Un probado patriota

El 29 de octubre cumpliría 88 años Sergio González, a quien llamábamos cariñosamente el Curita, que dirigió los grupos armados del Movimiento 26 de Julio de la capital

Autor:

Giraldo Mazola

El 29 de octubre cumpliría 88 años Sergio González, a quien llamábamos cariñosamente el Curita, que dirigió los grupos armados del Movimiento 26 de Julio de la capital, desde su audaz fuga de la prisión de El Príncipe, en octubre de 1957, hasta su asesinato el 19 de marzo de 1958.

Las nuevas generaciones no conocen que en Galiano y Reina, donde radica hoy un gran parqueo y una plazoleta, estuvo enclavada la antigua Plaza del Vapor, donde se hallaban numerosos negocios pequeños apiñados en ruinosas construcciones, que fue necesario demoler. Allí, en una modesta imprenta, trabajó Sergio durante varios años y se imprimió clandestinamente una edición de la autodefensa de Fidel, La Historia me Absolverá, cuya distribución en el país, antes de que los moncadistas salieran amnistiados en 1955, contribuyó decisivamente a forjar entre las filas del pueblo la vanguardia que años después, bajo su dirección, derrocaría a la tiranía.

El parque, como justo reconocimiento a su ejemplar existencia, lleva su nombre.

En Miami los batistianos y lacayos que añoran las riquezas que se apropiaron en Cuba y que la Revolución recuperó, no cejan en su permanente intento de desprestigiar todo lo que hacemos. Multiplican las bolas y rumores que propalan sistemáticamente desde 1959. Ahora, en la vorágine de las crisis superpuestas que afectan al planeta, creadas por la sociedad consumista que defienden y en la que conviven, utilizan cada decisión que adoptamos, —para continuar ofreciendo a nuestro pueblo una vida más justa y equitativa— e intentan presentarlas negativamente.

También dedican tiempo a tratar de empañar la historia de los combatientes de la lucha insurreccional en La Habana y de otros inolvidables revolucionarios.

Recientemente leí la reanudación de insultos contra el Curita. En esos conciliábulos miamenses, cuando hablan de los propósitos que aspiran a alcanzar después que derroquen la Revolución, además de volver a entregar nuestras riquezas y dignidad a sus amos norteamericanos y recuperar los bienes que adquirieron ilícitamente, anuncian que destruirán ese parque dedicado a la memoria de un «terrorista».

Pretenden utilizar la campaña de miedo desatada en la sociedad norteamericana, que ha conducido a guerras en todo el mundo, supuestamente para eliminar un flagelo que ellos mismos crearon, y utilizan el término convertido en sinónimo del mal, para calificar a todo el que lucha por sus derechos conculcados. Clasifican como terroristas a los gobiernos populares que se van levantando en América tras las huellas de Bolívar. Reanudan los golpes de Estado e instalan nuevas bases militares con el pretexto de luchar contra el narcotráfico y el terrorismo.

Ahora a Sergio lo asocian a ese calificativo porque en los pocos meses que dirigió la lucha armada en la capital logró aunar esfuerzos, aglutinar voluntades e incrementar la resistencia contra la dictadura en el seno de la capital donde radicaban sus más feroces mecanismos de represión.

Bajo su mando como jefe de Acción, después de su audaz fuga de El Príncipe, procedió a tipificar los objetivos económicos a golpear y dirigió el sonado sabotaje a los tanques de combustible de la refinería norteamericana de la Esso Standard Oil, asociada a la Shell británica en Belot, cuya negra humareda durante varios días mostró a los habaneros que la lucha se reactivaba.

También organizó el sabotaje a la conductora del acueducto, la destrucción de documentos financieros en la Cámara de Compensaciones, el boicot a unidades de la empresa eléctrica y otros. Faustino Pérez, entonces jefe del Movimiento 26 de Julio en la capital, calificaba a Sergio como «el alma organizativa, el activista principal» de esas acciones. «Era un pilar fundamental del Movimiento —añadía— y comandaba una de las fuerzas más aguerridas y audaces».

La famosa noche de Las cien bombas, a fines de 1957, la organizó para demostrar que la tiranía no podía controlar la ciudad y nos exigió a todos que no podía provocar heridos, como no los causó, en la población.

Fue un hombre de raigambre popular, medularmente humano, sensible, con una total entrega a la lucha revolucionaria. Los órganos represivos lo buscaban con ferocidad para asesinarlo, como al fin lo lograron, sin que por su mente pasara abandonar la lucha en La Habana. Declinó la petición del Comandante en Jefe Fidel Castro enviándole un propio desde la Sierra Maestra para que saliera de la capital ante el evidente reforzamiento del cerco para aniquilarlo, pues consideró que era aquí donde podía ser más útil. Prosiguió organizando, sumando, aun con una pierna enyesada por una fractura compleja que le dificultaba caminar.

Como afirmara el comandante Jesús Montané, en el aniversario 30 de su asesinato: «al igual que cientos de combatientes clandestinos, Sergio fue también parte del Ejército Rebelde del pueblo, en las increíblemente difíciles condiciones de la lucha armada en las ciudades, que abonaron con su sangre, paralelamente a los fusiles de las montañas, el camino luminoso que condujo a la alborada del Primero de Enero».

Fue un patriota en toda la magnitud de ese concepto. Las calumnias no podrán empañarlo. Tampoco podrán destruir el parque que lo recuerda. Tendrían antes que liquidar a todo un pueblo.

*Combatiente de la lucha clandestina en la capital.

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