Benilde colecciona colecciones

Es un modo de vivir más intensamente, dijo Benilde Omega Guibert Agramonte durante un encuentro lleno de asombros

Autor:

Luis Hernández Serrano

Esta  mujer que nos recibe en su casa como a viejos amigos —Benilde Omega Guibert Agramonte— tiene una mirada sabia, la voz de sueños despiertos y la piel color de noche clara. Es una cubana parecida a las demás, menos en el arte de guardar objetos y «otras pruebas filosóficas de la vida», como ella misma las define.

Benilde, quien nació en Guantánamo el 13 de marzo de 1952, se diferencia también de las otras mujeres de su edad en eso de creer en los «testigos callados del tiempo» que atesora con el apoyo de su esposo, Julio Cristóbal Fernández de Cueto Valdés, en un pequeño espacio que nombra su «gabinete».

Hay que apreciar la manera especial y casi misteriosa con que esta mujer nos ha atraído hasta el reducto cargado de sus ilusiones. Ella cumple cabalmente aquello que Don Quijote dijo a Sancho en sus consejos para gobernar la ínsula Barataria: «Haz gala de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores (…)».

Bolígrafos

«Todas las cosas que aparentan no tener demasiada importancia me llaman la atención, y hasta me asombran. En 2004 fue que me hice el propósito de guardarlos entre mis propiedades y cosas más íntimas y queridas. Tengo centenares, pero 200 son absolutamente diferentes. Treinta y uno de esos finos objetos de escribir, firmar, contar y volar al pasado y al futuro mediante un papel en blanco, los agrupo en seis colecciones iguales.

«Proceden de Francia, Canadá, Corea, Cuba y los Estados Unidos. ¿El más curioso?: uno con forma de biberón; me lo obsequiaron en un congreso de la UNICEF y tiene agua dentro. Le sigue el que posee “cuerpo”, asume “conducta” de linterna y alumbra cuando escribo. Lleva pilas redondas, de reloj, y es el perfecto para escribir de noche, porque te ilumina el papel.

«¡Hay bolígrafos que uno ni calcula que lo son! ¿El que cuesta más para mí?: uno que me regaló el pintor Fuster. Es sencillo, normal y corriente. No tiene el “ropaje” ni el colorido de otro objeto, pero ¡me lo dio con tanto amor! Incluso le colgué un papelito con su apellido: “Fuster”, y la fecha en que me lo obsequió, aunque él no lo sabe».

Refiere Benilde que ama igualmente el que cierto tiempo utilizó la doctora Odalys Rodríguez, quien labora en la UNICEF y que es «el amor en persona». Es realmente el más feo de los bolígrafos que conservo, está raspado. Ella me lo dio cuando yo trabajaba en Vivienda, pero ya me jubilé hace dos años».

Aclara que su «gabinete», solo hace un «tiempito» era su cocina, pero lo cambió de lugar para hallarle un rincón «más sosegado y tierno» a sus instrumentos de juntar el abecedario y contar «casualidades».

Almanaques

Benilde también dedica sus horas de jubilada a la colección de almanaques de bolsillo. Empezó a hacerlo en 1970, pues no se les veía en la década de los 60.

«El más curioso es uno que se hizo —y actualmente se hace— manualmente, con los pies y con la boca, por unas personas que no tienen brazos. Miren este».

Nos muestra uno especial, conformado por tres rectángulos unidos, cada uno contentivo de un cuatrimestre. El primero, con un dibujo al dorso en colores, el segundo con el letrero: «Fechas para recordar», y el tercero con esta sentencia del pensador y escritor norteamericano que tanto impactó a Martí: Emerson. Dice así: «No ha aprendido las lecciones de la vida, quien diariamente no ha vencido algún temor».

«Yo no reunía almanaques de bolsillo, pero guardé el del año en que nació mi primer hijo, Bryan, el 29 de mayo de 1983. Después conservé el del segundo, Dayán, el 20 de agosto de 1989. Y me embullé a guardarlos todos en lo adelante. Cuando eso yo trabajaba en Recursos Humanos de la Empresa Provincial de Transporte, donde se laboraba mucho con fechas. Tengo ya más de cien».

Relojes

Cuando fuimos a verla pensamos que solo empleaba su tiempo libre en agrupar bolígrafos, pero resulta que además de almanaques reúne relojes de todo tipo que cuelgan de las paredes de su curioso «gabinete». Se enorgullece de esto igualmente. Unos son despertadores y otros de pulsera, muchos rotos y otros que «andan» y «marcan el tiempo de que se habla en mis almanaquitos», comenta.

Se ríe cuando le comentamos que un humorista italiano decía que quería morirse cuando tres relojes tuvieran la misma hora, y afirma: «Lo que más me gusta de ellos es lo que a la gente le molesta, oír su “tic-tac”, porque todos no suenan igual. La mayoría es de pilas.

«La inmensa mayoría de los relojes son distintos, aunque tengo varios iguales; pero no los desecho por eso, no, los cuido con el mismo esmero, porque ellos no tienen culpa alguna de ser parecidos, como es el caso de los gemelos, ¿no?».

Nombres, apellidos y apodos

Benilde guarda con igual celo nombres y apellidos raros, así como apodos sumamente interesantes, todos cubanos. Los apellidos, por ejemplo, los reúne en ocho grupos y en 24 subgrupos. Los ocho grupos aluden al amor, el hombre, la naturaleza, la ciudad, la construcción, la educación, la salud y la guerra. En total conserva hasta ahora, entre sus rarezas, 3 033 nombres, 3 829 apellidos y 53 apodos.

Entre los nombres, femeninos y masculinos, hay «maravillas» como Beolsquiteresa, Aimelidrada, Anatilde y Agodeza. De hombres, Normando y Escuperio. En el conjunto de apellidos sobresalen Carnet, Bien y Ayer. Y en el de los apodos, figuran Congrí, Yulo y ¡Cundingo!

¡Ah!, olvidábamos decir que Benilde hace sus propios libros: los escribe, los ilustra, los encuaderna. En fin, Benilde colecciona colecciones.

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