La realidad es una loca de remate

Fragmento tomado de El libro de los abrazos

Autor:

Eduardo Galeano

Dígame una cosa. Dígame si el marxismo prohíbe comer vidrio. Quiero saber.

Fue a mediados de 1970, en el oriente de Cuba. El hombre estaba ahí, plantado en la puerta, esperando. Me disculpé. Le dije que poco entendía yo de marxismo, algo no más, alguito, y que mejor consultaba a un especialista en La Habana.

—Ya me llevaron a La Habana —me dijo—. Allá me vieron los médicos. Y me vio el Comandante. Fidel me preguntó: «Oye, ¿y lo tuyo no será ignorancia?».

Por comer vidrio le habían quitado el carné de la Juventud Comunista.
—Aquí, en Baracoa, me hicieron el proceso.

Trígimo Suárez era miliciano ejemplar, machetero de avanzada y obrero vanguardia, de esos que trabajan veinte horas y cobran ocho, siempre el primero en acudir a voltear cañas o a tirar tiros, pero tenía pasión por el vidrio.

—No es vicio —me explicó—. Es necesidad.

Cuando Trígimo era movilizado por cosecha o guerra, la madre le llenaba la mochila de comida: le ponía algunas botellas vacías, para el almuerzo y la cena, y para los postres, tubos de luz fría en desuso. También le ponía unas cuántas lámparas quemadas, para las meriendas.

Trígimo me llevó a la casa, en el reparto Camilo Cienfuegos de Baracoa. Mientras charlábamos, yo bebía café y él comía lámparas. Después de acabar con el vidrio, chupaba, goloso, los filamentos.

—El vidrio me llama. Yo amo al vidrio como amo a la Revolución.
Trígimo afirmaba que no había ninguna sombra en su pasado. Él nunca había comido vidrio ajeno, salvo una vez, una sola vez, cuando estando loco de hambre le había devorado los anteojos a un compañero de trabajo.

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