me habían herido. “Pasa, míralo aquí y hazte cargo de él. Coge unos cinco o seis hombres y sal inmediatamente hacia donde está el cirujano Vicente de la O”, le dijo Guevara».

Este médico guerrillero, cirujano, se encontraba en una casita donde el propio Che había ubicado un puesto de mando de reserva.

«Durante mi traslado, la aviación de Batista nos fue hostigando constantemente. Yo les dije a mis compañeros que me dejaran, que sus vidas peligraban, pero no quisieron abandonarme».

Al llegar lo sentaron en una silla y el cirujano de la guerrilla le limpió las heridas y se las suturó, en condiciones muy poco propicias, por supuesto ¡y sin anestesia!

«Mientras me reponía, acompañado por Edilberto y otros combatientes, la aviación desbarató la casita del puesto de mando, destruyó hasta el refrigerador de luz brillante, pero a mí ni me rozó», refiere Ciro, sonriente.

Le atravesó el abdomen

Edilberto recuerda que ya en El Escambray, atacaron primero el cuartel de Güinía de Miranda y después el de Banao, en la carretera entre Sancti Spíritus y Trinidad.

«En Banao se empezó a combatir como a las diez de la noche y yo caí herido a eso de las doce y media o la una de la madrugada, según recuerda, en noviembre de 1958. Me dieron un tiro en el abdomen. Estaba yo dentro del cuartel, exactamente en la caballeriza.

«Sentí un ardor tremendo y un hormigueo en la carne, pero dolor no, y botaba sangre. El proyectil me entró por la parte izquierda. Ni me caí, ni perdí el conocimiento, ni sentí mareo. Enseguida varios compañeros me ayudaron y el doctor Oscar Fernández Mel me dio los primeros auxilios.

«En eso llegó el Che, me atendió también y ordenó que me trasladaran enseguida para el hospital de su Comandancia, en Los Gavilanes. Se veía que hablaba el médico, pero también el jefe que se angustiaba por la suerte de sus hombres.

«Él le escribió una nota urgente al cirujano Jorge Machado, dueño y director del Hospital de Fomento (después abandonó el país), y le dijo que si no podía venir a operarme, que le mandara el instrumental quirúrgico. Pero el cirujano vino pronto. Se improvisó un “salón de operaciones” en un excusado. Taparon la letrina con una sábana, colocaron allí una mesa y me operó en ese increíble lugar».

El Che estaba muy preocupado, pero a la vez no quería demostrarlo y empezó a bromear inteligentemente para que Edilberto no se asustara más de la cuenta. Médico al fin, tuvo ese tacto.

«Durante todo el trayecto, desde Banao hasta Los Gavilanes, el Che iba al lado mío, a caballo, pero al mismo paso de la parihuela en que me cargaban. Le daba ánimo a todo el mundo para suavizar la tensión del momento, al punto de que me dijo: “Si te mueres, no vas a tener ningún problema, porque te voy a poner un crucifijo de plata”.

«Esa era una manera suya, irónica, pero amigable, de enfrentar la situación, y como para que yo pensara o me dijera: “Si este hombre, que es médico, me habla así, es porque no ve la cosa tan grave y no me voy a morir. ¡Y eso mismo pensé yo!».

Al llegar a Los Gavilanes, el Comandante enseguida habló con Vicente de la O, cirujano, quien continuó el tratamiento.

Lo que aprendimos del Che

Ciro y Edilberto consideran que el Comandante Guevara era un jefe guerrillero de juventud excepcional. De niño y de adolescente fue un argentino de ciudad. Después, de joven, en sus recorridos con Alberto Granados en moto, eso le sirvió como un anticipo de práctica para la futura guerra en las montañas, lo que se consolidó en los entrenamientos para la expedición del yate Granma.

«Lo decimos porque se comportó como todo un guajiro, bajando y subiendo lomas, montando a caballo, en mulo, luchando a tiros contra los guardias y contra su otro enemigo, el asma constante», comenta Edilberto.

«A mí me enseñó mucho. Un día me dijo que no me parapetara detrás de una piedra, porque la propia piedra era un proyectil también si le daban los plomos enemigos, al multiplicarse en pedazos que podían matarme o herirme», recordó Ciro.

Los dos piensan, a 42 años del asesinato del Comandante Guevara en La Higuera —el 9 de octubre de 1967— que el Che, aunque no llevaba el apellido del Río, como ellos dos, es un río que no se seca, que se extiende hasta las selvas de Bolivia y riega otras tierras de los Andes y de otros continentes del mundo, donde hay millones de pobres esperando por ser libres todavía.

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