En nombre del padre

El joven padre Rafael Izquierdo Portal, quien trajo de vuelta al hogar a su pequeña hija Elizabeth desde Estados Unidos, recuerda que las verdades, las más profundas, las que no tienen precio, se dicen de manera sencilla

Autor:

Alina Perera Robbio

Es otro el tiempo, es otra la luz en este punto del mundo llamado Cabaiguán. La línea del tren hace pensar en la eternidad, o en ese viaje azaroso y sin retorno que es la existencia humana. Anoche, tres de mayo del año 2010, mientras observábamos el retozo de un ejército de niños deslumbrados por un cocuyo, apareció por una esquina del patio el joven Rafael Izquierdo Portal.

Risueño, mostraba él unas masas frescas de pescado. Porque no solo le sabe a la tierra y a la cría de animales, sino también al arte de la pesca. «Así es como se come esto: fresquito…», comenta y sigue de largo hacia el fondo de su hogar, allí donde se mueven su madre, su hermana, su esposa, sus tíos, los primos…

Hace solo horas llegó de un viaje muy largo con su hija Elizabeth, a quien salió a rescatar a Estados Unidos. Y parece que hace años no se movía de este pueblo del cual estuvo lejos mientras en la retaguardia su familia contaba con el apoyo de las autoridades en Cabaiguán, de amistades y seres queridos. Cuando Rafael regresa a la salita, una interrogante desata su narración que nos arrastra y nos lleva de la risa al llanto; que nos hace, definitivamente, mejores padres y amigos. Mejores personas.

—¿En algún momento pensaste que no ganarías la pelea por tu niña?

—Eso es cosa de humanos. Todo era tan frustrante, que hubo un momento en que quería huir y dejar aquello en Miami. Tuve momentos así, de no tener a nadie con quién conversar. Casi me vuelvo loco. Pero también los tuve de echar para alante. Yo me decía: «Hay que seguir…».

—Te dijeron cosas duras…

—Estando en Cuba, sin saber todavía cómo ir a Estados Unidos para recoger a mi hija Elizabeth, tenía que aguantar que me dijeran: «Ustedes son una pila de bobos. Si quieres yo te hago llegar acá con mis medios…». Así me hablaba Joe Cubas, el hombre al que le habían dado la custodia de la chamaca.

«Desde allá me llamaban los Cubas y me ofrecían dinero, me ofendían, me chantajeaban, se reían de mí cuando yo lloraba de la rabia».

Rafael Izquierdo difícilmente olvide diálogos como estos sostenidos con Joe Cubas:

«Mira compadre —escuchaba Rafael—, tú solo tienes que decirme dónde vas a estar que yo te mando un barco para que se te acabe esa bobería.

«Ustedes están muy equivocados, a mí no me tienen que estar mandando nada. Yo lo que quiero es tener a mi hija conmigo. Mándame a mi hija para acá».

«Eso va a ser imposible».

Una vez el señor Cubas le dijo al joven padre: «Mi mujer quiere hablar contigo». Y las palabras que escuchó después lo sumergieron en un desespero total:

«Nosotros le estamos cogiendo un cariño y un aprecio a la niña…, porque ella aquí ya es una reina. Tiene de todo. No le falta de nada. Apúrate si quieres recogerla. Tú, apúrate, porque sinceramente este afecto y este cariño no me lo va a quitar nadie. Apúrate y ven a buscar a tu hija, porque la vas a perder.

«Señora, ¿cómo usted me va a pedir apuro a mí, una persona que está yendo a todos los lugares, buscando, para poder ir allá legal. ¿Cómo puedo ir ahora a buscar a mi hija? Si ahora mismo fuera, usted no hubiera conocido a mi hija. Yo la habría recogido desde el punto en que la madre no la pudo seguir cuidando».

Rafael evoca: «En ocasiones escuché la voz de Elizabeth. A veces habló conmigo y me preguntó por su hermanita Rachel. Otras veces yo no hablaba con ella y los adultos me decían que ella estaba para el ballet. Honestamente sentí que mi hija era como una mascota en aquella casa».

«No, Rafael, la niña no quiere hablar con usted», enunciaba a veces la señora Cubas cuando el padre llamaba desde la Isla.

Y Rafael, sin rendirse:

«Pero como va a hablar si usted no la lleva al teléfono…».

«No, yo no tengo que meterme en esto».

A veces le comentaban:

«Hola Rafael, la niña no quiere hablar con usted. Se siente ma- lita.

—Pero póngala al teléfono.

—Está dando brincos por allá.

—Señora, ¿pero usted no se da cuenta de que yo quiero saber de mi niña?».

Razones y verdades por delante

Cuenta Rafael Izquierdo que al ver cómo se desempeñaba durante el caso su abogado Ira Kurzban, aprendió para siempre que cuando un adversario no tiene la razón, difícilmente vaya lejos. «La Corte brillaba con la luz de ese hombre, y yo recordaba que, cuando había puesto mi verdad por delante, salía de mis problemas por grandes que estos fueran».

Tiene Rafael muchas anécdotas de su estancia en Miami, «cosas extrañas para mí», dice, y hace silencios breves. La primera cita con la niña en casa de los Cubas, en mayo de 2007, fue un golpetazo al corazón del padre espirituano:

«Había un psicólogo esperando allí a que los niños actuaran. Y a Elizabeth, cuando llegué, le dije que estaba muy linda. En una de esas me toma por la mano y me pasea por la casa. Me pongo de pie y camino con ella. Pido permiso, y el señor Cubas me dice: “esto es de usted”.

«El hermano varón de la niña también me llevó a su cuarto. Y es ahí donde me pasó algo que no esperaba: me enseña un equipo de juego grande, último modelo, y me abre una gaveta llena de dinero. Cuando me hizo eso le dije:

—Coño, papi, eso no es nada, más rico es tener a los padres con uno. Tú para mí no tienes nada. No te preocupes, que en Cuba tu abuelo Pedro te tiene de todo, sin contar una yegua que parió un potrico más bonito que el carajo.

—¿Y cómo está mi abuelo?, dijo el muchacho.

—Loco por verte. Además, traigo una carta que te escribió tu abuelito Pedro.

«Entonces Elizabeth me coge por la mano y me dice: “Vamos, Rafael”; y me saca y abre la puerta trasera. En el patio de atrás tienen una piscina.

«Todavía yo era buena gente para la niña, pero después se me reviró. Ella me enseñó un yate inmenso. Detrás de ese barco había otro, y en eso Joe Cubas me dijo: “Aquel de atrás hace mucho que no lo arranco, ya no sé si arranca, porque ese ni lo toco. ¿Oye, a ti te gusta la pesca…?”.

«Son cosas que a mí sí me encantan —confiesa ahora—, pe- ro… yo no fui a pescar; yo fui a buscar a mi hija. Ese se equivocó».

Guajiro en la audiencia

«Recuerdo la primera vez que me tuve que presentar en la audiencia de Miami —expresa Rafael Izquierdo—; yo iba humilde, decente, limpio, y con una corazonada. Con una razón inmensa.

«Había muchos abogados. Entré con la abogada Magda Montiel. Y la prensa afuera. Aprendí a reírme, aunque por dentro tuviera deseos de llorar.

«Pude ponerme el traje que se me antojara, porque allí siempre hay gente que te quiere y te ayuda. Pero lo hice a mi manera. Y me vino bien, porque después allí casi tuve que sacarle la etiqueta a la ropa y enseñar que me la había comprado en La Habana, allí en la tienda de Carlos III. ¿Qué importaba cómo andaba vestido para recuperar a mi hija? Pero hasta por ahí me atacaron. Quisieron saber de dónde había sacado mi reloj; hasta en el peinado se detuvieron.

«Me dijeron muchas cosas duras: “Este no quiere a su hija”; “este viene mandado por Fidel Castro”; “a Cuba siempre le gusta tener un rollo con Estados Unidos”. La niña empezó a cogerme asco después del primer juicio, ¿por qué? Porque a ella la preparaban 20 días antes de verme.

«Era como si la niña se hubiera tomado un pomo de vinagre. Estaba muy brava. Me dejaba solo en el cuarto de las visitas. Decía que quería estar en el Acuario. Una vez llegó a escupirme, y yo le preguntaba: “¿Por qué me haces esto?”.

«Al final ella terminaba diciendo: “Eso me lo dijeron Joe y María Cubas”. ¿Tú crees que un niño de cuatro años conoce de leyes de emigración? Y la niña mía sabía de leyes. “Si voy para Cuba jamás puedo virar para Miami”, me decía. Entonces yo aguantaba».

Los mejores diálogos

Rafael Izquierdo se desesperaba, y el psicólogo que en medio de aquella batalla le brindó apoyo llegó a expresarle: «No quiero que me cuentes más lo que te hacen; dime qué harás tú para mejorar las cosas».

Desde entonces el padre llevó una guitarra a la visita. Le cantaba a su niña. Y le llevaba dibujos de Cuba, de animales, y mariposas…

«Adelanté con ella», confiesa risueño. Después, en la otra cita, me dio por decirle:

—¿Cómo tú te llamas?

—Yo me llamo Elizabeth Iz- quierdo.

—Chica, ¿tú no sabes quién te puso Elizabeth?

—Mi mamá por una amiga que ella tiene.

—Es verdad. ¿Por qué yo soy Izquierdo? Porque soy tu papá. ¿Por qué tú no eres Cubas? Porque tú no eres hija de Cubas. Ese color de ojos, ese color de pelo, son míos.

«Quisieron hacer con la niña lo mismo que hicieron con Elián. A él lo hicieron decir: “Yo no quiero ir para Cuba”. Con Elizabeth quisieron hacer lo mismo.

«Te voy a decir algo de lo que me hace ganar esta historia.

Yo tenía una camisa que le chiflaba y venía. Hay una ropita que me gusta más que otra. Cada vez que me ponía una camisa de cuadros blancos —qué linda era— la suerte se viraba al revés. Y tenía una camisa que era la azul de listas. Cada vez que me la ponía, era la paz.

«Magda Montiel me decía: “Luce bonito tú que los que están para fajarse somos nosotros”. Una idea buena de la jueza fue que pidió le preguntaran a la niña, así de pronto, ese mismo día, si era verdad que no quería ir para Cuba, y si quería vivir conmigo. La idea fue buena, porque nadie tendría tiempo de preparar a la inocente.

«El psicólogo que supervisaba mi encuentro con Elizabeth, me dijo: “Hoy es tu día: si la niña no te acepta, puede que la hayas perdido. Si la niña te acepta, puede que hayas ganado. Todo está en tus manos”.

«Me dijeron que me apurara, que tenían que grabarlo todo en un mismo disco. Pero yo me tomé mi tiempo. Hilé muy fino. Me senté en el cuartico. Conozco a mi hija. Entró y salió a tomar agua. Y a mí me hacían señas para que me apurara.

«Cuando yo estuve listo de verdad le dije a la niña: “Tengo algo que contarte”. La niña vino hacia mí y me acarició la cabeza. Preguntó:

—¿Qué me tienes que contar?

—Tengo que decirte que quiero vivir contigo. Donde tú quieras. En la casa de nosotros, para que duermas por las noches y yo te pueda calentar la lechita, como se la preparo a tu hermana Rachel.

—Papá, qué rico. ¿Y tú crees que las amiguitas de Rachel me querrán a mí?

—Claro que te quieren igualitico que a Rachel. Las amiguitas de Rachel son las tuyas, y los primos de Rachel son los tuyos.

«Ahí entró el vigilante como un león. Sentí que estaba ganando».

Le brillan los ojos a Rafael Izquierdo. «No pudieron contigo…», le comentan. Y él:

—Nunca me pudieron comprar, nunca me pudieron quitar mis ideas, mis principios. Nunca fallé. Y tengo mucho que agradecerle a todos: a Cuba, a la Revolución…

—¿Y ahora cómo te imaginas que sea la vida?

—Libre, en el sentido de que me voy a quitar de encima la presión esta. Y la experiencia que he adquirido se la voy a transmitir a las amistades, a los amigos, a los vecinos, a quien lo necesite. Por lo demás… a seguir viviendo en familia, a seguir criando animales, a pescar en el río… Esa es la vida mía.

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