Esa otra Reina...y ese otro reino - Cuba

Esa otra Reina...y ese otro reino

Más de 42 años lleva la maestra Reina María Díaz Bejerano como directora de una escuela primaria, algo que se dice fácil, pero como afirma ella: «Bien vale vivir si es para educar»

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

CALABAZAR DE SAGUA, Encrucijada, Villa Clara.— Allá por la  pasada década de los años 60, en un lugar conocido como Remate de Jagüey, ubicado en pleno Escambray villaclareño, una jovencita arribó a sus 15 almanaques lejos de su familia y de su casa, sin vestir una túnica suntuosa, ni tirarse fotos, ni ser protagonista de un jolgorio como los que acostumbran celebrarse hoy.

Aquellos días, vividos entre el asombro y la novatada de quien llegó hasta allí como maestra voluntaria poco después de la Campaña de Alfabetización, no dejan de asediar el recuerdo de una mujer que no aparenta haber doblado ya la curva de los 50, pero que aún sostiene la vocación por un ejercicio que, al decir de ella misma, solo termina cuando acaba la vida.

Para la máster Reina María Díaz Bejerano, quien lleva más de 42 años como directora de la escuela primaria Antonio Maceo, del poblado villaclareño de Calabazar de Sagua, no existe reino mayor que un aula, ese espacio tan pródigo en intercambios en el que alumnos y maestros van transitando de conjunto por el saber. Es allí donde ha encontrado el privilegio de sus tantos desvelos, esas otras emociones que todavía llegan para completar las de casa, y esas historias de todo tipo que van despertando las inquietudes del futuro.

Entre decisiones y sobresaltos propios de una labor que involucra a no pocas personas, esta maestra se transforma a diario en una singular emperatriz de la enseñanza, cuyos dominios son los de un centro al que lo avala la condición de Vanguardia Nacional por más de ocho años consecutivos, y que recientemente recibió la Bandera de Honor de la Unión de Jóvenes Comunistas.

Donde siempre se crea

De sonrisa y verbo fácil, diestra en conciliar sus experiencias pedagógicas con cada imperativo de la educación cubana, Reina aún encuentra su mayor sostén en la manera en que se entrega a lo que diariamente hace: enseñar, conducir y llevar consigo a los demás.

«Hay quienes piensan que pararse frente a un aula es tarea sencilla, pero hacerlo bien implica desprenderse de uno mismo, sentir lo que se dice y ser capaz de ir dando constantemente aciertos con la misma seguridad con que se vive.

«Los propios años me han convencido de que dar clases no es más que crear por el bien de otros y hasta por el de uno mismo, pues nada supera la grandeza de un profesor que sepa percibir en sus alumnos su propio valor.

«El verdadero maestro es aquel que crece mientras crecen sus educandos, sin pensar en las horas que ha dedicado a  cultivarlos o sin mirar el reloj para ponerle prisa a cada explicación o cada diálogo».

Cuenta Reina que a los 13 días de parir a su segundo niño se incorporó a trabajar ante la ausencia de alguien que asumiera la dirección del centro. «Cada tres horas iba a amamantar a mi bebé, y luego viraba para la escuela.

«Fueron tiempos duros. Era yo sola para todo, pues hasta mi esposo estaba por aquel entonces combatiendo en Angola. Pero aun cuando casi no alcanzaba para tantas cosas a la vez, poco a poco logré rebasarlo todo, porque lo que estaba haciendo me inspiraba, me daba fuerzas.

«Por eso pienso que a un educador podrá faltarle el aire, pero nunca el atrevimiento, el carácter, la inspiración. No imagino a un maestro que no intente ser ejemplo», asevera esta singular mujer.

Ser evangelio vivo

Acreedora de la medalla Rafael María de Mendive y de las distinciones José de La Luz y Caballero y Maestro del siglo XX, ambas conferidas a educadores de destacada trayectoria, Reina no anda creyendo en artificios ni en superioridades para levantarse de sus tropiezos con la humildad de una gente de pueblo, siempre atenta a los reclamos de su comunidad y de su escuela, un lugar que por extensión ya es su otra casa.

«Dirigir un centro educativo lleva tacto, olfato, precisión. Todos los días no se pueden decir las mismas cosas, ni todas las cosas se pueden decir en un día. Si a ello le sumamos que los procesos de nuestra enseñanza se atemperan a las necesidades concretas del país, entonces puede entenderse cuán dinámico se torna el trabajo de un director.

«En el centro tratamos de equilibrar el desempeño de los profesores más veteranos con aquellos que están en formación o apenas comienzan. Eso nos ha ayudado a socializar muchas prácticas positivas en el trabajo y a facilitar el intercambio entre los propios docentes».

De su experiencia como asesora cubana del Programa de Educación Primaria en Colombia, ella prefiere obviar no pocos pasajes tristes, y solo destacar el privilegio de vivir en una tierra donde el derecho a la enseñanza es una voluntad política, como se ratificó en los debates del reciente Congreso de la UJC.

«Los niños de primer y segundo grados que uno enseñaba por las mañanas eran los mismos que por la tarde veías en los semáforos limpiando parabrisas para ir al otro día a la escuela. Por suerte, aunque estuve allí durante tres meses, sabía que en mi tierra no pasaba eso».

Los libros, los pupitres, el pizarrón, vienen a ser las herramientas de ese templo para el que esta profesora cubana parece haber nacido. Aun cuando su fino aspecto revele a primera vista a una señora de mediana edad, las historias y la vida son las que llevan la cuenta de los años, esos que Reina no aparenta, pero que no oculta porque como dice ella: «Bien vale vivir si es para educar».

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