Al bandidismo lo venció el pueblo

Un episodio poco conocido de la historia holguinera es el de los actos terroristas perpetrados por casi una decena de bandas de alzados que operaron en zonas montañosas y del llano de la parte norte oriental

Autores:

Héctor Carballo Hechavarría
Sergio Ramírez Ávila

HOLGUÍN.— El bandidismo armado no fue un recurso aislado dentro de la actividad subversiva de los servicios de inteligencia de Estados Unidos contra Cuba, sino una política trazada por el gobierno de aquel país en el intento de hacer naufragar la Revolución de obreros, campesinos y estudiantes, triunfante en enero de 1959.

Sus antecedentes datan del mismo instante en que criminales, torturadores y esbirros de la dictadura batistiana huyeron hacia zonas aisladas de la nación para evadir la justicia.

Aunque la historia de tales hechos es más conocida por las atrocidades cometidas por las bandas de alzados en regiones montañosas del país como el Escambray (y en particular las áreas pertenecientes a Sancti Spíritus), el actual territorio de esta provincia no estuvo exento de tales sucesos.

Las fechorías cometidas por integrantes de siete bandas organizadas, junto a otros cinco alzamientos aislados, fueron enfrentadas por el pueblo uniformado tanto en el llano como en áreas montañosas de esta región norte de la zona oriental.

El asesinato de tres valiosos revolucionarios holguineros, un considerable número de sabotajes a instalaciones económicas y sociales, así como atropellos contra la población, fue el saldo de la violencia desatada por estas hordas, cuyas acciones desestabilizadoras resultaron estimuladas por organizaciones contrarrevolucionarias y desde territorio de la ilegal base naval yanqui en Guantánamo.

La lucha librada contra el bandidismo costó además la caída en combate de varios milicianos y otros combatientes de la Seguridad del Estado, como José Martí Medina González y Francisco Rodríguez Marrero.

Combates en la memoria

«Esta es una página que nuestros hijos no pueden desconocer, aunque sea bien cruda, porque sus víctimas todavía viven entre nosotros. Esa es una forma para que no vuelva a abrirse jamás», afirma en la sala de su casa y con los ojos prendidos en su pequeño nieto, el mayor en la reserva José Francisco Díaz Jorganes.

El octogenario combatiente del Segundo Frente Oriental Frank País y fundador de los Órganos de la Seguridad del Estado tuvo una participación directa en las operaciones de búsqueda y captura de los integrantes de al menos dos de esas bandas.

Díaz Jorganes prestaba servicios en Baracoa cuando desde la ciudad de Santiago de Cuba le encomendaron la misión de neutralizar la cuadrilla dirigida por Cuberto Guerra, la cual actuaba en las inmediaciones de los territorios que actualmente abarcan las provincias de Las Tunas y Holguín.

El tristemente célebre bandido, acompañado por el campesino Luis Hechavarría y otros cuatro semialzados, fue el ejecutor del asesinato del miliciano tunero Arcanio Díaz Tamayo, el día 3 de abril de 1963.

En horas de la noche, y bajo las órdenes del mismo Cuberto, fueron asaltados en sus viviendas los milicianos Silvio Carmenate, Llano Pupo y Lorenzo Santiesteban.

Horas más tarde, haciéndose pasar por miembros del Ejército Rebelde, llamaron a la puerta de Arcanio, a quien tomaron prisionero en presencia de su esposa e hijos y ultimaron posteriormente en un potrero a casi un kilómetro del lugar.

«A Arcanio lo asesinaron con pleno conocimiento de que era uno de los más comprometidos con la causa revolucionaria en la zona», rememora el mayor Francisco.

«Las tropelías de esos bandoleros se extendieron por varios asentamientos como Guayabo, Las Mantecas y Las Calabazas, localizados hoy en el municipio holguinero de Calixto García. Incursionaron, además, en los barrios rurales de Cruz Alta, Ojo de Agua y Playuela, en territorio de Las Tunas.

«Esta cuadrilla llegó a poseer nueve elementos alzados y fue una de las que más tiempo nos tomó en desactivar. Sus integrantes eran en su mayoría ex miembros del ejército de la tiranía en Santiago de Cuba y Holguín, pero además los había prófugos de la justicia por delitos comunes.

«Posterior a 1963 —continúa diciendo José Francisco—, esa misma pandilla, entonces al mando de Luis Céspedes, adquirió un matiz político a partir de su vínculo con organizaciones contrarrevolucionarias.

«Establecieron relaciones con el llamado Ejército de Liberación Anticomunista, con la mediación del hacendado Pedro Camejo y el ingeniero Julio Bardet. Este último se comprobó que mantenía contactos directos con la CIA desde territorio de la base naval en Guantánamo.

«Desfalcos y la quema de tiendas del pueblo, lecherías, escuelas rurales y plantaciones cañeras, así como sabotajes en despulpadoras de café, maquinaria agrícola y servicios telefónicos y de trasporte, que afectaban directamente a la población, eran acciones con las cuales pretendían llenarse de gloria estos elementos».

Porvenir truncado

«Ese fue uno de los momentos más indignantes que he vivido, porque se trataba de la vida truncada de un joven que hubiese tenido un gran porvenir en esta sociedad», exclama aún con enfado el viejo rebelde.

Las evocaciones que acaloraron el curso de su narración a JR se relacionan esta vez con el homicidio del joven campesino Inocencio Villalba, en las cercanías del asentamiento moense de La Melba.

Este crimen fue el detonante para la aceleración de las operaciones de captura de la banda de Virgilio Claro Basulto, asentada en campamentos localizados en territorio de los actuales municipios montañosos de Frank País, Sagua de Tánamo y Moa.

En busca de una fachada política, este vandálico grupo derivado de las filas de la Comisión Obrera Anticomunista (CONA), actuó en regiones de la provincia de Guantánamo y recibía instrucciones desde la base naval.

Inocencio tenía al morir apenas 18 años de edad. Había nacido en el barrio de Río Frío, en Mayarí Abajo. Se incorporó a las milicias en el año 1960 y un año después organizó la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR) en la zona de La Melba, Moa. Cursó una escuela de milicias en la Sierra Maestra, donde alcanzó los grados de sargento.

El 10 de septiembre de 1962, cuando regresaba desde Boca Seca en una misión relacionada con la conformación de las milicias campesinas en el lugar, cayó herido en una emboscada y hecho prisionero.

Inocencio fue asesinado por el mismo Claro Basulto.

Otra sentida pérdida debida a las organizaciones contrarrevolucionarias en tierra holguinera fue la de Ricardo González Miranda, miembro de una asociación campesina en Palma Cruz, Sagua de Tánamo.

Era un experimentado luchador y reconocido miembro del Partido Socialista Popular (PSP), orientador de las masas campesinas en la zona y colaborador del Ejército Rebelde.

«Su victimario fue Ricardo Oliva Vaillant, quien junto a otros campesinos, como Conrado Asin y el comerciante Agripino Matos, realizaron actos de sabotaje y planificaron su eliminación física. Esta célula actuaba bajo las órdenes de la organización contrarrevolucionaria La Rosa Blanca», recuerda el combatiente.

Es sabido que tras la detención de todos estos elementos se impuso el peso de la justicia revolucionaria, pero acerca de las interioridades de las operaciones que permitieron poner fin a esta convulsa página de nuestra historia común, Díaz Jorganes insiste en que no existen secretos.

«Nuestra fuerza siempre ha estado en el pueblo, en sus principios de justicia. El apoyo de la población, de las organizaciones revolucionarias, como los CDR y la ANAP, fueron determinantes en la derrota del bandidismo armado», concluyó.

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