Entre el framboyán y la fuente - Cuba

Entre el framboyán y la fuente

Dos criaturas que hasta hace poco parecían hermanas precisan de un arbitraje justo. Luis Guerrero Ricardo, un guerrero silencioso de la belleza y de la vida, está atrapado en una singular duda: salvar lo que nació de la naturaleza o de las manos del hombre. ¿Se podría a los dos?

Autor:

Marianela Martín González

«Es verdad que a él nadie lo sembró; vino al mundo porque la naturaleza lo quiso, pero la otra costó tremendo esfuerzo levantarla, y es el regalo que un hijo de este pueblo le hizo a la comunidad para que se viera linda.

«Hay gente que me dice “Guerrero, tú coges mucha lucha, eso se resuelve con un serrucho y ya”, pero lo que no entienden es que se trata de una guerra entre dos maravillas. Si me dieran a escoger no sabría elegir. Aunque el framboyán llegó de último, desde que nació es compañero inseparable de esta fuente, que ya tiene más de 50 años. Los estragos de la indisciplina social, que ha dejado a esta belleza sin sus luces, la indiferencia de quienes deberían preocuparse por el entorno… todo eso lo han vivido juntos».

Visiblemente preocupado por lo que pueda ocurrir, Luis Guerrero Ricardo comienza a hablar de las fuerzas naturales que amenazan a su fuente, una fuente seca, pero todavía bella, capaz de brindarle un toque de elegancia al reparto INAV, y ser un referente para que no se pierdan quienes se aventuran a llegar por vez primera a este apartado paraje del municipio de Boyeros, en la capital del país.

Desde hace casi tres años Guerrero se gana el pan en este sitio. Arranca las malas hierbas, para que no se vuelvan brotes de «baobads», los árboles inmensos a los que tanto le temían en la tierra de El Principito, el personaje de la obra maestra de Antoine de Saint-Exupéry. Un niño obsesionado por proteger a una rosa, como también lo está este hombre por salvar a la fuente.

Según nos cuenta Guerrero, hace falta un especialista que dicte sentencia en pos de salvar la fuente o a ambos contrincantes. Dos criaturas que hasta hace poco tiempo parecían hermanas, ahora precisan de un arbitraje justo. «Ya son tan arrogantes las raíces que es inminente la caída de la fuente. Insinuar talar el árbol es un disparate. Habrá gente del barrio que se va a disgustar. Mucho más ahora que está bello de verdad, porque la primavera lo llenó de flores; pero algo hay que hacerle para evitar que aplaste a su compañera», sentencia Guerrero, mientras barre los pétalos anaranjados que el framboyán derrama en el regazo de la fuente, donde otrora nadaban peces de colores.

La obra que patrocinó el chino José Manuel Blanco —quien por su hoja de servicios a favor de la colectividad ha perdurado en la memoria local como un ser generoso— ha sido atendida durante más de medio siglo por gente tan laboriosa como Guerrero; hasta manos femeninas han procurado que el descuido, en complicidad con el fango y la hojarasca, no la entierren en vida.

El mayor sueño de quienes han defendido la integridad de la fuente es que algún día recobre la elegancia que cautivó a tantos transeúntes para tomarse fotos, incluso a las quinceañeras que elegían este lugar para posar, a la usanza del momento, y dejar constancia de que «la belleza es un rabo de nube que sube de dos en dos las escaleras», como advierte la letra de una canción de Joaquín Sabina.

«Cuando empecé a trabajar aquí pensé que era posible devolverle el encanto. Organicé en mi cabeza todo lo que podía hacer para revivirla, sin necesidad de tantos recursos. Todos los días le paso la mano, porque siempre hay algo nuevo que hacerle. Este es mi centro de trabajo, como lo es para un maestro su aula.

«Vengo con mis instrumentos, mi pomo de café y mis cigarros y los coloco en una de sus piedras, junto con el radiecito; así la jornada se hace más amena y el tiempo corre sin darme cuenta. Las personas que pasan también me animan, me lanzan piropos cuando ven cómo ha cambiado.

«Una de las primeras cosas que hice por esta belleza fue pedirle al dueño de la guarapera que está cerca de aquí que me regalara algunas matas para sembrar el césped. Escarbé tanto tratando de salvar los adoquines que pude además recuperar las aceras que tenía a sus alrededor. Cuando ya tenía otro rostro, un camión altísimo golpeó el arco y le tumbó un pedazo.

«Ángela Gandarilla, la compañera que fue nuestra delegada hasta hace poco, enseguida gestionó los materiales para repararla. Con buchitos de pintura que la gente me regala la mantengo, pero no estoy conforme con su imagen. Esta era la fuente más linda que yo he visto, y quisiera devolverle esa imagen, aunque tenga que ver al mismo Eusebio Leal en persona».

Uno de los árboles más coloridos

Los cubanos lo llaman framboyán o flamboyán, una corrupción del francés flamboyant. El término galo significa «llama» y se le bautizó así atendiendo al rojo fuego de las flores. Pertenece a la familia de las caesalpiniaceae y es oriundo de Madagascar. Llegó a Cuba a mediados del siglo XIX.

En el país algunos han desestimado a este como árbol decorativo, porque pierde las flores en el invierno y toma un color feo. En su lugar plantan el llamado framboyán amarillo que no pierde el follaje.

Aunque no es propiamente originario de las zonas tropicales de América, el framboyán está considerado como uno de los árboles más coloridos del mundo, debido a sus flores rojo anaranjadas y follaje verde brillante. Fue introducida por los españoles al continente en el siglo XVI. En otras partes del mundo, como en Estados Unidos, crecen únicamente en Florida. En Hawai, Puerto Rico y las Islas Vírgenes también se logra. En Australia se considera una especie invasora, porque su densa y amplia sombra impide el crecimiento de otras especies vegetales a su alrededor.

Su ciclo de floración se presenta regularmente entre los meses de abril, mayo y parte de junio; sus flores son grandes, con cuatro pétalos que pueden medir hasta ocho centímetros de longitud y un quinto pétalo llamado el estándar, que es más largo y manchado de amarillo y blanco. Sus vainas son leñosas, de color castaño oscuro en forma de cayuco, de 60 centímetros de longitud y cinco de ancho. (Tomado de Internet)

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