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Cambiadores de vidas

Se han dedicado enteramente a la transformación de almas complicadas; para eso, estos tres trabajadores sociales han tenido que estudiar bastante y saltar ciertas incomprensiones

Autor:

Osviel Castro Medel

EL COUNTRY, Bayamo, Granma.— La noche se ha cargado de llovizna y de ecos de truenos. Sin embargo, un grupo de vecinos permanece «atrincherado» con sillas de distintos tamaños en uno de los terraplenes del barrio El Country, a cuatro kilómetros de la Ciudad Monumento.

Pese al posible aguacero todos están como hechizados, escuchando las palabras de tres jóvenes que en la noche hacen de «maestros». Estos lanzan chistes, mandan a participar, sumergen a cada poblador en la meditación y, sin tejer melodramas, hasta provocan lágrimas en algunos de los presentes.

Tales guías son Rosa María Núñez, Reydis Jorge Espinosa y Hermes Aldana, trabajadores sociales que han ganado notoriedad en Granma por los más de 55 talleres impartidos en caseríos y vecindarios, que han logrado cambiarles la vida a muchas personas.

Ellos demuestran, después de haber chocado con numerosos conflictos, que acaso hoy hacen más falta que nunca los llamados médicos del alma, los cuales, según palabras de los tres, «nunca deben burocratizar su trabajo ni convertirse en llenadores de papeles».

No por gusto su «experimento» práctico fue presentado a más de 150 personas de distintas provincias en el primer taller nacional de sistematización de experiencias «El trabajo social en la prevención del delito», que sesionó en abril en esta provincia.

«Tratamos de trabajar con las causas de los problemas, no con los efectos. Nos hemos encontrado varias complicaciones que pueden atenuarse porque no requieren de grandes recursos, sino de un poco de atención», dice Rosa, de 21 años.

«Empezamos por una comunidad rural de Bayamo llamada La Piedra, donde la higiene de la mayoría de los vecinos, por tradición, no era la mejor; los persuadimos de distintas maneras y el panorama cambió, aunque antes tuvimos que trabajar junto al delegado para mejorar el abasto de agua. Los trabajadores sociales tienen que llegar más a la familia, ser parte de ella», agrega, mientras sostiene un papel donde se plasman las comunidades visitadas y los distintos temas impartidos en los talleres.

De esos inicios, los tres recuerdan una jornada en la que muchos pobladores del sitio donde se desarrollaría el primer intercambio de experiencias acudieron sin camisa y hasta descalzos. «No comprendían nuestro objetivo. Además, notamos enseguida que era necesario cambiar la mentalidad de aquellas personas; que ganaran en autoestima y corrigieran sus hábitos. Tuvimos que hacerlo con mucho tacto, porque era difícil decirlo abiertamente; nos fuimos colando hasta lograr una metaformosis», señala Reydis, de la misma edad de Rosa.

Para el «veterano» del trío, Hermes, de 27 años, lo más maravilloso de este proyecto es haber visto cómo los mismos vecinos han descubierto sus problemas y se han convertido en agentes del cambio. «Disfrutamos mucho las dramatizaciones que realizan por indicaciones nuestras y algunas nos hacen temblar por la carga emotiva y los problemas que revelan».

Ahora el programa iniciado desde principios de 2009 tiene un nombre largo: Proyecto de transformación y apoyo psicosocial: vida y salud comunitaria. En este prevén, después de un diagnóstico exhaustivo, la atención a ancianos solos, alcohólicos, niños con problemas, marginados, personas víctimas de violencia intrafamiliar, individuos que sufren maltrato psicológico…

Pero más allá de calificativos lo trascendental es que les han inyectado bríos a residentes de barrios como El Country, Las Tamaras, Entronque de Guisa, Marmolera, La Piedra, Cruce de Figueredo, Los Cocos, Gallardo…

Heridas emocionales

Los tres «muchachos» han orientado formar dos equipos a los vecinos. Los integrantes de cada uno escribirán en un papel gigante las frases que consideren más hirientes en el hogar; luego las más agradables.

Así se completa una lista de expresiones: «No debería haberte conocido»; «Me da pena que seas familia mía»; «Nunca haces nada bueno»; «Eres un bochorno»; «Me das todo el dinero o nos divorciamos». Y la otra: «Te necesito, no sé vivir sin ti»; «Nuestra familia es lo más bello en el mundo»; «Estoy orgulloso de ti»; «Somos uno solo»…

Hermes, haciendo de moderador, pide criterios sobre las primeras frases. Los vecinos se destapan. Comienzan a hablar de experiencias propias. Alguno se hace una autocrítica y dice que cierta vez empleó la violencia verbal con los suyos; confiesa: «No me daba cuenta».

Sobre estas técnicas participativas, Reydis señala que propician la confianza, el autoanálisis y la reflexión. «Son muchos los que se han acercado para plantearnos que después de los talleres sus familias funcionan mejor».

Y cuenta que en una de esas sesiones, que trataba sobre heridas emocionales, una mujer se levantó delante de todos y empezó a decir, llorando, que ella maltrataba a sus hijos y que no lo iba a hacer más.

Rosa agrega que el proyecto comunitario también conlleva a que los pobladores se autodescriban, con sus luces y sombras. «Así nos hemos sorprendido con individuos que a la hora de dibujarse a sí mismos se han pintado como animales dentro de la familia. Por supuesto, hemos procurado superar esa realidad y en muchos casos se ha conseguido».

Actores y directores

Cualquiera cree que estos jóvenes, por su lenguaje y los temas que imparten, están estudiando Psicología. Sin embargo son alumnos de la carrera de Derecho, en el sistema de universalización de la Enseñanza Superior.

Por eso confiesan que les lleva un «tiempo considerable» prepararse para cada taller. «Nos han ayudado mucho los profesores de Psicología de la Universidad de La Habana, como las doctoras Patricia Ares, Lourdes Ibarra Mustellier y María Teresa García, entre otros. Nos han enviado los temas impresos por distintas vías y hemos tenido que estudiarlos con detenimiento, porque hacemos nuestro trabajo con seriedad y rigor. Y siempre aspiramos a no aburrir a nuestros interlocutores», explica Hermes.

Gracias a esa preparación les han podido hablar a los moradores de las comunidades sobre comunicación, autoestima, valores, heridas emocionales en la familia, apoyo a los adultos mayores, conflictos hogareños y otros temas. «En las comunidades hay personas con bajo nivel cultural, pero también otras muy preparadas, que nos formulan preguntas, intercambian ideas con nosotros y eso nos ha llevado a consultar mucha bibliografía».

Reydis explica que siempre preparan ciclos sobre los diversos tópicos, que no son inflexibles. «A veces hacemos de actores para reflejar en una escena teatral un problema social, y en ocasiones les pedimos a ellos que actúen; los que nunca faltan son los ejercicios de participación».

Rosa asegura que los éxitos en el proyecto hubieran sido imposibles sin la intervención de los factores de la comunidad. «Lo primero que hacemos, antes de iniciar los talleres, es contactar con los líderes formales: el presidente del CDR, el delegado, la secretaria del bloque de la Federación. En algunos lugares hemos contribuido, sin pretenderlo, a que funcionen, porque no lo estaban haciendo».

Para ellos esta forma de vincularse con los responsables de las organizaciones de masas resulta una de las armas para triunfar. «Si el trabajador social no se percata de que debe ser un investigador, un estudioso de la comunidad, fracasará. Él no es un repartidor de cosas, ni un ser humano que se pone un pulóver con un letrero para reunirse y cumplir. Necesita movilizar, orientar, educar, conocer y, sobre todo, prevenir», filosofa Reydis.

Reto a la novela

La llovizna ha cesado; el taller está a punto de finalizar y, pese al horario de la novela, nadie se ha movido de su sitio.

Hermes deja unas «tareas» para el próximo encuentro, dentro de un mes. Rosa dobla los papeles; Reydis recoge la mesa. Pronto los tres irán a la casa de este último, donde analizarán qué falló esta noche o qué pudo ser mejor. Hay una sonrisa disimulada en sus rostros. No han entregado nada material a personas que tienen carencias; solamente han regado en las almas de gentes humildísimas un poco de ánimo y esperanza.

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