Latidos de un corazón «bloqueado»

Cientos de niños cubanos sufren cardiopatías congénitas en su primer año de vida. Dispositivos que permiten la realización del cateterismo, una técnica menos invasiva y riesgosa, son negados al país por el Gobierno norteamericano

Autor:

Mayte María Jiménez

Apenas 24 horas son determinantes para salvar la vida de un cardiópata crítico recién nacido. Si en ese primer momento el bebé que sufre la anomalía congénita no es atendido es muy poco probable su supervivencia.

Debido al déficit de oxígeno, la piel, los labios y los lechos de las uñas se vuelven azules, la respiración se hace irregular, rápida y jadeante, y las complicaciones no demoran en aparecer.

Ante este padecimiento una de las técnicas más empleadas y efectivas es el cateterismo intervencionista, mediante la cual se pueden corregir los defectos del sistema cardiovascular en los pequeños, con menor riesgo de complicaciones quirúrgicas.

Los niños salen más rápido de la etapa de recuperación, pues este proceder no es tan invasivo como lo puede ser una cirugía a corazón abierto, o con circulación extracorpórea, prácticas muy peligrosas para una persona tan pequeñita.

Sin embargo, para nuestro país es cada vez más difícil el acceso a los dispositivos y a algunos de los equipamientos con los que se realizan estas prácticas médicas, así como para el diagnóstico de esas enfermedades.

Desde el año 2007, Estados Unidos, uno de los mercados más avanzados y cercanos a Cuba, ubicó al Cardiocentro Pediátrico William Soler en la categoría de hospital denegado, por lo cual se le imponen condiciones para la venta de estos productos que le hacen imposible el acceso a los mismos.

Como consecuencia del bloqueo económico, financiero y comercial a Cuba, explicó a JR el doctor Ramón Casanova, director fundador del Cardiocentro Pediátrico William Soler, actualmente una de las principales afectaciones que sufren es la negativa de compañías estadounidenses como AGA a venderle dispositivos necesarios para este proceder.

Conectores como el amplatzer, que permite el cierre de arterias disfuncionales, catéteres de perfil pediátrico y coils de liberación controlada son negados al país y como resultado se hacen cada vez más costosos y demoran más en llegar a la Isla.

Además niegan el acceso a piezas necesarias para la reparación de equipamientos como ECO-SIEMENS de última generación que permite realizar ecocardiografías muy necesarias en el estudio de las cardiopatías, especialmente en los más pequeños.

Por si fuera poco también le prohíben al hospital la compra de medicamentos para el tratamiento de la hipertensión pulmonar en niños, así como de antibióticos de última generación.

Crimen silencioso

Se estima que en Cuba alrededor de seis infantes de cada mil nacidos vivos sufren una cardiopatía congénita, al menos dos de ellos crítica. Miles de menores de 19 años requieren cada año tecnología y dispositivos para el diagnóstico y tratamiento de tales padecimientos.

Según destacó el doctor Casanova, de no realizarse, esta técnica en los más pequeños, el índice de supervivencia ante una cardiopatía es bajo.

«Gracias al cateterismo intervencionista los niños no tienen que sufrir un ingreso postoperatorio de varios días, o mantenerse con una técnica de circulación extracorpórea en caso de que lo necesitaran de ocurrir una cirugía», advirtió.

Para la doctora Eutivides Aguilera, jefa del Servicio de Rehabilitación, cada vez el esfuerzo del país para adquirir los dispositivos necesarios es mayor, con precios que se triplican y tiempos más prolongados para que puedan llegar aquí.

«Se les niega a los niños cubanos la posibilidad de salvar o mejorar su calidad de vida con técnicas más avanzadas, a las que puede tener acceso cualquier persona», insistió.

El dolor y la desesperación se multiplica en las familias de los más de 10 000 cardiópatas de hasta 19 años de edad que existen en el país, y que de alguna manera han de chocar con los problemas que afectan muchas veces el servicio de salud, evitables de no existir el cerco económico.

En una de las visitas realizadas al hospital William Soler, nuestro equipo conversó con algunos padres de los pacientes que allí son atendidos. Casualmente aguardaba allí una mamá con un pequeño de 18 meses de nacido, que como consecuencia de una anomalía en el corazón su desarrollo biológico se había retrasado.

Según contó su mamá, desde muy pequeño sufría constantemente de catarros, se agitaba, y no aumentaba de peso. Después de un profundo estudio médico se le diagnosticó la anomalía y ya lo preparaban para practicarle el cateterismo.

Con lágrimas en los ojos la madre solo atinaba a dar las gracias a sus médicos, esperanzada en que su pequeño finalmente podría vivir como un niño normal. Su historia se suma a la larga lista de más de 1 328 pacientes que desde el año 1986 han sido atendidos en este centro, con un índice de supervivencia de un 94 por ciento.

En la antigüedad la expectativa de vida para los cardiópatas más pequeños era muy limitada, pero con el perfeccionamiento del diagnóstico precoz y el avance de las técnicas es posible intervenir en las primeras semanas de nacido y mejorar la esperanza y calidad de vida.

Sin embargo, a veces el derecho a la existencia, desde tan tempranas edades se ve mediado por una política absurda, donde no importa el latir de cientos de miles de padres que ven a sus hijos enfermos y que palpan la esperanza de curarlos.

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