Estudiantes cubanos de Telecomunicaciones brindan su aporte a la agricultura

Entre lo más difícil que enfrentaron los muchachos de la CUJAE durante su trabajo en el campo, estuvo ser consecuentes con la relación ganancia-gastos

Autor:

Marianela Martín González

Casi estábamos perdidos por aquellos parajes tapizados de platanales y boniato. Buscábamos a los muchachos de segundo año de Telecomunicaciones de la CUJAE, quienes trabajaban en tierras de la Empresa de Cultivos Varios, del municipio habanero de Artemisa.

Guiados por los campesinos, llegamos al campamento de la UBPC Blas Roca, donde dos o tres jóvenes organizaban los cubículos y chapeaban los alrededores. De ese modo contribuían a que la tropa que venía después de ellos tuviera buenas condiciones.

«Los primeros días tuvieron que cargar el agua de las pipas. Luego se resolvió el problema, porque trajeron de la empresa un transformador que necesitábamos desde hacía tiempo. Lo mismo ocurrió con las lámparas. Esto era como una boca de lobo antes de que los muchachos vinieran», explica Ángel Lima, responsable de mantenimiento del lugar, valorado por los estudiantes como «lo máximo en nobleza». Él se encargó de calentarles el agua, grabar sus nombres en los jarros, espantar las ranas de los albergues y hasta bailar reguetón con el grupo.

«Vayan ahora mismo para el campo. No se demoren ni un minuto, porque ahorita empiezan a llegar», alerta Yohania Moreno, quien durante un mes cambió el aula por la colcha de trapear y la escoba. Integró la brigada de autoservicio, la cual se esmeró por la higiene del campamento, para evitar que los virus y la pandemia de moda se escabulleran en aquel lugar.

La jovencita explicó que sus compañeros trabajaban regularmente hasta las dos de la tarde en la tierra, pero esa vez tal vez regresaban antes, porque era el último día en el campamento.

Sensaciones ambiguas

Era cerca del mediodía del viernes 23 de octubre, y en pleno campo de malanga el profesor Jorge Torres acompañaba a una tropa de un poco más de 30 muchachos adictos a la Telecomunicación, pero con escasos conocimientos sobre la agricultura.

«En todo el mes convocamos a cien estudiantes, pero solo terminó la mitad. Al principio las condiciones en el campamento no eran las mejores y eso golpeó la retención», explica el profesor Torres.

El estudiante Manuel Cruz dice que es su primera experiencia, y mejor no pudo ser. Se desprendió del estrés de las clases e hizo amigos nuevos. A veces tenía gente maravillosa a pocos metros, y no se relacionaba más debido a la presión del estudio. Pero en el campo hubo tiempo para trabajar duro y socializarse más libremente.

—¿Piensas que es significativo el aporte económico de ustedes?

—Creo que tiene un valor que no puede despreciarse, pero el saldo más importante no cabe en el bolsillo. Esta experiencia nos ayuda a ser más responsables. Ahora entendemos mejor por qué los campesinos sufren tanto cuando pierden una cosecha.

«Aquí hemos comido de acuerdo a las ganancias. No podíamos sobregirarnos. Nos planificamos, como hacen la mayoría de las familias cubanas. Contábamos quilo a quilo para no causar pérdidas. Si no, ¿de qué aporte a la economía estamos hablando?

Alberto Ortega y Yoán Salabarría, el jefe de la brigada, no han tenido descanso con el cálculo. Cada saco lo multiplican por el precio fijado, y así van conformando un resumen que dirá cuánto queda para ingresar al presupuesto de la CUJAE. Porque no deben llegar a la escuela con las manos vacías.

«Hoy no es un día bueno. No son altos los rendimientos, porque la sequía dañó esta malanga», acota Yoán.

Alberto explica que el saco de boniato se lo pagaron a 2,50 y hasta tres pesos. Pero el escarde de malanga fue mejor remunerado. «Había un yerbazal que nos tapaba. Por ese trabajo ganábamos de siete a 20 pesos por surco. Dependía de la “cargazón” de hierba».

Entre las satisfacciones, según este joven, está haberle salvado un campo de malanga a un campesino de apellido Fabré, quien ya había dado por perdido ese cultivo, porque la maleza lo había cubierto totalmente.

Quién es quién

Esto no puede ser como la Fiesta de San Juan, donde la gente se junta y departe sin distingos de clases sociales, pero al otro día el sol anuncia que llegó el final, y cada cual se va a lo suyo sin pensar en sus compañeros.

Lo digo porque Lianet Mendoza dice que extrañará a sus compañeros, con los cuales vivió momentos que la cotidianidad no podrá estropear. «Estuve los 30 días y nunca le di “curva” al trabajo. También me divertí como el que más, porque la juventud tiene que ser alegre y profunda, como el Che decía».

Alguien nos interrumpe y añade: «Si hay que mencionar un vanguardia, nadie le quita el mérito a Daniel Zumaquero. Trabajó hasta sientiéndose mal y el día de su cumpleaños».

Amado cambió para bien, reflexiona otro estudiante. «Antes era tímido. No sabíamos ni el tono de su voz. Va a ser más feliz después de esta etapa, en la cual convivimos como una familia».

Alguien recalca que Juan Carlos Pagés les puso nombretes a todos, pero su compañía era como un imán para las carcajadas. Pregunto cómo es ese joven en el aula, porque me llama la atención su irreverencia: «Ni una sola revalorización y mucho menos mundial», responde el mismo Juan Carlos.

Tal vez quienes más tensos estuvieron fueron los jóvenes profesores que estaban frente al campamento. Para ellos ser consecuentes con el discurso de Raúl, en el que nos conmina a no gastar más de lo que producimos, fue una verdadera batalla.

«Hicieron más de 13 000 pesos en un mes. Cerca de nueve pesos diarios por hombre vinculado al campo», precisa Jorge Torres.

Ariel Zaragozín, otro profesor que compartió esta experiencia, asegura haberla pasado muy bien junto a esos muchachos, que serán alumnos suyos en cuarto año de la carrera, cuando reciban la asignatura de Laboratorio de Redes.

«Conocernos en estas circunstancias tiene un valor especial. Los puede definir mejor individual y colectivamente. Aprendí con ellos».

Como un deber moral cataloga convocarlos al campo. «Pero con condiciones aceptables de vida. No se les puede pedir venir a pasar trabajo. Esto no es un lugar de lujo, pero deben alimentarse adecuadamente para que puedan rendir y aportar a la economía.

«Lo bueno de esta etapa es que en la contabilidad participamos todos. Estos muchachos saben sacar cuentas. Y lo hacen muy bien», define Ariel Zaragozín.

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