El mediodía del alma

Los seguidores de La tecla del Duende volvieron a reunirse este fin de semana en el poblado de Guaracabulla, el centro de Cuba, como hace cuatro años los convocara el periodista Guillermo Cabrera Álvarez

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Habrá que contárselo a Frank y Jorge. Habrá que decirles que con tres meses de vida fueron al centro de Cuba en brazos de sus padres, y sus ojitos gemelos, que apenas comenzaban a ver mundo, reflejaron una enorme cofradía.

Porque mañana pueden desaparecer cosas y hombres, pero los meridianos sentimentales seguirán atravesándonos de igual suerte.

Hasta el poblado de Guaracabulla, mítico punto medio de la Isla, llegaron este domingo tecleros de uno y otro extremo del caimán, como si los dos brazos de tierra mojada por el Caribe quisieran unirse en un apretón de manos.

Fue en 2007 cuando el periodista Guillermo Cabrera Álvarez tuviera la genial idea de convocar a los lectores de sus ocurrencias para hablar de sus centros vitales, a mitad del año, del día y de la geografía antillana.

Entonces, tras el gozoso bullicio de su familia gigante, el Guille se fue en silencio, como suelen quedarse los imprescindibles. Pero el santo y seña para recordarlo ha sido el entusiasmo, los destellos del ingenio que en él marcaban un estilo.

Juventud Rebelde, que lo tuvo muchos años en su nómina de soñadores, volvió tras los pasos del maestro de la prensa, ilusionado con redactar una crónica a muchas voces para encender «la ilusión y los rosales».

El sábado tres, en la villa del Espíritu Santo, cumpleañera por cuarta ocasión, fraterna siempre, con Arminda en el Madrigal de la bondad; la Toyos, que arrastra en su tren de embullo; Dennis, flaco por los amores; aquella profesora de jóvenes antiguos; Ada, la de las manos-prodigios, y tantos y tantos ocurrentes que hacen cada mes una hoguera...

En la mañana dominical, juntos en el epicentro de la Gran Antilla. Primero en la casa de Cultura que lleva el nombre del cronista; luego, en el círculo social en el que confluyen los alegrones del poblado.

Y como suele ocurrir en estos encuentros sin protocolos ni distancias, el cordial dislate fue una maravilla. La avileña Enma y la capitalina Walkiria discutiendo su «ancianitud» como si en ello les fuera la militancia de la Tecla; Katy y Teresa emocionándonos con sus cartas al amigo «que presintió su último día y nos citó para despedirse»; Román y Pablo en versos y lectura temblorosamente buenas; Isaylis, a nombre de los sanjuaneros, reviviendo desde las querencias las palabras imprescindibles; El Moro de Matanzas, con su vozarrón de coloso risueño...

También Mileyda, para evocar al abuelo que nos haría una caldosa y tuvo que partir antes; La Bala, que casi sin pólvora llegó desde Las Tunas; Tania, chispeante Voz de Mandarina, en la ausente cercanía que nos alienta.

¿Y el arte? Repartido lejos en el torrente de voz de Yoani Ballester y Raquel y Suany del Castillo; la belleza melódica de Alicia y Aimara; las estampas risueñas del Cañón; las  artesanías de Raiza y Léster, o el pincel de Pedrito Osés, vivo en el lienzo de las memorias.

Al umbral de la despedida, gracias a la generosidad de la juventud villaclareña, la siembra colectiva de dos ceibas que relevarán en su misión de vigía a la anciana centenaria. Y como apuntó Alejandro, el duende astrónomo, justo a la hora del mediodía solar en Guaracabulla: una y 23 minutos de la tarde.

¿De qué le sirve a tanta gente pasar sueño y venir de lejos, y dormir en las terminales para unirse en este fugaz abrazo? «No sé, dijo pausada Enma Mayoral. A mí me ayuda a vivir».

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