Una flor entre arena y fuego

Sus compañeros de trinchera en Playa Girón la llamaron «el Flojo». Estupefactos quedarían cuando el día de la victoria los desafió quitándose su camisa verde olivo. Habían peleado junto a Osnelba Sánchez Franco, única mujer que participó directamente en la batalla

Autor:

Yoel Suárez

Es mediodía y una onda de luz ha inundado la sala donde converso con Osnelba Sánchez Franco. La llegada del sol descubre en un golpe luminoso todo aquello que el olvido o la humildad niegan a mi grabadora. Repaso a mi entrevistada: una dama septuagenaria, con el cabello teñido, las manos firmes y el tul del cielo y la memoria retratado en la mirada. Parece tan frágil que cuesta trabajo imaginarla machete en mano domando un cañaveral, o fusil al hombro persiguiendo bandidos en el Escambray o, quizá, avanzando sin detenerse contra los mercenarios en Girón.

El flojo

«Ya el 16 de abril, yo había bajado del Escambray —allá, de un lugar que le dicen Hoyo de Manicaragua—. Regresaba a mi casa en Santa Clara después de haberme pasado varios días persiguiendo a una banda contrarrevolucionaria. Pero en cuanto me enteré de que había una agresión por Playa Girón busqué la manera de ayudar. Recuerdo que alguien me dijo: “¡Oye, el Batallón 315 va a salir, y le hace falta gente!”, y enseguida me incorporé a la cuarta compañía, que era de infantería.

«Cuando aquello era muy delgadita, tenía el pelo corto y estaba muy ronca, así que los compañeros de la tropa me pusieron “el Flojo”. Todos pensaban que yo era un hombre, y, de contra, ¡que estaba flojito! Algunos se burlaban de mí: “¡Bah! ¿Pero el Flojo va a ir con nosotros!”… Solo el jefe de batallón, José Lavalle Echeverría, sabía que yo era mujer.

Una vez que nos organizamos en Santa Clara salimos en varios camiones hasta Yaguaramas. Allí había una carretera sin terminar —cuando aquello la estaban arreglando—; apenas veíamos monte. Fue en ese lugar por donde entramos a la batalla, en la mañana del día 17. ¡Llegamos peleando!

«En Yaguaramas el enemigo nos hizo un poco de resistencia; ahí estuvimos unas cuantas horas. Ellos tenían una 50 y un mortero disparando contra nosotros; pero nada más que nos dieron un chance seguimos avanzando. No podíamos detenernos.

«Cuando llegué a Girón encontré muchachitos muy jóvenes —casi adolescentes—; pero en ningún batallón vi a una sola mujer… Bueno, había una de Matanzas, que estaba casada, pero creo que cuando fue a entrar la mataron. Ahí la única mujer que peleó, directamente, fui yo.

«Para aquel entonces iba a cumplir 20, aunque ya tenía a Maritza, mi primera hija, de solo un añito. Cuando decidí partir, la dejé en Santa Clara al cuidado de mi hermana Julia. Aquello me dolió. Algunos conocidos me decían: “Si te vas a pelear tu niña se quedará huérfana”, y yo les respondía: “Como otros tantos lo han hecho”».

No soltaron los fusiles

«Entrando a Playa Girón lo primero que vimos fue un miliciano sangrando al lado de un tanque de guerra. Fue una escena impactante. Después de unas horas de marcha auxiliamos a un camión lleno de heridos, sobre todo niños. Venía pidiendo vía para llevarlos a Matanzas, sacarlos del fuego. Tuvimos que pasarlos a otro transporte. Vimos cosas terribles: niños destrozados, ancianos heridos.

«Más adelante, entrando en San Blas, cerca de Playa Girón, comenzó un tiroteo tremendo. Al rato apareció un tanque de guerra que iba a poca velocidad. Vimos un hombre que se lanzó a la carretera y gritó: “¡Patria o Muerte!”. Enseguida cesaron los disparos. Tardamos un poco en reconocer a aquella figura, hasta que alguien gritó: ¡Es Fidel! Venía del Central Australia, y había atravesado el fuego cruzado. Al final descubrimos que la escaramuza tuvo lugar entre nuestro batallón y otro grupo de milicianos.

«Ver al Comandante en Jefe ahí, en la lucha, con nosotros; saber que no se había quedado en La Habana para mandarnos cómodamente desde allá, ¡nos dio una fuerza tremenda!

«Después de aquello seguimos rumbo al foco principal de los combates. En el camino encontramos que un avión había ametrallado con napalm al Batallón 113. A pesar de que fuimos en su ayuda lo más rápido posible, muchos compañeros murieron quemados. En ese lugar presencié una imagen que siempre quedará en mi memoria: aun carbonizados, los cuerpos sin vida, no soltaron los fusiles».

Así mismito

«Lavalle, el jefe de batallón, no tuvo atenciones especiales conmigo porque fuera mujer. Él siempre me dijo: “¿Tú quieres pelear? Pues vas a venir con nosotros igual que cualquier miliciano”. Y así mismito fue.

«No descansábamos nada ¡En una batalla no escampa! Nunca peleamos desde trincheras; andábamos siempre a rastras. Avanzábamos horas y horas sobre los mercenarios, con el arma y la mochila arriba; ahí llevábamos algunas cosas de comer.

«Aunque la quinta compañía —la de abastecimiento— cargaba con todo lo necesario, cada quien consumía, mayormente, de lo que cargaba en su jolongo. Generalmente era latería, leche condensada, la cantimplora con agua, algún pedazo de pan. No había mucha comida, pero si teníamos que compartirla con alguien más, lo hacíamos.

«Varios compañeros enfermaron de paludismo; sin embargo ¡a mí no me cogió ninguna enfermedad! Ya te digo: fue un impacto tremendo tener que adaptarme a condiciones tan difíciles.

«Aunque al final no recibí ningún disparo, voy a ser sincera: muchas veces sentí temor. Creo que todo el mundo tiene miedo cuando siente las balas arriba. Ahí estaban los tanques, ¡ahí mismo, a tu lado!; el mar lleno de barcos; los aviones volando por encima de ti. La batalla duró solamente 72 horas, pero fue muy dura; nos enfrentamos directamente contra el imperialismo. Y aunque ninguno de nosotros pensó que iba a ser decisiva, salimos a ganar».

Aquello estuvo feo

«Durante los últimos momentos de la batalla varios grupos se apostaron cerca del mar y otros más pegados al monte; pero todo el mundo se batió de verdad. La lucha parecía interminable. Yo estaba toda magullada por el roce con la carretera, adolorida por los golpes que cualquiera se da en situaciones como aquella, pero siempre echaba pa’lante con mi ametralladora Thompson a cuestas.

«El día 19 llamaron por la radio a José Lavalle y le comunicaron que el ataque mercenario ya había sido neutralizado.

«Cuando nos avisaron de la victoria empezamos a dar gritos, a abrazarnos, a brincar de la alegría… ¡No pensábamos que aquello se iba a acabar tan rápido! Porque lo cierto es que estábamos en desventaja: el armamento que teníamos eran muy viejo y el enemigo estaba bien preparado; y aun así le ganamos al imperialismo.

«Enseguida que la noticia comenzó a circular, casi todos los batallones se reunieron en Playa Girón. Recuerdo que estando allí la gente empezó a molestarme mucho con aquello de “el Flojo”. Yo, que estaba un poco cansada de las burlas, me subí arriba de un camión y les grité: “¡No, no! ¡Yo no soy ningún flojo!”. Me quité la camisa verde olivo y me quedé con una camiseta que llevaba por debajo ¡Ya te puedes imaginar la sorpresa!: “¡Ay! ¡Si no es flojo; es una mujer!”.

«Unos cuantos en el batallón no se podían explicar cómo una muchachita había combatido así: a la par de ellos… porque, pa’ que sepas: aquello estuvo feo».

Parece que no me creían

«Varios compañeros nos quedamos en Playa Girón después de la victoria. Algunos se fueron al monte, a capturar unos cuantos mercenarios que se habían escapado y andaban sueltos por ahí, vestidos con uniformes de milicianos. Yo me quedé durante 15 días. Casi todo el tiempo me lo pasé recogiendo armamento y atendiendo a los heridos, que había muchos. Por aquellos días conocí a un hombre, de La Habana, al que le habían dado un tiro en la columna y quedó inválido. Creo que ya murió. También conocí a combatientes del Batallón 115, 113 y de otros grupos que participaron en la lucha.

«Cuando regresamos a Santa Clara el pueblo nos recibió como a héroes: ¡Imagínate! Habíamos derrotado a los yanquis en sus propias narices.

«En abril de 1982 me dieron la Medalla por el aniversario 20 de la victoria. La certificación está firmada por Fidel.

«Tuve que esperar un año para que me la enviaran. Me pidieron que buscara un aval que respaldara mi participación en la batalla. Como soy una mujer, ¡ja!... Parece que no me creían».

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