La danza de la vida

La música puede hacer el milagro de devolvernos a la existencia. Lo atestigua la historia de la joven angolana Naly Lisboa Filipe. Como ella, jóvenes de otras naciones salieron de las penumbras por el tratamiento profesional que recibieron en el Centro Médico Psicopedagógico La Castellana

Autor:

Margarita Barrios

«Me gusta mucho bailar», dice Naly con una sonrisa y los ojos encendidos por la dicha. Con su precioso traje y sus múltiples collares acaba de interpretar una samba brasileña, con todos los rigores de sus complicados pasos y con una agilidad envidiable.

«La canción se llama ¡Ay minina! Mi mamá me mandó la música y también el vestido. ¿Está bonito?», me pregunta mientras se da vuelta para que lo vea bien.

—Sí, muy bonito. ¿Te gusta mucho la música?

—La vida es bailar.

—¿Cómo te sientes en Cuba?

—Muy bien. Yo trabajo haciendo muñequitos.

—¿Y cuándo regresas a Angola?

—Allá voy de vacaciones nada más. Mi mamá y mi papá están bien. Me llamaron y hablé con ellos.

El breve diálogo con la joven angolana de 25 años Naly Lisboa Filipe tuvo lugar en el Centro Médico Psicopedagógico La Castellana, donde recibe atención desde hace cuatro años, por deseos de su familia, y a través del Centro de Referencia Latinoamericano para la Educación Especial (CELAE).

Anteriormente, y mediante la misma organización internacional, estuvieron en la institución jóvenes de Italia, Puerto Rico, El Salvador y México, los cuales tuvieron la posibilidad de recibir la misma atención que los cubanos.

La historia de Naly es impactante. «Su familia se acercó en busca de ayuda social y psicopedagógica. El CELAE diagnosticó que tenía una discapacidad intelectual moderada, y los padres estuvieron de acuerdo en enviarla a Cuba, donde tiene una prima que estudia Licenciatura en Tecnología de la Salud».

Marcia recuerda entonces los primeros días de Naly en La Castellana: «La comunicación fue muy difícil. No conocía el español, y era otro país, otro clima y otras costumbres; estaba lejos de la familia, y tenía una afectación psicológica grande por el evento traumático sufrido.

«Un equipo multidisciplinario ha hecho un trabajo continuo, y se ha logrado que adquiera cierta independencia, así como que sostenga buena relación con sus compañeros.

«Sus padres mantienen una buena comunicación y vienen a Cuba todos los años. Eso es también muy importante».

La subdirectora de La Castellana, Marisleydis Perdomo, precisó que al principio Naly se mantenía alejada, ausente, indiferente al afecto: «Poco a poco fuimos logrando que aceptara la ayuda, el cariño, y lo conseguimos a través de la música.

«Ella tiene un oído musical muy bueno, y habilidades naturales para el baile. La profesora de danza comenzó a trabajar con ella, la incorporó a su grupo y montaron varias coreografías. Así mejoraron sus relaciones con las otras compañeritas.

«Naly dijo que quería bailar música brasileña y africana. Le pedimos a la mamá que le enviara las grabaciones y el vestuario, y ya ven, lo hace con muchos deseos y maestría».

La joven también practica deportes, y participó en las competencias de atletismo de las olimpiadas especiales. Ahora habla portugués y español; ha adquirido habilidades motrices y labora en el taller de artesanía de las áreas de trabajo protegido.

«Su desarrollo ha ido en ascenso, y ha encontrado pareja aquí en el centro: un joven con una discapacidad ligera.

Por sus avances hemos variado el criterio diagnóstico. Ella impresionaba con una discapacidad intelectual moderada y para nada; es ligera.

«Naly es otra víctima de la subculturalización a la cual son sometidos en muchos países las personas con retraso mental u otra limitación intelectual o física».

Plena inserción sociolaboral

En La Castellana se atienden hoy 330 personas, que van desde los siete hasta los 18 años de edad, momento en el que pueden pasar a un área de trabajo de la propia institución.

«Tenemos un servicio docente con siete niveles de enseñanza —explicó Marisleydis—, y las brigadas prelaborales. En ese programa están hasta los 18 años, para alcanzar autonomía y desarrollar habilidades motrices e intelectuales, que les permiten aprender una labor, que no requiera de mucha demanda intelectual».

—¿El centro tiene régimen interno?

—Solo 110 son internos, porque son huérfanos o tienen una situación social crítica. Preferimos que vayan diariamente a sus hogares, pues desde el punto de vista afectivo el cariño de la familia es imprescindible.

«Algunos pueden viajar solos; otros vienen acompañados por sus familiares. Uno de los objetivos de nuestro trabajo es que puedan hacer sus llamadas, sus compras y usar el transporte público».

—¿Cómo se desarrolla el proceso docente-educativo?

—La institución cuenta con un equipo multidisciplinario que ofrece atención social, psicopedagógica, médica, estomatológica, logopedia y rehabilitación física. Además tiene un claustro de profesores licenciados en Educación Especial, Cultura Física, Música y Artes Escénicas y Plástica.

«Se desarrollan diez programas encaminados a desarrollar cinco esferas fundamentales de la vida: capacitación para el trabajo, comunicación, relaciones sociales, autoservicio, educación sexual y orientación en el entorno, referida a objetos y fenómenos de la naturaleza y la sociedad.

«En estos momentos tenemos tres modalidades: producción artesanal, agrícola y servicios generales.

«En esas áreas tienen un tutor, laboran cinco horas al día y reciben capacitación en su puesto de trabajo. Según sus destrezas, combinadas con sus preferencias, vamos de-

sarrollando hábitos, habilidades y conciencia de trabajo, que les permita incorporarse sin ninguna dificultad al empleo.

«En estos momentos tenemos 13 jóvenes que laboran en la institución, y reciben el mismo tratamiento salarial que cualquier otro empleado. El objetivo máximo de nuestro trabajo es la inclusión sociolaboral de estas personas».

Cobertura total

El Centro Médico Psicopedagógico La Castellana es una institución que se subordina al Ministerio de Salud Pública.

Se funda en 1962 para dar cobertura a la población con discapacidad intelectual en los niveles más graves; es decir, los que no pueden participar de la educación especial, pues su intelecto no alcanza a comprender los programas de estudio que se imparten en esos centros.

El país cuenta con 28 instituciones de este tipo, y la Ciudad de La Habana tiene 13, lo cual permite dar cobertura a la totalidad de los casos.

Aquellos que por su discapacidad o situación familiar no pueden llegar a alguno de estos centros, reciben atención en sus propios hogares, a través de las áreas de salud.

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