En Copenhague no hubo acuerdo, solo «se tomó nota»

Afirmó el canciller cubano, Bruno Rodríguez, quien refirió la maniobra de los países ricos para hacer adoptar en la capital danesa un texto vacío y suicida para el futuro del planeta

Autor:

Luis Luque Álvarez

De la Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático, celebrada en Copenhague en días pasados, no emanó acuerdo alguno, ni se adquirió un compromiso, vinculante o no, de naturaleza política o de Derecho Internacional, sino que solo se escenificó una componenda engañosa, a espaldas de la Conferencia, por parte de los Estados Unidos de Barack Obama, con el apoyo del gobierno británico, denunció el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla, en conferencia de prensa efectuada ayer en La Habana.

El jefe de la diplomacia de la Isla descalificó la acusación del primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown, de que «un puñado de países» —en referencia a Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia— había tomado como «rehén» la negociación sobre el clima en la capital danesa, toda vez que el documento final, el mentado «Acuerdo de Copenhague», no pasa de ser un papel cocinado y presentado ante una veintena de países, a espaldas de la gran mayoría de las naciones, y que no fija metas de reducción de gases contaminantes para los principales emisores, mientras pretende descargar la responsabilidad económica en los no culpables.

Según explicó, el documento final trató de hacerse pasar como el «acuerdo de las partes», pero fue solo arreglado entre esa veintena de Estados, en la sala principal, mientras se mantenían engañosamente allí las banderas y escaños de todas las naciones participantes en la Conferencia —«a Cuba nadie le preguntó si quería tener escaño en esa farsa, y cuando llegamos allí, estaba el nombre»—, y el logotipo del evento. Un formato inventado, concebido para confundir a la opinión pública mundial.

Rodríguez Parrilla ilustró en tal sentido la maniobra de los ricos, encabezados por EE.UU., para ir transformando el documento hasta lo que quedó finalmente. Primeramente, un borrador  inicial hablaba de reducir «en un 50 por ciento las emisiones respecto a 1990, lo que ya de por sí es una broma macabra, si se sabe que debería ser al menos en un 80 por ciento». Pero incluso esa expresión desaparece de una versión posterior. En el «Acuerdo», se habla solo de limitar a dos grados el ascenso de la temperatura mundial, pero no se fijan metas vinculantes de reducción. «Es gravísimo», apuntó el ministro.

Sin embargo, el presidente Obama, en una conferencia de prensa a las 10:30 p.m. del 18 de diciembre, en una sala pequeña, a espaldas de la mayoría de los periodistas que permanecían en las salas habilitadas para ello, dijo que «las mayores economías hemos venido a aceptar responsabilidades», con lo que descargó el financiamiento debido a los países del Sur sobre China, Brasil, India y Sudáfrica. «Fue un atraco contra ellos», añadió Rodríguez Parrilla.

Asimismo, el presidente norteamericano habló de un objetivo «ambicioso» de reducción de emisiones por parte de su país, cuando en realidad, lo que proyecta es recortar dichas emisiones en un 17 por ciento para 2020, pero no respecto a los niveles de 1990, sino a los 2005. Ello significa solo un ridículo tres por ciento respecto a 1990.

En cuanto al financiamiento a los subdesarrollados, Obama anunció «generosamente» un fondo de 10 000 millones de dólares anuales hasta 2012, y dijo que EE.UU. se implicará en la movilización de 100 000 millones de dólares hasta 2020 para estos fines. «No dice quién pondrá el dinero, sino que habla de un esfuerzo global», acotó el canciller cubano.

De igual modo, el inquilino de la Casa Blanca dijo que había tres componentes en el «Acuerdo»: transparencia, mitigación y financiamiento. «¿Transparencia qué cosa es? —se preguntó el canciller—. Es el intento de humillar a países como China, con un mecanismo injerencista para certificar y evaluar su conducta, cuando el primer delincuente internacional en materia de emisión de carbono y cambio climático es supuestamente el fiscal, el juez en que se pretende erigir el gobierno norteamericano».

Rodríguez Parrilla subrayó el papel positivo del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, quien hizo un esfuerzo de cara a lograr un acuerdo, y se reunió con los países del ALBA. Se le expresó flexibilidad, disposición a continuar las negociaciones, a discutir formulaciones mínimas, aun a partir del documento espurio. De la reunión salió un acuerdo, y cuando el Primer Ministro danés fue a adoptarlo, se interpuso la delegación británica (que dijo a los subdesarrollados que si no aprobaban el borrador de los ricos, no tendrían acceso a los 30 000 millones de dólares), junto con otras europeas, y lo frustraron.

De ahí en adelante, el gobernante anfitrión trató de imponer una solución vergonzosa, al querer entender que casi nadie estaba «en contra» del acuerdo del selecto grupo de 27 países encabezados por EE.UU., y por tanto, pretender adoptarlo y poner a pie de página los nombres de los que no estaban a favor, lo que suscitó la protesta de Cuba y de otras delegaciones.

El titular cubano de Exteriores apuntó, además, que el «Acuerdo», que no se podía aceptar no solo por ser espurio, sino por suicida, por ser el acta de defunción del Protocolo de Kyoto, aparece entonces con la fórmula de que la Conferencia de las Partes «toma nota del Acuerdo de Copenhague 2009». Pero «tomar nota» quiere decir —explicó— darse por enterado; no significa anuencia, ni apoyo, ni bienvenida, ni que tenga efecto jurídico. Además, está escrito que «los países han acordado el Acuerdo de Copenhague», y aparece un pequeño paréntesis con la frase «listado de las partes», en el que quedará para la historia el nombre de los 27 países que participaron en el proceso de adopción. «Lo único que pasó en la Cumbre de Copenhague fue enterarse de que esos 27 países dijeron tal cosa», señaló.

Poco después de dado a conocer el texto, cuando ya se había marchado el Canciller cubano, y bajo la presidencia de una pequeña isla del Pacífico, se reabrió el documento —cosa insólita—, y se pretendió incorporar una decisión de la Conferencia de las Partes, una fórmula que permitiera tomar adhesión al documento, porque los norteamericanos se dieron cuenta de lo precario de la posición de anunciar que el Acuerdo de Copenhague fue adoptado por una veintena de países. Entonces intentaron cambiar el pasado y abrir el texto a la firma de otros, para decir tres días después que «182 países lo firmaron».

Así terminó —refirió Rodríguez Parrilla— una farsa antidemocrática, excluyente, arbitraria, caracterizada por la prohibición de acceso a las organizaciones no gubernamentales, y por una brutal represión contra más de 100 000 manifestantes, con más de mil detenidos, sin que la prensa europea haya publicado cuántos heridos se produjeron allí.

Posteriormente, a la pregunta de un corresponsal de AP sobre si Cuba tenía voluntad para alcanzar un acuerdo en Copenhague, el canciller dijo que nuestro país tiene una ejecutoria ejemplar en la prevención del cambio climático y en la mitigación de sus efectos, y que muestra resultados sobresalientes en el rediseño de su sistema de generación y distribución energética, con la búsqueda de fuentes y líneas de transmisión de energía más eficaces, con la distribución de decenas de millones de efectos electrodomésticos ahorradores de electricidad, con un programa ambicioso de sustitución de bombillos ineficientes por otros ahorradores, entre otras medidas, que han evitado la emisión de cientos de millones de toneladas de CO2 en los últimos tres años; un programa exitoso, que Cuba ha puesto en función de otros países en desarrollo.

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