Del Aconcagua al Turquino por los Cinco

Una expedición que asumió como propia las voces de los cinco luchadores antiterroristas cubanos, fue un sueño que se materializó y puso en lo más alto de Cuba el reclamo de solidaridad ante la injusticia. Cinco testigos del acontecimiento narran sus vivencias para JR

Autores:

Miguel Fernández Martínez
Sailí Domínguez
Dayán García La O
Alain Valdés Sierra
Elaine Díaz Rodríguez

I

Expedicionarios del amor

Subir al Turquino siempre constituye un reto, donde la fatiga pugna en cada minuto con la fuerza de los músculos, y la sed se hace intensa mientras más empinada es la cuesta, en ese andar de casi 20 kilómetros de senderos que parecen interminables.

Llegar al techo de Cuba deviene una meta que eleva y fortalece el espíritu, en esos momentos en que se necesita aferrarse a las ideas, por encima de las calamidades y las injusticias.

Un día de enero llegó la noticia de que Aldo y Alcides Bonavitta, junto a Santiago Vega, oriundos de la provincia argentina de Neuquén, habían escalado el Aconcagua, a 6 962 metros sobre el nivel del mar, para sorprender al mundo desplegando una bandera que rezaba: «Obama, libera ya a los Cinco Héroes cubanos».

La emoción que genera la solidaridad se convirtió en contagio y nació la idea de continuar el gesto, en la altura geográfica más próxima y representativa de nuestra rebeldía. El Turquino imponente, en el corazón de la Sierra Maestra, ofrecía su pico entre nubes para repetir el reclamo de justicia.

Del Aconcagua al Turquino fue mucho más que un proyecto, porque desde el principio fue un sueño que se materializó en dos veintenas de brigadistas que se estrecharon en eterno abrazo.

Seis periodistas y dos fotorreporteros de la Agencia de Información Nacional, sumados a funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, y a estudiantes del Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García, dieron vida a un contingente que temprano se nutrió de amor.

Estaban presentes, además, en la primera fila de la gesta, la saga heroica de los Cinco Héroes injustamente encerrados en las mazmorras del Imperio. Dos hijas, un hermano y un sobrino de Ramón Labañino, junto a la hermana de Fernando González, quienes asumieron como propia las voces de los compatriotas que guardan prisión.

La caravana se abrió paso por las carreteras cubanas, y en cada parada, el abrazo alentador presente. Desde Camagüey comenzaron las muestras de apoyo, hasta llegar a Holguín, que se convirtió en la primera tribuna del trayecto, y en el principal contacto con la historia.

Birán abrió sus puertas a la caravana, y en esa tierra oriental donde Fidel y Raúl vieron por primera vez la luz de la vida, los jóvenes respiraron hidalguía y coraje para reafirmar su propósito.

La provincia de Granma, guerrillera siempre, ofreció sus senderos marcados por la bravura de sus hijos, y los jóvenes brigadistas conocieron al Capitán Descalzo, en Buey Arriba, y sintieron de cerca la invencibilidad moral del Che Guevara en su comandancia de La Otilia.

El Turquino abrazó a la caravana, desde el Alto del Naranjo, pasando por la aguada de Joaquín, hasta llegar a la cumbre, en medio de un mar de nubes que se desplegaron respetuosas, para que los miembros del Buró Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas impusieran en el pecho de los familiares de Ramón, René, Antonio, Fernando y Gerardo, las credenciales que confirman a estos Cinco Héroes, como delegados de Honor al lX Congreso de la juventud cubana.

Pedirle al mundo solidaridad con los antiterroristas presos en cárceles norteamericanas era el objetivo principal de esta marcha, que reclamó que otros jóvenes, en diferentes lugares del orbe, escalen a sus puntos más altos con igual propósito.

II

Yo también quiero subir al turquino...

Desde las primeras horas de la madrugada del pasado 10 de marzo, recorrió la Isla la noticia de la partida de la brigada Del Aconcagua al Turquino, que escalaría la cima de Cuba para reclamar la liberación de los Cinco cubanos antiterroristas presos injustamente en Estados Unidos.

¿Quién nos sigue? Fue una de las primeras invitaciones de los miembros del grupo, y hasta en Vietnam encontramos seguidores, como el colega Charly Morales, quien a viva voz clamaba «¡Yo quiero ir!».

El viaje de la caravana se robó la atención de muchos que añoraron sumarse y siguieron el rastro mediante las noticias, las llamadas telefónicas y los mensajes de aliento enviados desde Finlandia, Venezuela, Argentina y otras naciones del mundo.

Tampoco se hizo esperar el calor del pueblo cubano personificado en aquella joven administradora de un mercadito en la oriental ciudad de Bayamo, quien abrió su establecimiento a la una de la madrugada para que «los muchachos del Turquino» compraran los alimentos necesarios para enfrentar la difícil escalada.

Pero… fueron los menos jóvenes quienes estremecieron a todos: la llegada triunfante a la cima de Lourdes, la hermana de Fernando; la persistencia de Parra, el jefe de la Brigada, por llegar a lo más alto de la montaña a pesar del dolor muscular; y aquella anciana que al escuchar del proyecto, expresó: «Ojalá tuviera 30 años menos para también subir al Turquino y ofrecer mi solidaridad a nuestros Cinco hijos».

Hoy, orgullosos por enarbolar la bandera de justicia y libertad en lo más alto de la ínsula, retomamos las palabras que a diario se escuchan en las calles de la Patria: Fernando González, Ramón Labañino, Gerardo Hernández, René González y Antonio Guerrero, no se sientan solos, Cuba y el resto del mundo están con ustedes y sabemos que volverán.

III

Historias para ser contadas

«Cuando falten las fuerzas en la subida al Pico Turquino, hagan uso de las convicciones y principios», expresó Alcides Bonavitta, argentino que en enero escaló, junto a otros dos jóvenes, el Aconcagua para exigir la liberación de los Cinco héroes cubanos prisioneros injustamente en Estados Unidos desde 1998 por combatir el terrorismo.

Bonavitta, por vía electrónica, estimuló a los 40 integrantes de la Brigada del Aconcagua al Turquino, momentos antes de comenzar en marzo el ascenso al techo de Cuba.

Días después, y con la satisfacción del deber cumplido, recuerdo los kilómetros que quedaron atrás con cada paso y a los menos jóvenes, quienes aminoraron la marcha sin rendirse.

Lourdes González, hermana de Fernando, cumplió su compromiso. «Tienes que ser fuerte, tú eres mi avanzada en el Turquino», le dijo el combatiente cubano en conversación telefónica horas antes de la partida hacia el oriente del país.

El mensaje del gaucho Alcides se materializó en esa mujer de 48 años. Lourdes llegó hasta el busto de José Martí con lágrimas en los ojos: «Lo logré por mi hermano», solo atinó a decir antes de secar su rostro, tomar su pulóver con la imagen de los Cinco y pedirle a otra expedicionaria: «Ahora tómame la foto, no quiero que él (Fernando) me vea llorando».

Con dolor en las piernas y la sensación de sentirse incapaces de caminar en días, los integrantes del proyecto recibieron la invitación de Ramón Labañino para subir el Turquino cuando los Cinco regresen a la Patria.

Todos dieron un Sí. Allí estarán con Labañino, Fernando González, Antonio Guerrero, René González y Gerardo Hernández, compartiendo fuerzas, convicciones y principios. Así se ganan las batallas ¡a eso estamos acostumbrados los cubanos!.

IV

La montaña mágica

Cuando Hans Castorp subió al sanatorio Berghof, ubicado en los Alpes suizos, no imaginaba conocer el amor y la seducción provocados por cosas que siempre han existido.

La montaña mágica, de Thomas Mann, encarna valores e historias muy diferentes a las que ocupan estas líneas. Sin embargo, me tomo el atrevimiento de hacer mías algunas de ellas, transmutadas —y salvando las distancias, por supuesto— al calor del oriente cubano y al ascenso de 1 974 metros sobre el nivel del mar, no para tratar la tuberculosis, sino para sanar el alma.

Confieso, en primera instancia, que el carácter oscuro y pesimista que rodea la historia de los personajes de la novela del autor alemán, no tienen nada que ver con lo sucedido alrededor del ascenso al Pico Turquino, el pasado marzo, por un grupo de jóvenes cubanos y familiares de Ramón Labañino y Fernando González, dos de los Cinco antiterroristas de la Isla prisioneros injustamente en cárceles de Estados Unidos.

Sin embargo, al igual que para el Castorp de Mann, el paso por las montañas de la Sierra Maestra marcó esa suerte de mayoría de edad para todos quienes nos aventuramos a semejante travesía.

Nos cautivó no solo por la llegada al punto más alto de Cuba y la solemnidad del Apóstol que vigila desde su cima, sino por aprender de valores humanos, de nobleza extraordinaria y ser testigos activos de uno de los empeños más nobles y justos que hayamos conocido.

Exigir la liberación de Gerardo, Ramón, Fernando, René y Antonio fue el leit motiv del ascenso al techo de Cuba, siguiendo la iniciativa de tres jóvenes argentinos que, en enero pasado, pusieron en alto la causa de nuestros compatriotas en la cima del Aconcagua, mayor elevación del continente.

Sobrados motivos motorizaron a tantos brazos y piernas en tal proyecto, pero principalmente esos cubanos que por el ejemplar acto de salvar vidas, sufren la blasfemia de quienes tras el odio irreconciliable con la historia de los últimos 50 años, se aferran al pasado que no puede volver.

Al igual que Castorp, no somos los mismos tras bajar la montaña. Ahora, estamos más comprometidos con las causas en las cuales creemos, con la historia y el futuro de esta nación que los Cinco defienden.

V

SMS: del Turquino a la red

El sonido del celular interrumpió su trabajo. Desde la pantalla, otro nuevo mensaje anunciaba: «A las cinco de la mañana sale la guagua para el Turquino». Lo repasó varias veces y comenzó a empacar. El teléfono público más cercano estaba a un kilómetro de su casa. Caminó esa distancia para ponerse al tanto del viaje.

Dos horas después, los ocho periodistas de la brigada Del Aconcagua al Turquino ultimaban los detalles para la cobertura en las redes sociales: descargaban imágenes, enlazaban vídeos en YouTube e invitaban a sus amigos a participar desde Facebook y Twitter en la expedición.

«¿Habrá cobertura en el Turquino?». A la respuesta siguieron sonrisas escépticas. Pero en el camino hacia el lugar más alto de Cuba, alejado de cualquier punto citadino, sintió el sonido de una llamada entrante. «Hay cobertura», gritaron todos a coro en el Alto del Naranjo, en el Paso de los Monos e, incluso, alguien descubrió rastros de señal en un sitio específico del propio Pico.

Desde una terminal móvil y con mensajes de 160 caracteres, la brigada comenzó a narrar en tiempo real lo que sucedía: la salida del grupo en la mañana del día 13, la irregularidad del camino por la lluvia de la noche anterior, el estado de salud de los menos jóvenes, la acreditación de los Cinco como delegados directos al Congreso de la UJC y el tortuoso camino durante el descenso.

«Son las diez y media de la noche y aún falta un grupo por llegar. Está lloviendo aquí, tenemos las ropas mojadas y hace mucho frío». Así decía el último mensaje que alcanzó a enviar antes de que su teléfono dejara de funcionar para siempre. Había resistido la lluvia, las constantes caídas por el fango, el paso de bolsillo a bolsillo. La noche del día 14, no volvió a encender más.

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