Los niños pueden levantar el alma de un país

Recién llegado de Haití, el cubano Cristóbal Martínez Gómez, jefe del Grupo Nacional de Psiquiatría Infantil, compartió impresiones con JR sobre una batalla intensa: el cuidado de la salud mental en momentos de desastre

Autor:

Alina Perera Robbio

Algún viajero podrá aterrizar por estos días en Haití y pensar que los hijos de esa tierra herida, muchos de ellos paralizados y suplicantes, son unos vagos. El cubano Cristóbal Martínez Gómez, con saber y sensibilidad para mirar hondo en la naturaleza humana, se rebela contra ese criterio injusto debajo del cual subyace una verdad vieja y dolorosa.

«La población haitiana está convencida de que lo sucedido el pasado 12 de enero es un castigo de Dios. Están aplastados espiritualmente. El terremoto ha sido el puntillazo de una historia de siglos de hundimiento material y psicológico, de maltrato y discriminación. ¿Qué tiempo llevará revertir ese estado de ánimo?».

Cristóbal es profesor titular de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, y jefe del Grupo Nacional de Psiquiatría Infantil. En el momento de este diálogo todavía llevaba consigo, como quien dice, el polvo de la tierra de Haití. Por allá estaba con un grupo de colegas, viendo cómo restañar tantas rasgaduras en la memoria de esa población hermana, y cómo apoyar también a nuestros profesionales, gigantes en su capacidad de ayudar y resistir, pero en quienes las huellas de momentos catastróficos han resultado inevitables.

Evocación necesaria

Antes de sumergirnos en la suerte del país caribeño, volvimos a los días de lucha por rescatar al pequeño Elián González, secuestrado en Miami. Cristóbal participó en aquellas primeras Mesas Redondas, en las cuales él y otros especialistas demostraron que el inocente era blanco de serios atropellos a su salud mental.

Recordó los encuentros con Fidel, y el respeto con el cual el líder intercambiaba criterios con los panelistas, a quienes les pedía se expresaran en la Mesa Redonda tal cual hablaban con él durante los análisis sobre el estado del niño.

Elián todavía permanecía en Estados Unidos cuando Cuba hizo su Primer Congreso Nacional de Psiquiatría Infantil e invitó a miembros del Ejecutivo de la Academia Americana de Psiquiatría Infantil Adolescente de Estados Unidos. La comunicación entre especialistas de la Isla y el país norteño fluyó a las mil maravillas.

«Cuando el niño —evocó Cristóbal— fue rescatado por agentes del Buró Federal de Investigaciones, lo trasladaron a Washington con su papá. El presidente Clinton decidió que había que tratarlo, y le pusieron dos psiquiatras y dos psicólogas de la Academia Americana de Psiquiatría Infantil Adolescente.

«Clinton tenía la obligación de decidir qué iba a suceder con Elián. Preguntó a la Academia dónde debía estar el pequeño. Estamos hablando de una institución poderosa, de prestigio en el mundo, con más de 7 500 psiquiatras. Esta contestó que el niño debía estar con su padre; no dijo dónde. Si su padre quería estar en Cuba, pues sería en Cuba.

«Especialistas de esa Academia habían estado con nosotros, conocían muy bien cómo trabajábamos. Ya habían constatado experiencias en barrios de La Habana y en otras provincias con las cuales quedaron fascinados.

«Uno de los psiquiatras que había atendido a Elián en Estados Unidos vino tiempo después a visitarlo aquí. Le dije: “Agradecemos mucho el buen trabajo que usted hizo con el niño”. Y él respondió: “No, el buen trabajo lo hizo el niño”».

—¿Han seguido a Elián?

—No es necesario. Hay un concepto moderno denominado resiliencia, que alude a la capacidad que tiene el ser humano para superar las dificultades y salir airoso. El término es un anglicismo, proviene de un adjetivo, resilient, que es un concepto de ingeniería referido a la capacidad de ciertos metales para recuperar la forma original después de haber sido sometidos a fuerzas externas. Entonces estamos hablando de la capacidad que tiene un ser humano de resistir a influencias negativas, salir airoso e incluso desarrollarse.

«Elián González es un ejemplo de eso. Había sospechas de que cuanto le sucedió en su travesía y experimentó en Miami le hubieran dejado consecuencias negativas. Pero hasta ahora no las hay».

—Ahora Cristóbal está inmerso en otra batalla difícil y larga: Haití…

—En el mundo entero, durante desastres naturales, no se le había dado la importancia necesaria a la salud mental. Es algo que han reconocido la Organización Panamericana de la Salud y otras entidades. En 1985, cuando el terremoto en Ciudad de México, los psiquiatras que vivían allí percibieron cómo se afectaba la salud mental de la población ante una situación de pánico. Eso provocó el despertar de algunas conciencias.

«Soy miembro del Consejo Científico del Centro Latinoamericano de Medicina de Desastre, y siempre hemos insistido en que, en una situación de desastre, el cuidado de la salud mental debe estar presente.

«Durante el paso de los tres ciclones que devastaron la Isla en 2008, fuimos a Pinar del Río como parte de una brigada. Nuestro equipo trabajó en San Cristóbal, en La Palma, y en Viñales. Yo estaba al frente del equipo de San Cristóbal, y la experiencia resultó magnífica, porque constatamos que un equipo como el nuestro era muy necesario, porque pueblos enteros habían desaparecido, y habían colapsado la mayor parte de las escuelas y de los consultorios médicos. Eran muchas las pérdidas, y todas constituían factores de riesgo para la salud mental.

«Cuando sucedió el terremoto de Haití, las primeras brigadas que salieron de Cuba fueron de cirujanos, de médicos que se sumaron a los que ya estaban. Días después, el Ministerio de Salud Pública nos preguntó si estábamos dispuestos a partir. Llegamos allí el 27 de enero con misiones importantes: valorar el efecto del terremoto sobre los cubanos allí presentes, y sobre el pueblo haitiano».

—¿Qué encontró en Haití?

—Cuando llegamos, los cadáveres habían sido recogidos, pero los compañeros que estaban allí me contaron de un olor tan fuerte que mareaba. Los cubanos, por lo vivido en los primeros días inmediatos al sismo, estaban muy afectados psicológicamente. Uno me dijo: «Profe, he tenido que amputarle a una niñita sus dos piernas y un brazo… ¿Se imagina?».

«Las amputaciones y las muertes tenían a nuestros médicos muy golpeados. Lo otro impactante en momentos de desastre es tener que clasificar en grupos a quienes van llegando al hospital: los que no tienen salvación; los que pueden esperar; y los que necesitan ser intervenidos inmediatamente para salvarse. Eso debe decidirlo un médico, y cuando él ve que alguien murió, puede llegar a preguntarse: ¿Me habré equivocado? ¿Acaso tenía salvación? Eso duele.

«En los primeros momentos los médicos sufrieron mucho, y las enfermeras, porque se les moría la gente en la puerta del hospital. Después empezaron a sentirse más reconfortados, cuando comenzaron a tener conciencia de a cuántos seres humanos habían logrado salvar.

«A pesar de todo, no hay un solo cubano de los que están allá que haya querido regresar. Es una prueba de fortaleza, de entereza y de apego a los valores de la Revolución».

—¿Cómo ha concebido su equipo de trabajo la labor que pueden desplegar en Haití?

—Hicimos un programa de mitigación del daño psicosocial para la población infanto-juvenil de Haití. Decidimos capacitar a un grupo de facilitadores, de voluntarios, para lograr que los niños jugaran, sonrieran. Logramos que los varones practicaran el fútbol, que tanto les gusta, y que las niñas también tuvieran sus juegos. Llevamos libros de cuentos, miles de ejemplares. Y crayolas. Los pequeños dibujaban y los adultos les leían los cuentos.

«Toda esa actividad se ha ido incrementando, porque ha dado resultados. Por la repercusión del programa ya se está pensando en una segunda etapa concebida para cuidar a largo plazo la salud mental de niños, niñas y adolescentes.

«Queremos hacer un libro de 180 páginas sobre salud mental infanto-juvenil que vamos a imprimir de manera emergente en estos días. Daremos conferencias para capacitar a los médicos haitianos graduados de la Escuela Latinoamericana de Medicina. Será un curso rápido, aplicable y sostenible».

—¿Qué tiempo demorará ese país en recuperarse de sus heridas psicológicas?

—Se calcula que para recoger los escombros en Puerto Príncipe haría falta que durante tres años mil camiones se dedicaran a esa tarea diariamente. ¿Y cuánto tiempo haría falta para la recuperación material? Es muy difícil que una persona sin su casa pueda sentirse bien. Entonces será difícil que una población tan afectada se recupere desde el punto de vista de la salud mental.

«Al ayudar a los niños, estamos conscientes de que ellos se recuperan con mayor facilidad. Es cierto que son más vulnerables, pues no tienen la capacidad de los adultos para buscar algo a qué aferrarse; pero también es cierto que son muy receptivos y muy moldeables. En ellos está el futuro. Y en eso estamos: buscando el futuro. Para levantar a ese pueblo, que hoy vive una situación tan dramática, la suerte de los niños es clave».

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