Ponerle alma hasta a lo más simple

La verdadera recreación es aquella que se sustenta en espacios múltiples despojados de toda rigidez

Autores:

José Luis Estrada Betancourt
Kaloian Santos Cabrera
Alina Perera Robbio
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Hasta hace poco apenas existía en Las Tunas un lugar a dónde ir, sobre todo cuando asomaba el fin de semana. Bien alejada del mar, la ciudad que constituye el balcón del oriente cubano solía estar dormida en horas de la mañana y parecía desperezarse cuando la Carretera Central, que parte en dos la cabecera de la provincia, se inundaba de ofertas gastronómicas en restaurantes que convidaban a «comer afuera». Entonces irrumpía un mar de gente, muchos con botellas en sus manos, que desandaban sin cesar la parte histórica de la urbe.

Ni siquiera las noches sabatinas, clonadas a la usanza de lo que sucedía a lo largo de la Isla, lograban satisfacer a los tuneros que no sabían si bailaban un corrido mexicano, un reguetón, timba o merengue, o todo a la vez. Todo era ruido y competencia absurda cuando lidiaban la pésima música grabada con las presentaciones en vivo de variadas agrupaciones.

Hasta los más asiduos protagonistas de esas jornadas ansiaban que cambiara de una vez el panorama recreativo tunero, que de un tiempo a esta parte está dando señales diferentes, y para bien, en una ciudad que padecía el «mal del canguro»: muchos artistas y agrupaciones de primer nivel daban un salto durante sus giras nacionales, por cuenta del cual muy pocas veces ponían los pies en la provincia.

Para felicidad de no pocos, la dolencia ha empezado a encontrar cura en la misma medida en que va creciendo el proyecto del Bulevar en la capital de la escultura cubana. Desde 2009 hasta la fecha, por ejemplo, por la escena del reparado y acogedor Teatro Tunas han desfilado desde Frank Fernández, el Ballet Nacional de Cuba y la Camerata Romeu, hasta Pancho Amat y María Victoria Rodríguez, el Ballet de Camagüey, los eventos Boleros de Oro y A tiempo con la danza, además de la Orquesta de Cámara Música Eterna, que dirige el maestro Guido López Gavilán, sin dejar de recibir a los de casa: Norge Batista celebrando sus 20 años de vida artística, la Orquesta de Guitarras Isaac Nicola, o el gran concierto de graduados de la Escuela Vocacional de Arte, quienes conformaron la primera Orquesta Sinfónica Infantil de Las Tunas.

Es en la misma taquilla del teatro donde, por un valor de diez pesos, se pueden adquirir las entradas para acceder al Café Cantante, cuya oferta gastronómica se mantiene en moneda nacional, y que trabaja de martes a domingo hasta las primeras horas de la madrugada. Decorado y climatizado, este espacio ofrece en las noches la oportunidad de apreciar la actuación en vivo de artistas de prestigio en el territorio, mientras que los sábados se convierte en el Café Fiñe, donde artistas del Guiñol y Teatro Tuyo, o como Lesbia de la Fe, propician que los niños jueguen, canten y bailen a su gusto.

No muy lejos de allí se ubica otro espacio mágico: el Piano Bar Ébano y Marfil, como la recordada canción que popularizaran Stevie Wonder y el ex Beatles Paul McCartney. Se trata de un sitio donde viven «en perfecta armonía» la coctelería variada y de calidad (el valor máximo de un irresistible trago es de nueve pesos), el trato exquisito, el buen gusto y la música instrumental que desearía todo aquel que se siente enamorado.

También invitan a los encuentros más íntimos las peñas que organiza el Centro Cultural Huellas. Dotado de una galería de arte, Huellas, donde también pueden gastarse energías por medio del baile, sirve de cobija a la exitosa peña Prodigiosa (desde hace dos años, los segundos viernes de cada mes), pero también a las de Batista, Contrapunto, a un espectáculo de variedades…

Mientras en el Piano Bar se escuchan los «bolerones», como un joven pianista ha bautizado a las piezas que interpreta para animar el ambiente, se piensa en que las posibilidades de hacer feliz a la gente, con imaginación y sentimiento, son ilimitadas.

De monte y ciudad

El Parque 26 de Julio es el ideal para quienes prefieren poner a prueba el ritmo de sus cuerpos después de pasar por la heladería Las Copas —donde abundan los sabores—, por las recién remodeladas pizzerías o por los restaurantes Nuevo Milenio, 2007, La Avenida…

El recinto, que antaño permanecía subutilizado, pues solo albergaba a las ferias agropecuarias cuando había, se ha transformado en el lugar más visitado por la familia tunera, no solo porque allí, mientras escuchan a algún que otro mariachi o se deciden a subirse al palo encebado, encuentran productos cárnicos, del agro e industriales, junto a decenas de servicios, sino porque es también el espacio donde en horario nocturno los jóvenes prefieren bailar, mientras siguen con la mirada el clip de su preferencia, en tanto los pequeños los fines de semana, en las mañanas, se deleitan con golosinas, refrescos y helados, después de cansarse de jugar.

«Así y todo, a algunos de mis amigos no les parece bien, —dice empapado de sudor Alejandro García, de 15 años—. La música les gusta, sí, y hasta se divierten cuando vienen, pero no poder entrar con una botella de ron… No sé; la verdad es que yo no la necesito. Me divierto muchísimo y llego a la casa feliz y listo para dormir», termina el adolescente, que acaba de aprobar su noveno grado, mientras otros, intrigados por la pregunta que le acaba de hacer Juventud Rebelde, parecen decir con sus rostros que no están muy de acuerdo con el muchacho.

Es el caso, por ejemplo, de Yunieski Fernández, contemporáneo con García: «¿Y qué tiene de malo tomarse unos tragos con los amigos? Yo sé que si se permite la entrada de bebidas alcohólicas, después vienen los problemas, pero… ¿Nada de nada?». Y su novia, Yaneisy Suárez, le sale al paso: «Papito, es que tú siempre estás en lo mismo…».

Pero no es solo en la tierra de El Cucalambé donde han aparecido otras opciones para pasar de la mejor manera el tiempo libre. En el sureño municipio de Jobabo, a 38 kilómetros de Las Tunas, los habitantes se divierten aprovechando las potencialidades del territorio y explotando lo que les es tan afín: la tierra y su cultivo.

Aunque les encanta ir alguna vez a la ciudad principal de la provincia, los niños, vestidos de vaqueros en miniatura, gozan de lo lindo colocándose entre sus cortas piernas unos palos que sus padres han cortado cuidadosamente, y corren veloces intentando engarzar alguna de las argollas que penden de lo alto, mientras imaginan que cabalgan en el más brioso de los corceles. Entre tanto, otros hacen nudos «extraños» que aprendieron en el Movimiento de Pioneros Exploradores, y el resto, divididos en dos grupos, tiran de una soga casi ahogados de la risa.

«Son los mismos juegos que hacíamos cuando éramos unos “chamas”. Claro, también gustan de los nintendos y las bicicletas, pero disfrutan estos tradicionales», se apura a esclarecer Roberto Rodríguez, agricultor de 40 años, quien desde lejos vigila a su pequeño Raulito.

Lo hace sobre todo para tranquilizar a María Antonia Bermúdez, su esposa, quien con un trapo en la mano permanece lista para espantar a las moscas, que quieren probar, antes que todos, los mejores platos que se cocinan en la comunidad.

¿El Mejunje tiene la llave?

Si algún día se reconstruye a fuerza de arraigo popular la historia cultural cubana de los últimos 25 años, habrá que reservarle un lugar de privilegio en tan singular registro a El Mejunje, institución ya imprescindible en el acontecer santaclareño y descollante en el panorama artístico nacional.

Ramón Silverio, máximo promotor y guía del emblemático centro cultural, no lo piensa dos veces para adentrarse en las razones sobre las que considera descansa el éxito de dicha institución: la variedad y la constancia.

«Cualquier opción recreativa, por simple que resulte, necesita ser un hecho planificado, tanto por quienes la proponen como por quienes la disfrutan. Desde un primer momento hay que prever una disciplina de espacio y tiempo. Yo no puedo anunciar una actividad para el martes y la semana que viene hacerla el jueves. Eso irrespeta al público, lo violenta, y va en detrimento de la seriedad con que será acogida la opción.

«Uno tiene que saber qué quiere con lo que está haciendo, quiénes son los destinatarios: si se trata de jóvenes, de adultos, o de niños. En El Mejunje, por ejemplo, se ha dado un fenómeno muy particular: muchas personas han llegado interesadas en escuchar determinado género y terminan atrapados lo mismo por el rock que por la trova.

«Si algo ha posibilitado esa redimensión del público, es la posibilidad que este ha tenido aquí de decidir cómo satisfacer sus propios gustos. Nadie lo ha impuesto, son aquellos que vienen con asiduidad quienes han hecho suyo el espacio».

—¿De qué modo se logra eso?

—Es cuestión de tiempo, de sistematicidad. Te lo dice una persona que ha dedicado buena parte de su vida a fomentar la diversidad de opciones, pues considero que la verdadera recreación es aquella que se sustenta sobre espacios múltiples, despojados de rigidez. Aún no acabamos de entender que el acto de recrearse es, por encima de todo, un acto de placer por medio del cual la persona debe sentirse libre, dueña de sí y del espacio. De lo contrario, estamos proponiendo, pero no logrando.

«Ahora bien, cuando el artista o promotor hace concesiones a la improvisación forzada o a la trivialidad para ganar público, lo que inicialmente previó no pasa de ser una buena intención. Si algo ha de prevalecer siempre, es el intento de ponerle alma hasta a lo más simple. Y considero que hacen falta muchas cosas más…».

—¿Acaso lo material?

—Ese es un factor muy importante. Sin recursos no es fácil hacer, pero sin ideas, ni deseos, ni pensamientos abiertos a la pluralidad, tampoco. Hay que potenciar el talento, la inteligencia, la vocación, la espontaneidad y otros elementos que rondan el mundo de la cultura y el espíritu humano.

—¿Cuáles serían esos otros atributos?

—La pertinencia, la originalidad. Es ahí donde radica el éxito de El Mejunje: en que la envoltura del producto se ha hecho diferente. No hablo de que sea mejor o peor, me refiero a que siempre ha tenido un gustillo particular, propio.

«A mi juicio lo que ha llevado al fracaso a muchos proyectos es el hecho de que son asumidos por decreto, porque “hay que hacerlo y ya”, y no como resultado de una necesidad o de una motivación salida de la misma sociedad.

«No posee ningún sentido exportar la concepción de El Mejunje a otras provincias sin que exista un interés por eso, pues se trata de un espacio de raigambre santaclareña; de un fenómeno sociocultural propio de esta ciudad, que no tiene por qué darse de igual forma en otras plazas del país. En la recreación, como en la cultura, los espacios no pueden crearse de manera artificial».

A puro riesgo

Convencida de que proponer trae consigo incertidumbres, la poetisa Isaily Pérez González, directora de la editorial Sed de Belleza y presidenta de la Asociación Hermanos Saíz en Villa Clara, prefiere entender la recreación desde una perspectiva cultural dada a trascender lo meramente artístico y que se ubica en un sentido más bien antropológico, como algo consustancial al hombre.

«No creo que deba hablarse de una nómina rígida de opciones dispuestas para la relajación, el divertimento o el desahogo pleno del ser humano. Pienso que en un mismo espacio geográfico pueden coexistir tantos modelos recreativos como seres sean capaces de hilvanar ideas en torno a su propio disfrute personal.

«El hombre tiene muchas potencialidades para combinar preferencias, estilos de vida, y resultar siempre diferente de sus semejantes.

«Si comprendemos la recreación como esa gama de propuestas socialmente establecidas o al menos conocidas, sería preciso considerarla también un acto de elección, en el cual uno decide cómo concretarla a partir de sus competencias, sus experiencias de vida».

—¿Qué papel desempeñan las instituciones en ese vínculo entre el hombre y su posible recreación?

—Es una relación interesante, de permanentes influencias, de intercambio, aunque no siempre recíproco.

«Una persona, por ejemplo, decide ir a la playa a relajarse, pero si en ese contexto se potencia también el quehacer de instituciones que aporten al bienestar, esa atmósfera de esparcimiento adquiere mayor valor y se enriquece.

—¿De qué carecen las propuestas de algunas instituciones?

—De sentido de pertenencia, de experimento. Si uno no se atreve a variar, no hará nada nunca, porque jamás saldrá de lo común. Como dice Silverio, lo infraestructural también interesa, pero el mérito está en buscar cómo recrearnos a partir de las particularidades generadoras de cada territorio, teniendo en cuenta el valor que tanto las instituciones como el propio hombre pueden aportar, cuando se sabe que no son muchos los recursos.

«Mientras más creativas sean las personas, más placentera podrán hacer su recreación en cualquier lugar, sobre todo en aquellos espacios geográficos donde las instituciones dirigen su trabajo hacia grandes núcleos poblacionales, y por consiguiente tienen ante sí a un público más exigente.

«Hay que tener en cuenta las tradiciones, las experiencias y los hábitos de vida de cada cual, y entender que el disfrute, la liberación y el goce humano no aceptan etiquetas ni moldes; siempre estarán cambiando, como mismo cambian las generaciones; por lo que seguir corriendo el riesgo, o al menos intentarlo, es tal vez la única forma de concebirlo mejor».

Datos para meditar

Al principio le sucedía invariablemente lo mismo: cada sábado salía en las mañanas con su hijo a recorrer uno de los museos de la ciudad. Se detenía frente a cada retrato, pintura u objeto y trataba de contar al niño la historia que se escondía detrás de cada pieza.

La mañana transcurría siempre apacible y entretenida para los dos, pero luego, cuando iban de regreso a casa, el niño le preguntaba: «Papá, ¿cuándo me vas a llevar a pasear?». La habían pasado bien, sí, pero era como si los genes del pequeño ya guardaran un cúmulo de información sobre los modos de esparcimiento del cubano.

Ello podría explicar las razones por las cuales, a pesar de existir múltiples instituciones culturales en la Isla, muchos cubanos manifiestan insatisfacción en cuanto a las opciones recreativas. ¿Cómo es posible cuando tienen lugar tantos conciertos, presentaciones de obras teatrales y danzarias en espacios cerrados y públicos, presentaciones de libros, aperturas de exposiciones…?

La segunda Encuesta Nacional de Consumo Cultural, que durante el año 2009 llevó a cabo el Instituto Cubano de Investigación Cultural (ICIC) Juan Marinello, con la Oficina Nacional de Estadística —la que involucró a 34 905 personas (de ellas 1 522 adolescentes de entre 12 y 14 años) de la parte urbana y rural de todo el país—, indica que el 97,9 por ciento de los menores de 15 años ven la televisión al menos una vez al día (en los mayores un 88,5) y sin embargo no la sitúan entre sus preferencias a la hora de la recreación.

Este estudio, que tiene entre sus objetivos caracterizar los intereses y motivos que condicionan las prácticas culturales de la población cubana, pone de manifiesto que entre los encuestados adolescentes, el 40,4 no va al teatro y que el 39,1 no lo ha hecho, pero le gustaría. Algo similar ocurre con los espectáculos culturales, las galerías, las casas de cultura, comunal o de la trova.

Al menos una vez al año, la población adulta, además de ver televisión, se interesa fundamentalmente por escuchar música (71,6) y radio (62,7), leer periódicos o revistas (41) y ver videos y DVD (24,3). Sus prácticas más habituales en ese lapso de tiempo y con idéntica frecuencia son: departir con familiares y amigos (66,7), ir a fiestas y/o guateques (28,6) y tomar cerveza, ron u otra bebida alcohólica (28,2).

Resulta llamativo cómo de este grupo poblacional, un 62,2 por ciento gusta de ir a las tiendas una vez al mes, y que el 21,7 lo haga una o dos veces al año. Sin embargo, el 62,3 por ciento nunca ha ido al teatro, y el 22,6 tampoco ha tenido esa vivencia, aunque le gustaría. Lo mismo sucede con las galerías y los museos (64,6 / 19,2) y con las casas de cultura, comunal o de la trova (67,7 / 17,8).

Entre las razones que argumentan para explicar su poca participación en la programación cultural, incluyen: problemas con el transporte (51,5); precios altos (47,5); falta de tiempo o no tener con quién ir (41,9); escasas opciones e instalaciones (41,4); falta de variedad y calidad de las propuestas (24,2); y escasa propaganda e información (15,9), por solo mencionar algunas.

Resultan recurrentes entre las motivaciones que enuncian los adultos para emplear el tiempo libre: departir con familiares y amigos (59), mantenerse informado (21,8), entretenerse (13,1) y estar a la moda (1,7).

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