Jóvenes guantanameros enfrentan los dilemas del campo cubano

En la provincia de Guantánamo el deseado retorno del hombre a sus raíces empieza a incubarse, y ante las dificultades, se apuesta por la mejoría, el cambio y la transformación definitiva del escenario agrícola

 

Autor:

Lisván Lescaille Durand

MAISÍ, Guantánamo.— El auto zigzaguea por aquella pendiente de espanto, con el mar al fondo de un precipicio. La Boruga, una vía asfaltada que separa a Baracoa del extremo más oriental del país, aparece como un vadeable obstáculo entre el equipo de reporteros y una joven campesina que, según su palmarés, es de armas tomar.

Se le ha visto saltar «al estrellato» de la noche a la mañana. Los medios de comunicación la presentan como ejemplo de una joven campesina que, con solo 30 años de edad, habla de «una vida plena en oportunidades, en medio de los rigores del campo».

Más allá de la temible Boruga se puede encontrar a Marianne Alba Utria, en La Mula de Sabana, en predios del municipio guantanamero de Maisí, donde produce café y cultivos varios, especialmente malanga, como socia de la cooperativa de producción agropecuaria (CPA) Ramón Guevara Montano.

Aparentemente parca de palabras, Marianne, sin embargo, consigue esbozar perfectamente algunos de los dilemas del campesino cubano, como colegimos de una rápida conversación con la muchacha, integrante de la ANAP durante más de siete años, militante comunista y activa federada.

La primera idea que ronda su mente es el cambio de percepción de los montunos, que «en los últimos años quisieron buscar ganancias en río revuelto, algo que llevó a evadir mecanismos de comercialización al margen del Estado; además de dejadez y desaliento, entre otras manifestaciones, porque los cultivos varios no estaban bien remunerados».

Sin embargo, las cosas cambiaron, reconoce Alba Utria, quien es en sí misma el paradigma: ha cosechado hasta 300 quintales de malanga en una contienda, y eso genera ganancias que pueden superar los 50 000 pesos. Para muchos es una guajira exitosa, y de muchas maneras: «Echo el alma en cada cosecha. Siento o padezco por la suerte de cada plantación desde que siembro la semilla y la veo crecer; es una sensación que nutre mi espíritu», confiesa.

«Por mucho tiempo el campesino se acostumbró a que todo se lo dieran, y eso contribuyó al deterioro de plantaciones y el olvido de renglones tradicionales como la misma malanga; debemos agenciarnos los medios para resolver nuestros problemas, que no son pocos, pero que ya empiezan a aparecer soluciones, como la venta de herramientas imprescindibles», afirma una labriega aplaudida muchas veces por su seriedad para cumplir sus obligaciones contractuales con el Estado.

La destacada montuna, vanguardia juvenil campesina en los últimos dos años y delegada al Congreso de la ANAP, no pasa por alto limitaciones como la falta de fertilizantes, problemas para roturar la tierra en el momento adecuado, dificultades para acceder de manera expedita a créditos bancarios y el pago en tiempo de las producciones, entre otras.

Pero ella tiene una máxima: «Lo primero es el esfuerzo personal, la dedicación a los cultivos. Resulta vital que no se pierdan producciones en los campos; por eso nosotros tenemos que invertir dinero para asegurar la comercialización de nuestras producciones y, progresivamente, eliminar la excesiva dependencia del Estado».

El valle de los jóvenes

En uno de los más prometedores emporios agrícolas del país, el Valle de Caujerí, la idea del deseado retorno del hombre a sus raíces empieza a incubarse, mientras salta a la vista la presencia de jóvenes en las cooperativas, las UBPC y otras formas de producción. Tanto es así que la Unión de Jóvenes Comunistas en la provincia reconoce los progresos del municipio en la creación de brigadas juveniles campesinas.

Con esa carta de presentación dialogamos con Alexander Matos Matos y Yamilka Abad Michel, poco antes de ser agasajados por la ANAP guantanamera por su condición de vanguardias juveniles campesinos. Él hizo méritos como productor de cultivos varios en la cooperativa de créditos y servicios (CCS) Elís Rodríguez, del citado Valle; en tanto ella consigue destacarse como labriega en una casa de producción de posturas de la CPA 17 de Mayo, en el mismo entorno campestre.

A los 28 años de edad, ambos saben lo que quieren de la vida. Y una de esas aspiraciones nace y se fertiliza en sus puestos de trabajo. Comparten, cada uno por su lado, el fuerte trabajo agrícola, pero no se amilanan. En sus análisis afloran las dificultades que ensombrecen a la agricultura, y apuestan por la mejoría, el cambio y la transformación definitiva del escenario agrícola cubano.

Alexander cuenta que trabaja en una finca propiedad de su tío, y también limpia de marabú una porción que alistará para sembrar frijoles y maíz. «Todo se hará pese a las consabidas dificultades para roturar la tierra, porque la CCS carece de los medios imprescindibles, aún cuando se remotorizaron algunos tractores».

Matos Matos y Yamilka creen que el mayor problema del Valle es, ahora mismo, la comercialización de sus producciones, que ya empiezan a ser notables. «Acopio no puede con las superproducciones de tomate, de otras viandas y de hortalizas, que en ocasiones se deterioran en el surco debido a la escasez de envases, ausencia del transporte o mala contratación previa», asegura Alexander.

Remarca el joven que por momentos hay indefinición acerca de las facultades de su CCS para vender directamente a la población sus producciones excedentes, lo que evitaría la pérdida de renglones agrícolas ampliamente demandados.

Pero ni Yamilka ni Alexander estiman que tales fallas son obstáculos insalvables: «Una mejor dirección de los procesos agrícolas allí resulta vital para seguir alentando la incorporación de los jóvenes a las tareas agropecuarias. Más ahora que somos favorecidos con inversiones millonarias como el Trasvase Sabanalamar Pozo-Azul, y la rehabilitación y modernización del sistema de riego del Valle de Caujerí, que contribuirán a irrigar establemente las áreas con sistemas de campo», consideró la muchacha.

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