Las largas barbas de la libertad

Avanzaban despacio, al paso de la gente que los vitoreaba. Venían con sus collares largos, rudimentarios y una expresión casi mítica en los rostros. Quienes los vieron pasar comprendieron que había llegado la hora de realizar los sueños

Autores:

Odalis Riquenes Cutiño
Hugo García
Luis Raúl Vázquez Muñoz

¡Se fue, se fue...! gritaban su abuela y vecinos, que se habían enterado por radio de la noticia de la huida del tirano. Esa sería la frase que despertaría a la entonces quinceañera Dalia Reyes y a sus hermanos, en la mañana de aquel 1ro. de enero de 1959.

«La gente se tiraba para las calles, desplegaba banderas en los balcones… y aunque había mucha confusión y varias veces escuchamos disparos, el día fue de mucha alegría.

«Recuerdo que mi abuela, con la cara radiante, repetía una y otra vez: “ahora sí se van a acabar los abusos, los asesinatos de jóvenes”…

«Como a las 10:30 de la noche llegaron los rebeldes. En casa ya nos habíamos acostado, pero nos levantamos corriendo. Venían desde El Escandel, por la carretera de El Caney y subieron por Garzón, sonrientes, en sus camiones, con sus armas, sus uniformes, collares…

«Mi vecina Melbis, mis hermanos y yo salimos corriendo detrás de la caravana. Queríamos tocarlos, les pedíamos una balita, cualquier recuerdo. Fue entonces cuando me di cuenta, que con el corre-corre había salido de la casa en bata de dormir… y así anduve por varias cuadras».

Barbudos en el Moncada

Aunque se ha escrito bastante en los libros de historia cómo fue que las tropas del Movimiento 26 de Julio entraron a Santiago de Cuba en enero de 1959 y ocuparon el Moncada, algunos, como la reconocida abogada santiaguera Pilar Seisdedos, tuvieron la oportunidad de ser testigos excepcionales de aquel hecho.

«Avanzaban despacio, al paso de la gente que los vitoreaba. Venían con sus collares largos, rudimentarios y una expresión casi mítica en los rostros. Quienes los vimos pasar pudimos comprender que había llegado la hora de realizar nuestros sueños», asegura quien entonces era una joven de 30 años, y lo vio todo desde la privilegiada posición de su casa en la calle D, del reparto Sueños.

No faltaron los que, como Juana Reyes, «perdieron las piernas» entre el portal y la cocina de su casa, repartiendo agua entre las fuerzas rebeldes que se habían acomodado en el parque de enfrente en espera de órdenes.

Pero a otros, como a Alberto Campos Miguel, la memoria le trae los recuerdos de su peregrinar entre edificios, armas y emociones nuevas.

Como parte del grupo de combatientes clandestinos que, cumpliendo órdenes de Fidel, tenían la misión de tomar posiciones enemigas, controlar y evitar desórdenes en la urbe, de cara a la batalla final, Campos Miguel iba y venía entre la antigua Colonia Española, convertida entonces en cuartel general de las Milicias del 26 de Julio, y las azoteas de los edificios de La Catedral, el hotel Casa Granda, los colegios Lassalle y Dolores, entre otros.

«Ese día el ejército y la policía habían desaparecido de la ciudad. Muchos rebeldes habían entrado ya y otros se reunían en las cercanías. Los presos del Moncada habían sido liberados.

Se les atragantó El Trago

«Yo era un guajirito medio analfabeto y trabajaba como dependiente de un bar-bodega en la calle de San Carlos, de la barriada de Pueblo Nuevo, en la ciudad de Matanzas.

«Allí iban muchos militares batistianos como Juan Salas Cañizares, el jefe de la policía, un asesino luego ajusticiado. En la bodega la gente pagaba lo que le habían fiado y se volvían a quedar sin nada. El mundo existía y uno no lo conocía».

Manuel Hernández Valdés, incluido en la década de 1980-1990 entre los cien caricaturistas más importantes del mundo y galardonado con el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida, rememora que aquel día hubo una explosión de personas en las calles.

«No sabíamos qué pasaba, pero lo sentíamos como algo de nosotros. Todavía éramos ignorantes de lo que significaría el triunfo de la Revolución. Muchos especulaban que sería otro quítate tú, para ponerme yo. A mucha gente humilde le daba la impresión de lucha de grupos políticos, desconocedores de ideales, Patria, había mucha politiquería», reflexiona el también Premio Esopo de Oro, la más alta distinción internacional del humor gráfico.

«Ese 1ro. de Enero vi muchas cosas. Cuando le dieron la libertad a los presos de la Cárcel de Matanzas en horas de la mañana, o en la tarde que se aglomeró una multitud en la jefatura de policía recogiendo en un camión armas y otras cosas.

«Fue una fiesta colectiva. Todos se sintieron como si hubiesen vuelto a nacer. Lo sentíamos como una felicidad absoluta. Sin embargo, apenas empezaba la lucha».

José Núñez Solís, profesor con 55 años en el sector educacional y ya con 75 de edad, no se le olvida una mujer sucia, harapienta, con dos niños pequeños, que iba todos los días casa por casa con una lata pidiendo comida.

«Mi familia era humilde, mi madre era doméstica, en las casas de gente pudiente servía como cocinera o limpiaba pisos. Nos crió con mucho sacrificio, pues ganaba una basura.

«El 31 de diciembre no fuimos a ningún lugar, las cosas no estaban como para salir a la calle. Nos acostamos temprano y casi amaneciendo sentí mucha gritería. Al salir a la calle todo el mundo estaba gritando ¡El hombre se fue!; ¡El hombre se fue! Había una alegría enorme, un ambiente de indescriptible alegría en el pueblo».

Faustino Gómez Brunet recuerda ese día como de un alboroto muy grande. «Las mujeres lloraban, los hombres brincaban y muchos fueron corriendo a los centros de detención a liberar a los detenidos. Fue una puerta que se abrió de pronto».

31 de cementerio, primero de fiesta

«¿Quién quería a Batista? Por eso nadie hizo fiesta ni comida el 31 de diciembre de 1958. Oigan, miren que han pasado los años. Yo era una jovencita y ahora soy una vieja… pero sí me acuerdo», asegura Cleofé Sánchez Rodríguez.

«Aquí teníamos escondido a un muchacho. Se llamaba Guillermito Jiménez y había llegado con un grupo de La Habana que se escondió en la finca de San Clemente, que era de la familia. Allí también estaba mi cuñado Gustavo Cruz Ramírez, que era de los jefes del Directorio Revolucionario en Ciego de Ávila.

«Por acá casi todos los días había una reunión clandestina. La gente entraba por la puerta principal, la de mis padres, y salían por las del fondo que pegaban a las casas de mis hermanas. Luego por la tarde nos poníamos a escuchar Radio Rebelde.

«Todo el mundo sentía que la guerra se estaba acabando; pero había una tensión grande y las personas caminaban apuradas. Por cualquier cosa la policía daba palos. En aquella Navidad, las cosas que se comentaban eran que fulanito apareció muerto por tal lado o que en otra parte le entraron a tiros a mengano. Por eso aquel fin de año no era de fiesta. Más bien parecía un funeral y con esa cosa por dentro nos acostamos.

«¿Quién decía que Batista iba a irse? Ni a un loco se le ocurría eso. Por eso nos dio como un corrientazo cuando escuchamos la noticia por la radio. Todas nosotras, mi mamá y mis hermanas, nos quedamos mirándonos. Los locutores repetían la información y nosotras hechas unas bobas.

«En medio de eso oímos que tocaban fuerte las puertas del vecindario. No atinábamos a hacer nada. De nuevo en la radio dijeron: “El presidente Batista abandonó el país en las primeras horas de este día, 1ro. de Enero”. Y afuera, en el portal, alguien gritó: “Batista se fue, Batista se fue”».

¡Batista se fue!

«“Hoy mismo se van para casa de tu primo”, nos dijo aquel 31 Eusebio, mi padre», recuerda Lucía Dorta Venegas. «Vivíamos a media cuadra del cuartel de la Guardia Rural y el comentario de todos, incluso de los soldados, es que los rebeldes iban a atacar. La casa era de tabloncillos y papá temió que las balas se metieran dentro. Él era el único que se quedaría.

«Ese fin de año nadie festejó el 31. Me acuerdo que las calles estaban vacías y las casas bien trancadas. El Cuartel de la Guardia Rural se veía repleto de soldados. Era un enjambre de guardias en el portal y en la calle, y sin embargo el reparto Vista Alegre parecía muerto. Esa fue la última sensación que percibí al salir para la finca de los primos de mamá, hacia la vuelta de Pitajones, buscando el poblado de Sanguily.

«El día Primero los mayores estaban sentados en la cocina, alrededor de un radio que funcionaba con unas pilas inmensas. No sé si era la CMQ o Radio Progreso. Lo que sí recuerdo es que primero se oyó que Batista había salido para el aeropuerto con muchas maletas. Y luego el notición: “Batista se fue”.

«Mi madre enseguida se levantó y dijo: “Ahora mismo volvemos”. Todo fue distinto. Ciego de Ávila parecía otro pueblo.

«El 31 yo había salido de un pueblo que parecía un funeral, y sin embargo el 1ro. de Enero estaba entrando a otro que vivía una fiesta inmensa».

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