Costa del dolor

A lo largo de 157 kilómetros el litoral de Santiago de Cuba era el retrato del abandono y la desesperanza. Solo con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959 nacería la vida entre las montañas guamenses

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

GUAMÁ, Santiago de Cuba.— Toda la impotencia y desesperación de una existencia incierta se agitan en aquel pedazo de tela blanca. Como quien protege la llama recién nacida en medio del vendaval, las manos del padre se aferran al níveo paño en pos de la goleta.

A su lado, el desencajado cuerpo del más pequeño de sus 12 hijos, a un paso de la muerte. Con la solidaridad de algunos vecinos y trabajadores de la zona, desbrozando el monte, lograron traerlo en una improvisada camilla desde los altos de La Escondida.

Tres días con tres noches llevan alimentando la espera, oxigenando, hasta con restos de su ser, la maltrecha ilusión. Por eso el gesto del padre es ahora un alarido de dolor que las olas golpean a su antojo.

Ignora el hombre que la embarcación de la compañía maderera Babum está fletada, o lo que es lo mismo, a los dueños poco les interesa la situación que pueda tener aquella familia de guajiros, a la que el desamparo le ha arrancado hasta la posibilidad de vivir.

El mar, altivo y despiadado, es entonces un desgarrador mensaje de indiferencia. Imperturbable, el barco, única posibilidad de auxilio al enfermo, se aleja rumbo a Santiago.

Al padre y su familia solo les queda entonces esperar, enterrar la esperanza junto a la costa y recordar, por siempre, que allí en el cementerio de El Papayo han dejado un trozo de su vida.

Como ráfagas punzantes pasan los trazos terribles de estas imágenes ante los ojos del guamense Eliécer Vigueras Leal. Su historia personal, recuerda, es también la de los retos y transformaciones de este alargado y costero municipio santiaguero.

«Eran momentos de cruda desesperación —dice, sin poder evitar que un velo de tristeza le empañe los lentes—. Yo era trabajador de las compañías madereras y ayudé a trasladar enfermos desde las montañas, donde vivía la mayoría de la población, hasta la costa.

«Era muy joven entonces, pero nunca voy a olvidar los rostros de aquellas madres, desgajadas de dolor, que tantas veces vi, con los hijos muriéndoseles en los brazos, ni las personas a las que ayudé a dar sepultura en el litoral por falta de un transporte para llevarlas hasta el médico.

«Bajaban cuatro o cinco familiares con el enfermo. Se hacía una suerte de camilla con una sábana amarrada a un palo, que cargaban dos o tres por delante y dos o tres por atrás. Ya en la costa, se subían a alguna elevación para hacerles señas a los barcos que pudieran llevarlos hasta la ciudad de Santiago, pues en esta sierra no había nada.

«A Santiago se llegaba únicamente por mar. Las embarcaciones pasaban por este territorio cuando venían a buscar leche o a cargar madera, por intereses de las compañías que operaban en la zona. Cuando no estaban o no podían entrar, el que bajaba de la loma enfermo se moría».

Los ojos de Eliécer se pierden otra vez en el inmenso azul que sin cansancio salpica los alrededores de Chivirico. Uno a uno va armando los trazos de aquel ayer de incomunicación.

«Los medios de pasaje a los que podíamos acceder eran dos lanchas. Desde La Plata hasta Santiago recogían aproximadamente unas 35 o 40 personas, de manera que cuando llegaban a Chivirico, desde La Plata, muchas veces venían llenas y la gente se quedaba en la costa.

«Tampoco existían atracaderos; únicamente en Chivirico y Uvero había muelles. En los demás puntos de la orilla las personas tenían que salir remando en chalanas hasta alcanzar el barco en mar abierto. Difícilmente te embarcabas sin mojarte; aquello era terrible.

«En caso de una enfermedad, imagínese el drama. Muchas veces, después de días de inútil espera, a las familias campesinas solo les quedaba enterrar a sus seres queridos allí, en la costa. Por eso este es el municipio cubano con mayor cantidad de cementerios: son 22 pegados al mar, al lado o debajo de los mismos promontorios desde donde hacían señales a los barcos… Así de dura era la vida por aquí».

Reino de la nada

Desde el Macío, del Macho hasta Mar Verde de Caletón, 157 kilómetros a lo largo de la costa y muchos más rompiendo el abrupto corazón de la Sierra Maestra, el territorio de Guamá, otrora perteneciente al término municipal del Cobre, era el retrato del desamparo y la miseria.

Literalmente enterrados, diseminados por la intrincada serranía, la mayoría de la población, unas 7 000 personas, según investigaciones históricas, vivían en la montaña; una gran parte de ellos eran haitianos que trabajaban el café para los americanos.

En la Alcarraza operaban las compañías madereras Babum, Obhama y otras, y el litoral era el feudo de los ganaderos y los terratenientes.

Compañías yanquis como la Cuban Development Company y la Bitty Sugar Company, propietarias de más de 9 000 caballerías, a diario amenazaban con extenderse y desalojar a los campesinos.

«Una lata de café costaba un real; el plan de machete y los desalojos, como instrumentos de explotación, eran la comida del día y considerando que el nivel de reproducción era altísimo, la mortalidad infantil superaba los 40 por cada mil nacidos vivos, como consecuencia del atraso y la incultura reinantes».

Así retrata el investigador histórico Tomás Elías, la cotidianidad de los días prerrevolucionarios en el actual municipio santiaguero de Guamá.

«Uno o dos bares con sus vitrolas y más de 20 vallas de gallos eran los únicos medios para mitigar el escaso tiempo libre, y tan dura era la represión que una pareja de guardias rurales cuidaba toda esta costa; ello, unido a la presencia de los mayorales que representaban a las compañías, hacía casi imposible la subsistencia de los campesinos».

Este vivir de espanto era complementado con la total carencia de cualquier tipo de estructura social y una situación económica más que precaria.

Adolescente a los 70

«Aquí no había nada», cuenta Nerys Cruz Brossard, mientras acomoda su espigado cuerpo en una de las butacas de su salita, en el mismo corazón del actual Chivirico.

«La vida era durísima…», repite, y el tono de su voz se prolonga como queriendo borrar el pesar de una juventud oscura.

«El que no tenía crédito en las tiendas de los terratenientes pasaba mucha necesidad… hambre, de todo… Esos potreros yo los rompí con mis pies descalzos porque no había otra posibilidad. Éramos seis hermanos de padre y madre, más cuatro que tuvo mi papá con mi madrastra, y otros tres, con otra mujer. Éramos 13 y un solo salario.

«De la mañana a la noche, mi hermana y yo recogíamos saco a saco, los cocos de un cocal enorme que había a la orilla de la playa, para que mi papá los vendiera, por una migaja, al dueño de la finca. Para comprar la ropita interior, que como jovencitas necesitábamos, debíamos llenar latas y latas de cangrejos, las que vendíamos por 30 centavos a un haitiano que los utilizaba como carnada para pescar.

«Yo vine a aprender a leer y a escribir después de grande. Por aquí había una escuela en el Mazo, otra en Aserradero, otra en Tenjuán… Creo que eran como cinco, todas particulares; además estaban lejos y había que pagarlas… ¿Y dónde estaba la plata?

«Mi adolescencia fue trabajar, sin pensar en diversión alguna. En toda esta zona, un señor que se llamaba Trino, que vivía en una de las seis o siete casas que había aquí en Chivirico, y que luego se mudó para Camagüey, era el único que tenía un radio. Allí nos juntábamos todos los muchachos, a eso de las 11 de la mañana, para oír el programa de Clavelito, aquel que decía: Pon tu pensamiento en mí y la mano sobre el radio».

Doce años tenía Nerys cuando, con el espanto de una fierecilla salvaje, se echó a correr aquel día en que el barco lechero le dejó caer un pedacito de hielo. «Salí huyendo porque no sabía qué era aquella piedra que me quemaba la mano», relata, y el recuerdo del susto le hace sonreír con tristeza.

«Un boticario, llamado Manuel Sánchez, que vivía en Sonador, era el único auxilio para cualquier enfermo en todos estos lares. Si tenías el dinero ibas, le explicabas tu problema y él te daba lo que consideraba que servía para eso.

«A los tres meses mi segundo hijo se me enfermó y murió. Yo le daba el pecho, pero no tenía casi leche y empecé a darle de vaca. Eso le provocó muchos vómitos… Aunque lo pude sacar para Santiago en un barco de madera, se me murió en la Colonia».

El rostro de Nerys Cruz va entonces de la humedad a la luz. «Tengo otro hijo, nacido después de la Revolución, que tuvo un problema similar con la leche. Estuvo tres meses ingresado en el hospital de Chivirico y ahí está.

«No hay comparación entre la vida de aquellos tiempos y la de ahora. Yo vivía a la subida de los Galeones, en una casita de yagua y guano, con piso de tierra… El Estado necesitó esa zona para hacer el parque y me dio esta casa amueblada con todo, y sin cobrarme un medio… El vivir higiénicamente se lo agradezco a la Revolución.

«Mis cinco hijos se prepararon. Aquí cerca hay dos consultorios, una tienda, una casa de los abuelos, y están ampliando y remodelando el hospital. Por eso yo siempre digo que ahora, con más de 70, es que tengo 15 años».

Señales de tiempo nuevo

La sábana izada es ahora confirmación de la vida. A pesar del mar embravecido, el torrencial aguacero y el viento que anuncia la llegada del ciclón, un helicóptero procedente de Santiago de Cuba intenta aterrizar en el único pedacito donde le es posible.

Unos 90 minutos antes, el poblado todo se apretaba expectante alrededor del dirigente gubernamental, designado por el municipio para atender el área, ante el inminente azote del fenómeno climatológico.

—Secretario, aquí en la zona de Bayamita tengo dos personas gravemente enfermas; una de ellas es un niño aquejado de leptospirosis, cuya  vida peligra ¿Qué hacemos?

—Intenta darle los primeros auxilios, mantenerlo a salvo y esperar ahí—, le orientaba confiado el dirigente, al otro lado del teléfono recién instalado en la zona.

Con los ojos húmedos, Eliécer Vigueras revive las emociones del relato. Después de largo tiempo de duro trabajo como obrero, el territorio guamense, que ya asume como suyo para siempre, le dio también la oportunidad de integrar su dirección: en el Partido, el Gobierno, y de reafirmar, desde las esencias, que la vida, para los habitantes de este lado cubano, echó a andar el Primero de Enero de 1959.

«Esa historia que te cuento la viví como en tres oportunidades. Mientras ayudaba a aquellas personas a montar al helicóptero, a bordo del cual venía siempre un médico, no podía dejar de pensar en los tantos a los que ayudé a enterrar por falta de auxilio.

«Cuando se celebró el aniversario 30 del triunfo revolucionario yo era el presidente del Gobierno en el municipio. Un día me llama el Secretario del Partido y me dice: Vigueras, hace falta hacer un informe en el que se recojan los logros de la Revolución en el municipio.

«Yo me quedo meditando unos segundos, y le digo: Secretario, eso se resuelve con un párrafo. Él me increpa asombrado: “Sí, Secretario, eso es un párrafo: Si aquí hubiese existido algo antes, usted pudiera hablar de logros; pero como todo lo que hay aquí se ha hecho después del Primero de enero del 59, la mejor manera de resumirlo es decir que la vida en Guamá nació con la Revolución”».

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