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Mariposas en el basurero

El porqué del Premio a la Excelencia de la Asociación Cubana de Producción Animal a una sencilla mujer guantanamera llamada Irania Martínez García

Autor:

René Tamayo León

En el Centro Ecológico de Procesamiento de Residuos Urbanos (CEPRU) de Guantánamo se aplica una tecnología original e innovadora. Fue creada por una sencilla mujer cubana; verdad, también, que excepcional, de esas criaturas dotadas del don, el coraje y la energía de las fundadoras.

El proyecto surgió en el año 2000. Es resultado de la agudeza, la experimentación y el emprendimiento de una persona cultivada en la observación minuciosa, el análisis profundo, la pesquisa acuciosa, el sentido común y la fuerza que emana de lo colectivo. Irania Martínez García lo forjó a fuerza de voluntad, verticalidad y perseverancia.

Los vecinos del barrio guantanamero Sur-Isleta le agradecen el haber revitalizado una modesta comunidad suburbana que durante casi diez años fue sometida a un entorno sumamente agresivo debido al establecimiento allí de un vertedero público —de los llamados de «período especial»— para colocar parte importante de la basura que se emite en la cabecera provincial.

De forma paulatina, el CEPRU se ha convertido en un paquete tecnológico que es hoy paradigma en el tratamiento de los residuales sólidos urbanos para países del Tercer Mundo. Premio Nacional de Medio Ambiente en 2006, ese año estuvo entre los proyectos laureados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en la categoría de Innovación y Creatividad.

También se le otorgó en dos ocasiones la condición de Excelencia Nacional de la Agricultura Urbana. Y ahora la Asociación Cubana de Producción Animal (ACPA) le confirió a su fundadora el Premio a la Excelencia de la Mujer Productora.

El CEPRU constituye un hito en el reciclaje, la elaboración de abonos orgánicos, la reforestación, el saneamiento y la educación ambiental. En 2003, el General de Ejército Raúl Castro Ruz recomendó su difusión pronta y efectiva.

Voz en flor

Esta es la historia de una década en la vida de una mujer, una comunidad y una ciudad que han aportado su inteligencia al país y el mundo.

«Llegué a Sur-Isleta en el año 2000, como representante de la Agricultura Urbana. El primer día tuve una de esas experiencias que te marcan: estar delante de un vertedero ubicado en el mismo frente de una comunidad de unos 6 000 habitantes.

«La fetidez era permanente; la proliferación de vectores, horrible; el humo, asfixiante; las condiciones de vida, pésimas. Primero quise eliminar el vertedero. Pero no pude. Las autoridades me explicaron que había sido creado a raíz del período especial, a inicios de los 90, y era imposible quitarlo.

«Entonces me obsesioné y me dije: “Si no hay pan, casabe”. Y empecé a buscar gente de la comunidad que quisiera acompañarme en la idea de ejecutar los programas de la Agricultura Urbana en el mismísimo vertedero… Nunca se había hecho algo así.

«¡Imagínese usted! ¿Cómo manejar la basura? ¿Cómo estructurar el lugar? ¿Cómo lograr una armonía ambiental y ecológica en medio de un gigantesco basurero para que las personas pudieran seguir donde estaban, a partir de la recuperación de las condiciones medioambientales y sin mover el depósito?

«Esta tecnología fue surgiendo en la mente y en la práctica. En sus inicios tenía como único soporte a la Agricultura Urbana. En el año 2001, el Grupo Nacional nos asignó recursos para impulsar la iniciativa, a raíz de la estrategia gubernamental que se implementó para las provincias orientales.

«Aquello fue una explosión, una revolución comunitaria. Los primeros 20 obreros —hombres y mujeres de aquí—, por ejemplo, eran desempleados, nunca habían trabajado para una entidad estatal».

Tecnología integradora

A lo largo de su desarrollo, el CEPRU ha repercutido en el mejoramiento estructural del barrio. Antes no había calles sino terraplenes fangosos, ni luminarias públicas, ni parque infantil, ni áreas deportivas, y el abasto de agua era crítico. Hoy los niños acuden a hacer investigaciones, observaciones de la naturaleza y acampadas. Y los miembros de los círculos de abuelos llegan algunas mañanas a departir con el colectivo.

Con unas 16 hectáreas, más de la mitad del basurero está ocupado por el CEPRU 5 de Junio, una franja reforestada en la cual laboran más de 40 trabajadores de la localidad. Como planta de reciclaje de ciclo ecológico integral, es una revolución ambiental en la concepción de los vertederos y el manejo de desechos. Constituye una tecnología novedosa tanto por su calidad y cualidad como por su filosofía de diseño y operación.

Se aleja de las instalaciones mecánicas de reciclaje al no emplear las maquinarias y equipos industriales y de transporte que estas exigen, y prescindir de esos enormes gastos en infraestructura, operación, mano de obra, equipamiento y consumo de combustibles fósiles.

Para el reciclaje utilizan técnicas de selección manual (como nueva fuente de empleo) y para el tratamiento usan prácticas y metodologías de laboreo agrícola amigables con la naturaleza. Así, por su bajo costo de inversión y operación, son muy accesibles en las actuales condiciones económicas.

Los CEPRU son en sí mismos fábricas de producciones ambientales: abonos orgánicos, posturas de árboles maderables, frutales y ornamentales, y oxígeno; apoyan y fomentan la recuperación de los suelos y de la biodiversidad; son sumideros de dióxido de carbono y constituyen diseños de restauración paisajística para los anillos externos de cualquier ciudad, donde por lo general se ubican los vertederos urbanos.

La filosofía de este nuevo modelo de reciclaje es que debe funcionar como un sistema de integración, de protección a la flora y la fauna, y de promoción y educación ambiental, dice su inventora. «Como en la naturaleza, donde el aire, el agua, el suelo, las plantas y los animales actúan de forma armónica, esta es una tecnología donde todo debe funcionar al unísono».

Restaurar, procesar y sembrar

El CEPRU 5 de Junio se asienta sobre la basura que fue imposible extraer después del soterramiento sanitario y el buldoceo constante que se aplica en los vertederos públicos como medida higiénica. Pero su soporte primario y permanente sigue siendo esta, una valiosa materia prima que puede seguir su continuidad de uso si se maneja de forma correcta y responsable.

En este vertedero se depositan diariamente unos 150-160 metros cúbicos de desechos —aunque si se toman en cuenta vertimientos extras no controlados, serían unos 200.

El papel, el cartón, el vidrio y la chatarra que se recuperan los compra la Empresa de Materias Primas para su reconversión industrial. Los plásticos se transforman en juguetes y otros utensilios y las bolsas de nailon en las que se envasan yogur y leche (decenas de miles al año) se emplean como recipientes para el fomento de árboles, con un sustrato producido allí mismo, mediante el compostaje y la lombricultura.

Estos manejos permiten tratar cada año miles de metros cúbicos de basura, obtener centenares de toneladas de abonos orgánicos de aceptable calidad y lograr beneficios económicos que favorecen la gestión económica de la institución.

Las tojosas vuelan

En lo que antes era un fétido y lúgubre escenario, hoy crecen alrededor de 6 500 ejemplares de especies forestales, en especial el árbol del Nin y variedades frutales a veces difíciles de encontrar, como canistel, anón, anoncillo, caimito y marañón. También abundan las guanábanas, los mangos, las guayabas, el aguacate y el limón criollo.

Desde el punto de vista faunístico, al viejo y agresivo basurero han regresado las mariposas y las abejas; pululan arañas, lagartijas, alacranes, cococitos (ciempiés), ranas, culebras, totíes, hormigas y tojosas y otras palomas. Hasta las conspicuas bibijaguas forman parte de su capital: se han declarado especie protegida dentro del ecosistema, pues sus colonias viven aquí sin necesidad de subir a ningún árbol a defoliarlo: las hojas y flores caídas, y al parecer algunos residuos que se reciclan, constituyen su alimento.

Por demás, las técnicas y métodos agrícolas que usan son tradicionales, como reservorio de una cultura que ha permanecido a lo largo de siglos. También se prioriza el endemismo, y así, en defensa del patrimonio genético local, son aprovechadas las potencialidades de la zona oriental, donde la baja urbanización y la preeminencia de ecosistemas naturales y cultivos originales permiten acceder a una cuantiosa riqueza primigenia.

La crianza animal, como la caprina, apela a especies criollas y a sistemas de pastoreo no intensivos. También se protegen las gallinas pigmeo o quiquiriquí, y se desarrolla un programa para la protección de perros y gatos que, maltratados o enfermos, deambulan por la ciudad de Guantánamo y sus alrededores.

Otro tema es la dignificación de la labor de los empleados de los vertederos. Los trabajadores del CEPRU, aunque adscriptos a una entidad agrícola, se asumen como operarios especializados que aplican la ciencia y la técnica bajo el criterio de que son «médicos del medioambiente»: transforman la basura para salvar vidas y mejorar las condiciones del entorno.

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