De Don nadie a Don alguien

La vida del estudiante de quinto año de Medicina Juan Manuel Aldana se precipitaba al abismo. Alguna vez fue de esos que se llamaron «eslabones perdidos»

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Cuando esta reportera equivocó su vocación y comenzó a estudiar Medicina supo porqué en el ámbito universitario dicen que los estudiantes de Ciencias Médicas solo saben hablar de su carrera. Tanta entrega y sacrificio demanda, que el tiempo para otras actividades es poco.

Por eso cuando encontré a Juan Manuel Aldana en el XXI Fórum Nacional de las Ciencias Médicas en la capital, no dejé de sonreír. Declamó una poesía en el acto inaugural y cuando lo busqué para elogiarlo y se refirieron a él como «El payaso», la curiosidad hizo presa en mí. Por suerte, porque detrás de cada rostro hay muchas historias por descubrir.

«Sí, soy payaso, pero no en el sentido peyorativo. Ese es mi trabajo los fines de semana en las fiestas populares de mi barrio en Granma o en los carnavales o en cualquier actividad organizada por la Casa de la Cultura. Sí, soy payaso y cantante y actor y poeta, y por supuesto médico también».

No fue fácil lograr una entrevista formal porque, entre las respuestas, Juan Manuel improvisaba o recordaba algún poema.

«Siempre me gustaron la poesía, la música y el baile. Participaba en las actividades de mi escuela, pero con el paso del tiempo y los golpes que me ha dado la vida, como decía Fayad Jamís, ese don ha crecido más.

«Me crié en un medio muy conflictivo debido a problemas familiares. Mi mamá trabaja como auxiliar de limpieza y soy el mayor de dos hermanos. Todo eso influye y fui un niño hiperactivo, muy indisciplinado, el peor estudiante de la escuela. Tuve que becarme muy temprano y al terminar la secundaria comencé a estudiar Agronomía, pero me fue muy difícil continuar. La situación de mi familia no permitía mi sustento y decidí trabajar. ¿De qué oficio pudieras preguntarme del que no pueda hablarte?».

—Sin embargo, ahora estudias Medicina…

—Siempre escuché que las personas son el resultado de su medio, pero yo no quería que fuera así. Un día decidí cambiar para no darle más dolores de cabeza a mi mamá. Afortunadamente llegó la luz. Cuando se dio a conocer la convocatoria para el Curso de Superación Integral, en el que jóvenes como yo tendrían la oportunidad de estudiar, comprendí que ese era mi momento.

«Me esforcé; me puse metas para perfeccionarme, y llegué a ser el primer expediente. Y ahora ves, gracias a Fidel estudio Medicina. Tener una oportunidad en la vida es probable, dos es difícil y tres es casi imposible; por eso hay que aprovechar la que se tenga. Y por esa oportunidad, a Fidel le debo todo».

Supe de sus momentos difíciles, de cómo estudió por las noches en el local del CDR 5 del consejo popular de Siboney, en Bayamo, que dirige hace cinco años, debido a que son más de cinco personas en un apartamento de un solo cuarto. Vi sus lágrimas de emoción cuando recordaba aquel carnaval en el que trabajó como payaso y se encontró con un profesor suyo de la secundaria, quien no podía creer que aquel mal alumno ahora fuera un futuro médico.

«¿Te imaginas? Ha sido grande para mí salir a flote. Ahora soy motivo de orgullo para mi familia, y para mí mismo. Cada mañana pienso en cuánta confianza ha depositado Fidel en los jóvenes y en la obligación que tengo de no defraudarlo. He sido reconocido como joven 50 Aniversario, soy parte del destacamento de avanzada Mario Muñoz Monroy y estudio mucho para mantener un buen índice académico, además de participar en los concursos literarios y festivales culturales organizados por la Facultad».

—¿Cómo combinas la Medicina con tus dotes de artista?

—Es que la Medicina es un arte. Cuando me preguntan cuál de los dos caminos escogería, sin titubeos les digo eso. El arte complementa mi desarrollo integral como profesional. A veces me digo: igual que me aprendí aquel poema, así mismo tengo que aprenderme este contenido. Además, el médico necesita llegar a la gente.

«Yo quiero que mis pacientes, además de saber qué padecimiento tienen, se vayan de la consulta con una sonrisa. Por eso siempre estoy haciendo chistes, improvisando poemas, cantando boleros, tratando de que el ambiente y la bata blanca no nos distancien. Tengo el proyecto Galeno por una sonrisa, en las Casas de los Niños sin Amparo Filial, y además me hice la promesa de que mi primera consulta el próximo año, en el consultorio donde me asignen, la haré vestido de payaso. De esa forma me acercaré más a los niños y a los ancianos, que siempre llegan tan nerviosos. Lo más importante no es la vestimenta ni el gran caudal de conocimientos que se tenga, sino la manera de transmitirlo».

Curiosamente Juan Manuel no conoce la historia de Pach Adams, el médico norteamericano promotor de medios alternativos de sanación basados en la risa; sin embargo, coincide con aquel en la necesidad de acercarse más al paciente.

«Reconozco que el personal de salud tiene que ser más humano. Se debe tener tacto, y sobre todo mucha sensibilidad, para dar a conocer una mala noticia, por ejemplo, o para percatarnos de que el remedio quizá no sea un medicamento, sino un poco de atención.

«Tengo muchas anécdotas de ese tipo. Una vez atendí a un paciente de 45 años que llegó taquicárdico, con dolor en el pecho y sudoraciones. Cuando le diagnosticamos una emergencia hipertensiva, después de tomarle la tensión arterial lo dejamos descansar y todo ese tiempo estuve a su lado, conversando, cantándole y bromeando. En menos de 25 minutos se calmó, sin tener que recurrir a ningún método propiamente médico. Lo agradeció mucho y más aún al saber que era estudiante, pues la mayoría no confía en nosotros hasta que tenemos un título».

—¿Qué no debe faltarle a un médico?

—La disposición. En esta carrera no se puede temer a nada. Mira la situación en Haití, cuántos retos le impone al personal de salud diariamente; y sin ir tan lejos, uno puede recibir a un paciente que ve en nosotros la solución a su problema y no podemos dejarlo ir con la mirada vacía.

«Precisamente, quiero especializarme en Otorrinolaringología, porque mientras rotaba por esa especialidad tuve mi primera prueba de valentía. Llegó una niña con un cuerpo extraño en el oído, una cucaracha, y yo estaba solo en ese momento. No sabía el uso de cada instrumento todavía ni el proceder para cada caso, pero no pude ser indiferente a la desesperación de ella y de sus padres. Cuando llegó la doctora, ya todo estaba solucionado. De eso se trata, de tener disposición y de no tener miedo. Aunque esa sea la especialidad de la que me he enamorado, sé de todas un poco, porque aproveché el tiempo en cada una y nadie sabe qué deparará el mañana.

«Por eso les digo a los demás que aprovechen las oportunidades, que nunca piensen que no pueden y que nunca es tarde; siempre se puede empezar. Se los digo yo. Lo más importante no es la profesión que estudiemos, sino cómo la desempeñemos. Ser médico, gastronómico o barrendero no es lo que define a una persona, sino sus sentimientos y la manera en que les alegra la vida a los demás».

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