Descubren enterramientos de esclavos en el Valle de los Ingenios

Como devueltos por la muerte aparecen estos restos en las cercanías de Trinidad, Ciudad Museo del Mar Caribe

Autor:

Miguel Ángel Valdés Lizano

TRINIDAD, Sancti Spíritus.— El Valle de los Ingenios, en las cercanías de esta Ciudad Museo del Mar Caribe, despierta en cada sendero los misterios de siglos empapados por las leyendas de rancheadores y el orgullo de una aristocracia que alcanzó la posteridad con el látigo como aliado.

Por esos trillos abonados de historia fue hallado el primer enterramiento de esclavos perteneciente al antiguo Ingenio Güinía de Soto. Como denuncia a la barbarie de la espada y la cruz en estas tierras, tras el derribo de un árbol aparecieron recientemente cinco cadáveres en sorprendente estado de conservación.

Pómulos elevados, buenas dentaduras, narices anchas, huesos resistentes; los especialistas confirman en los cuerpos la similitud con los rasgos de aquellos hombres traídos a Cuba como esclavos.

Al parecer impulsada por los lamentos de otros tiempos, la noticia sobre el descubrimiento se expandió gracias a la prensa local y a los rumores de los trinitarios.

No pocos fabulan que tan casual acontecimiento pudiera relacionarse con la maldición, prolongada a través del tiempo, de algún taita que invocaba a sus deidades negras mientras sufría el exterminio de los nietos más queridos, frente a la crueldad del cepo o de cada simple jornada, en las cercanías del palacete del hacendado Justo Germán Cantero, a 30 metros de donde se encontraron los restos.

Ni los mismos orishas pudieran precisar cuántos nichos anónimos minaron el Valle, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, época de estos enterramientos, en coincidencia con el esplendor de la industria azucarera, esa que pintó a Trinidad de arcadas y calesas, mientras ensombrecía el existir de las dotaciones, compuestas hasta por más de 200 esclavos.

Después de las investigaciones, los cadáveres y sus espíritus lograron descanso en el cementerio de la tercera villa cubana. Han cumplido posiblemente con la mayor misión que les asignara el destino: testimoniar, desde la muerte, el amargo tránsito de sus vidas.

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