Ángel Augier, el poeta de Uno

Reflexiones exclusivas para Juventud Rebelde que dio, a principios de septiembre de 2003, el Premio Nacional de Literatura de 1991, Ángel Augier, fallecido en la noche de este miércoles, a los 99 años

Autor:

Luis Hernández Serrano

«Este poeta, cuyos versos leeréis enseguida, es respetable. Apenas cuenta 20 años de edad y es, por esa causa, más respetado todavía. Se sabe embrión de gran poeta y no quiere dejar perder el respeto a su segura jerarquía (…) su actitud jamás carece de elegancia. Como tiene el pudor de su nobleza, la hace artística».

He aquí parte del prólogo que el célebre poeta cubano Agustín Acosta redactó para el primer libro de Ángel Augier, publicado en 1932 en Manzanillo por la Editorial Orto y cuyo título fue toda una revelación: Uno.

En aquel prólogo Agustín Acosta añadía: «Tal vez su verso recuerde otro verso: es tan joven, ¿pudiera alguien asegurar que este poeta no ha sufrido los mismos dolores que Amado Nervo? Nació Ángel I. Augier en esta época de vanguardia, y no quiere que se le diga poeta de ayer. Ignora todavía que el poeta no tiene tiempo. Es de siempre, o no lo es (…)».

Sugirió Acosta entonces leer el poema Insomnio, en el que Augier expresaba: «En la noche rotunda / solo el reloj y yo estamos despiertos, / turbando inconscientemente la algarabía / enorme del silencio». Y así comenta los cuatro versos: «Eso es dar al reloj un alma y tenerla por compañera. O maquinarse como un reloj y como él turbar el silencio. Un acierto de todos modos. Oíd la algarabía enorme del silencio. Eso es, efectivamente, el silencio, una algarabía… interior. Ángel Augier profesa al reloj un cariño fraterno. ¿Por qué? Por muchas cosas, pero sobre todo: “Porque ambos perdíamos el tiempo”».

—¿Y esa letra I de su nombre?

—Es de Ibrahim. Ya ni lo menciono ni lo escribo. Eso fue al principio.

—Entonces, hábleme de su primer libro.

—Fue de poesía, con el título de Uno, publicado por la editora de la revista Orto, dirigida por Juan López Sariol en Manzanillo. Contenía poemas de todas las clases, con 121 páginas, dedicado al poeta Lino Horritiner y prologado por Agustín Acosta en 1931, en Jagüey Grande.

—¿Cómo lo hizo?

—Yo empecé a trabajar muy joven en el batey del ingenio azucarero donde el primer día del último mes del año 1910 nací: el Santa Lucía, hoy Rafael Freyre, en Gibara, Holguín. Publicar aquel texto no fue fácil. Yo comencé a trabajar en las oficinas del central, como office boy, con 13 años y lo que ganaba no me permitía editar un libro.

—Entonces…

—Conocía al presidente del recién fundado Banco Núñez, Carlos Núñez, un colono cañero de allá, amable y accesible y le pedí un préstamo para editarlo. Él prestaba a los demás colonos. Me convertí en un colono de mi primera poesía seria.

—¿Usted fue la primera persona que le pidió dinero para un libro?

—Sí, seguro, pero eso le gustó, le resultó simpática mi idea y no me cobró ningún interés. Aceptó que yo le pagara cinco pesos mensuales. Eran cerca de cien pesos la edición aquella. Ese Banco después se expandió y se volvió nacional.

—¿Por qué el título de Uno para su libro?

—No solo por ser el primero. Tenía un sentido algo filosófico. Uno como índice de principio, término de la nada y comienzo de algo. Los seis primeros versos del poema que da nombre al texto son estos: «Límite de principio; / término de la nada / y comienzo de algo. / Iniciación de gérmenes / pródigos de infinito, / gestación de potencias / de ignorados efectos / en la extensión sin límites /».

—¿Herencia de quién sus poemas?

—De mi padre, Francisco Augier Teruel, heredé el carácter, en el fondo tierno, pero duro, muy preocupado por la educación de sus hijos. Era holguinero y jefe de centrífugas del ingenio. Mi madre, Carlota Proenza Batista, era una lectora acuciosa, quizá por ahí venga mi herencia poética.

«Yo fui el cuarto hijo de diez hermanos: seis varones y cuatro hembras. Ninguno se dedicó a la literatura. No tengo tradición literaria ni artística en la familia».

—¿Estudios?

—Llegué solo al sexto grado. Todo quedó a cargo mío. Había que ir a Holguín, al Instituto. Soy autodidacta. Desde muchacho tuve gran curiosidad, porque para mí descubrir la lectura fue algo como mágico. Sobre todo descubrir la letra de molde. Yo leía en un periódico hasta los anuncios, hasta el pie de imprenta. Para mí la letra de molde era un secreto descubierto que hizo un gran efecto en mí, como si descubriera algo maravilloso. Estudié años más tarde.

«Recuerdo que de niño me leía hasta los programas del cine. Me convertí pronto en corresponsal de periódicos de La Habana como El País. Mandaba las notas escritas por correo. Y esos periódicos me pidieron que fuera su agente. Yo les llevaba los ejemplares a los suscriptores y eso me proporcionaba alguna remuneración económica. Por eso fui agente y corresponsal».

—¿El primer poema?

—Fue un soneto patriótico publicado en el periódico El Triunfo, de Gibara.

—¿Martiano?

—Eso fue posteriormente. Mi afán de lectura, desde luego, no se limitó a la prensa, sino a los libros. En 1925 hubo huelga obrera en el central. Fue un movimiento amplio en Oriente y Camagüey, al inicio del régimen machadista. El dictador Machado acabó brutalmente con esas protestas.

«A un señor se le ocurrió tener una biblioteca pequeña en el batey, y entre sus ejemplares tuve la suerte de hallar los seis tomos de Martí hechos por el argentino Alberto Giraldo en España. En un lugar como aquel batey conseguir eso fue algo muy grande, con la obra del Maestro».

—¿Revelación?

—Exacto. Una revelación formidable. Mi primer choque con la realidad política de la dictadura de Gerardo Machado a la luz de lo que el Apóstol había escrito sobre Cuba. Pude de momento darme cuenta de la burla que había sido ese régimen para la República.

«Justamente fui corresponsal de un periódico contra Machado: El Cubano Libre, de La Habana. Fue el primer periódico que me enfrentó al tirano».

—¿Después de aquel soneto escribió más poemas?

—Sí, pero fue una etapa en que es mejor olvidar lo que escribía, por su pobre calidad. Quiero decirles que a partir de 1927, en 1928 y en 1929, comienza en Cuba a divulgarse la teoría literaria del Vanguardismo, una  reacción contra los diez años de guerra. Yo también fui seducido por esa corriente poética.

—¿Poetas que lo influyeron?

—No sé.

—¿Poeta preferido?

—Ninguno.

—¿El segundo libro?

—En 1941, de versos de amor. Me había casado en 1939 y este libro recoge poemas a mi esposa Corina Calderón. Viene a ser un epitalamio dedicado a ella. Tuvo también bastante resonancia; lo publiqué en La Habana. No había editorial en el país y tuve que pagarlo también.

—¿Cuándo vino para La Habana?

—Llegué en 1933. Era miembro del Partido Socialista Popular y tenía como seudónimo el nombre de un personaje de novela rusa: Sacha Yegulev. También lo tuvo mi hermano Raúl que fue comunista primero y vino a la capital antes que yo.

—¿Obra entre manos?

—Muchas. Por ejemplo, la recopilación de las cartas de José María Heredias, cuyo bicentenario será a fines de este año. Estoy clasificando las cartas. Y llevará prólogo mío.

—¿Cómo las consiguió?

—Una investigación en los archivos. Es un texto importante, porque se puede seguir ahí tanto el pensamiento como la vida de Heredia, que no fue solo un gran poeta, sino también un gran revolucionario.

—¿Título?

Epistolario de José María Heredia. Debo decir que para mí el periodismo ha sido también una actividad de gran alegría y entusiasmo. He sentido un placer en eso. Creo que el verdadero periodista no lo hace por obligación, sino por amar el oficio.

—Su poesía, ¿inspiración o dedicación?

—Ambas cosas. La inspiración lo motiva a uno, pero tienes que estudiar la técnica.

—¿Libro preferido?

—No lo tengo.

—Si le dicen que queme su obra y deje un texto…

—No tengo espíritu incendiario. Además, uno ama toda su obra. Cada una es parte del todo.

—Contento de tener 92 años rumbo a 93…

—¡Cómo no! Y de tener aún el dominio de la personalidad y de la expresión. Alegre por respirar, comer, crear y pensar.

—¿El último libro?

—Iba a ser Poesía de la Ciudad de La Habana, de Ediciones Boloña, publicado por el Historiador de la capital cubana en 2001, pero es Saltarín Cantarín, para niños, con 14 ilustraciones de mi hijo Angelito y su portada. De Gente Nueva, publicado en la reciente Feria del Libro.

—¿Y su mejor texto?

La Isla en el tacto, de 1965, donde está mi expresión poética más lograda y el tema de nuestra cubanía.

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