Camilo en Yaguajay, templo de leyendas

A medio siglo de la desaparición física de Camilo Cienfuegos por los senderos de Yaguajay germina la leyenda

Autor:

Juventud Rebelde

YAGUAJAY, Sancti Spíritus.— La voz de nuestra amiga parecía reverenciar a un padre. Ante sus palabras, con el respeto de quien recibe la llave de una villa, postergamos el cansancio de la carretera y la desolación de la noche. Nos había conducido hasta el otro extremo del caserío para mostrar la vieja mansión de madera en la que Camilo habló a la gente de Iguará en 1958, según cuentan los abuelos.

Para cualquier visitante tocar hoy en cada aldaba de Yaguajay equivale a sentarse en el taburete para atrapar en el viento las leyendas sobre el Señor de la Vanguardia, a 50 años de su desaparición física. Hasta las jóvenes generaciones sorprenden, cuando explican el significado de cada barrio o sendero, dentro del itinerario del héroe.

El fenómeno coquetea con el análisis sociológico. Los habitantes del territorio no reproducen esquemáticamente las crónicas de empolvados libros, se apropian de los hechos para devolvernos a un Camilo consanguíneo, enriquecido por la oralidad y las licencias del mito.

En cada batey Camilo

Camilo no nació para la violencia. Su destino nunca vino dictado por el temperamento ni por deseo de trascendencia. Debió moldearse a sí mismo como guerrero.

Tal vez por lo anterior las fronteras del cubano común y del líder guerrillero se mezclan en Yaguajay, cuando en Meneses personas como el octogenario José Luis Rodríguez Carrillo, uno de los combatientes que seleccionó el sitio del primer campamento de la Columna 2 en territorio villareño, destaca cómo el Comandante se ganaba a su gente.

«Una vez en Jobo Rosado un viejito de la zona observaba con atención a Camilo, quien conversaba con la tropa. El Comandante le dijo en broma que lo ayudara a trasladar, desde la costa hasta el campamento, un barco con armas que mandaba Fidel. Aquel abuelo se estiró y le respondió: con cinco yuntas de bueyes yo le resuelvo ese problema.

«En otra oportunidad apareció un muchacho hambriento con cierto retardo mental y Camilo le dio muchísima comida.Comió salvajemente pero al levantarse se le escapó un viento. El jefe soltó una carcajada y le dijo a William Gálvez, quien sí permanecía muy serio: mira, tu nuevo soldado me embarró el bigote».

La jocosidad del Señor de la Vanguardia bautizó al combatiente Luis Manuel González Castro: «Félix Torres primero le presentó a mi hermano a quien le decían Cheo Matojo. Entonces Camilo saltó y dijo: “Si tu hermano es Matojo, tú serás Manigua”. El nombrete pasó también a mi hijo y a mi nieto».

No obstante, plantea Reimundo Ronchela Hernández que el Comandante también solía ser enérgico. En el combate de Yaguajay andaba como reguilete. «Este es tu mamá y tu papá, no lo vayas a soltar», recuerda el veterano cuando el Comandante le entregó su primer fusil Springfields, mientras las lágrimas delatan complicidad por la nostalgia.

Todavía en el antiguo Central Narcisa, donde vive Ronchela, se cuenta cómo el Comandante sacó prácticamente de abajo de la cama a quienes, por miedo, le negaron ayuda durante la construcción del Dragón o lanzallamas blindado. Sin embargo, cuando entraba al batey, todos lo abrazaban.

Neida Nieto Sánchez, en las Las Llanadas narra la misión más difícil de su vida: acompañar a su madrastra Elena Cabrera para trasladar hasta Santa Clara el primer mensaje de Camilo a Fidel, con todos los pormenores de la Invasión.

«En mi casa los columnistas tomaron el primer café al entrar en esta zona. Camilo nos contó que durante el camino se habían tenido que comer un caballo crudo por el acoso del enemigo. Debido a la confianza depositada en la familia, la esposa de mi papá sirvió como mensajera. Por seguridad debimos trasladar la carta dentro de la ropa interior. Eran días revueltos. Por momentos temimos, pero no importaba. El favor nos los había pedido Camilo».

Otras huellas del líder nos llegan en historias como aquella de la escuela ofrecida a los niños en Meneses, también mediante el recuerdo de la señora que tejió una manta al Comandante, o en las anécdotas sobre Rosalba, la novia que enamoraba detrás de un varentierra. Todas aparecen inmortalizando al héroe.

Templo de humildad

Este 28 de octubre en Yaguajay el guerrillero cabalga otra vez junto con su legión de titanes. Un mausoleo acogerá los restos de los integrantes del Frente Norte de Las Villas, altar a la humildad de dichos hombres. El sitial se integra en un complejo histórico al concebirse en la zona posterior al Museo Nacional Camilo Cienfuegos, fundado en 1989.

Según Ricardo Gallúes, contratista jefe de la obra, Pedro Pérez Agudín, creador de ambos proyectos, otorgó prioridad a la coherencia formal de ambas edificaciones.

El Mausoleo Frente Norte de Las Villas, con un total de diez hectáreas, posee en su centro un nicho alegórico en homenaje al Señor de la Vanguardia con un sombrero alón encima, como si Camilo se lo hubiera quitado solo para refrescar por unos minutos en su largo camino, bajo la sombra de la más cubana palma.

A su alrededor simbólicamente custodian el descanso del líder 180 sepulcros similares, destinados a guardar durante la eternidad a los integrantes de los destacamentos Marcelo Salado y Máximo Gómez, así como a los de la Columna 2. Estas fuerzas aparecen representadas al fondo con tres fusiles que sostienen el escudo.

Otro elemento sobresaliente lo constituye la vegetación circundante: 27 palmas rememoran la edad de Camilo al desaparecer. La llama eterna en forma de estrella y un muro revestido de mármol con las principales acciones combativas del Frente Norte en la región, ofrecen tributo al paso del Héroe por estas tierras.

¿Quién dice que Camilo no ha conquistado como otros nombres los favores de cinceles y odas? Sin embargo, como sucedió durante su vida, renuncia hoy al pedestal para disolverse en la cotidianidad de los humildes.

Hombres así solo alcanzan el justo altar gracias a las sonrisas de gente como aquella joven guajirita que no dudó en empolvarse las pisadas para mostrar al forastero su templo favorito en el pueblo: la derruida casona en Iguará donde el Señor de la Vanguardia habló a los lugareños.

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