El pequeño temerario - Cuba

El pequeño temerario

Roberto Rodríguez (el Vaquerito) fue un combatiente de la Sierra Maestra que se enfrentó a la muerte con una sonrisa ,y nunca dejó de soñar con la vida

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

MORÓN, Ciego de Ávila.— Se convirtió en un personaje de leyenda. Ni siquiera el cineasta norteamericano Steven Soderbergh se pudo sustraer al magnetismo de su figura y lo incluyó en la primera de sus dos películas sobre el Che. A pesar de los años, Roberto Rodríguez (el Vaquerito) despierta incógnitas combinadas con admiración.

La frase del Che «Me han matado a cien hombres» se mantiene —no lejos de polémicas— para acuñar la condición humana del Vaquerito. ¿Peleaba realmente de pie? ¿Era un temerario sediento de vanidad o una persona que cumplía sencillamente con lo que debía hacer?

El escritor e investigador moronense Larry Morales revivió esas respuestas cuando vio la foto en una barbería a mediados de la década de los 70. Roberto solo era mencionado con una admiración bañada de cariño entre los combatientes rebeldes y entonces Cuba desconocía a uno de sus hijos. Así que surgió El Jefe del Pelotón Suicida, un libro testimonial que ha marcado al género. Sin embargo la aureola se mantiene; y Morales vuelve a ella, ahora como un demiurgo que devela secretos en el patio de la filial de la Fundación Nicolás Guillén, de la cual es su presidente en la provincia de Ciego de Ávila.

—La frase de que el Vaquerito valía por cien hombres está dicha de muchas formas; pero ¿cuál es la verdadera?

—También dicen que el Che nunca la pronunció. Las tres versiones son: «Acabo de perder cien hombres», «Me han matado a cien hombres» y «Valía por cien hombres». Esas palabras las escucharon los compañeros del Pelotón Suicida que llevaban el cuerpo para el puesto de mando, el 30 de diciembre de 1958; y al parecer o la escucharon de esas tres formas o el Che las dijo en esas tres variantes. Aunque lo más importante es lo que se reitera: el valor del Vaquerito, equiparado al de cien hombres.

—¿Cómo se comprobó la autenticidad?

—En una entrevista colectiva con los integrantes del Pelotón. Es que existían distintas versiones; ya eran hasta cinco las personas que estaban a su lado. No es que buscaran protagonismo, sino que el tiempo desdibuja mucho las cosas; todo fue muy rápido y habían pasado 20 años.

—¿Es cierto que el Vaquerito siempre peleó de pie? ¿Nunca se lanzó al suelo?

—Si lo hizo, no se recuerda. Él afirmaba que nadie se podrá esconder de una bala que tiene tu nombre, y eso se relacionaba con otra creencia suya: el hombre tiene un destino y eso nadie lo puede cambiar. Enfrentarlo y desafiarlo, sí; cambiarlo, no.

—Entonces no le tenía amor a la vida.

—Demasiado amor. Siempre soñó hasta el final. Él se imaginaba en los cines de La Habana o entrando en un tanque a Columbia. Nunca dejó de pensar en lo que haría en el futuro, y una persona así no desea la muerte.

—¿Por qué no lo mataron antes? ¿Cuál es la lógica de que muriera el último día de la guerra?

—No la hay; esa es la casualidad de su vida: llegar vivo al último día de la guerra. Lo mataron en el asalto a la estación de policía, pero unos días antes, en el ataque a Caibarién, una bala le rozó la cabeza; sin embargo después, en un momento de espera, se pegó al cuartel a conversar con los guardias y cuando todos se dieron cuenta, estaba dentro hablando con el jefe. Cuando vio que no quería rendirse, lo desafió a un duelo a pistola delante de todos los uniformados. ¿Qué podía pasar ahí?

—¿De dónde le aparecía la inspiración para actuar de esa forma? ¿Alguien lo educó?

—Él tuvo una existencia dura. En Morón hasta peleó en un ring de boxeo por diez centavos para comer; y cuando uno atraviesa por tantas penalidades, el peligro no lo percibe tan grande. También está el componente genético. Era soñador, irreverente e hiperquinético. Eso lo hacía burlón y fantasioso. Con él todos los protocolos saltaban por los aires. Fíjese, cuando se incorpora a la guerrilla, el Che escribe: «Se nos acaba de unir un personaje muy simpático». Los héroes no son dioses ni mucho menos santos, como me expresó un lector argentino después de leerse el libro, y el Vaquerito no era ninguna de esas dos cosas.

—¿Cuándo llega a la Sierra Maestra?

—En abril de 1957. Fidel lo iba a rechazar. Sobraban los hombres porque faltaban las armas, y de pronto se aparece ese muchachito sin recomendación, con la ropa hecha trizas, hambriento y con un pelado a lo Elvis Presley. Para colmo no tenía zapatos, porque su talla era muy pequeña y no le servían ninguna de las botas que le podían dar.

—¿Por qué lo aceptaron?

—Por su insistencia. Celia Sánchez presenció la conversación; dice que parecía un abogado y todo el mundo se reía al escuchar sus ocurrencias. Ella se dio cuenta de que Fidel ya lo había aceptado, pero seguía con el rechazo para ver cómo Roberto se defendía.

—Y el sobrenombre, ¿quién se lo puso?

—Celia. Cuando llegó a las montañas, los únicos zapatos que le sirvieron fueron unas botas de corte mexicano. Eran de ella y cuando lo vio calzado, dijo: «Miren eso: si parece un vaquerito». Ahí comenzó su leyenda.

—Si hubiera sobrevivido a la guerra, ¿qué hubiera sido de su vida? ¿Dónde estaría?

—En muchos lados; pero siempre cercano al Che, de eso estoy convencido. La barrera que el Guerrillero Heroico ponía para mantener la autoridad y defenderse del humor de los cubanos, desaparecía con Roberto.

—¿Por qué?

—Por sus ocurrencias. El Vaquerito sabía bromear sin ofender y respetaba el espacio de cada persona. Era guapo sin ser charlatán. También creo que cada uno admiraba la valentía del otro. Entre dos personas valientes enseguida se establece un código de respeto. El Che también lo bromeaba y entre ellos existía una afinidad grande.

—¿El Che nunca le llamó la atención?

—Sí; una grande fue en Caracusey. Lo mandó a explorar con una tropita y al regresar, le preguntó: «¿Y el cuartel?». «Allá está —respondió Roberto—; lo esperan a usted para acabar de rendirse. Vi que estaba fácil, le entramos a tiros y lo tomé». El Che daba patadas en el piso. «¡Tú no cumpliste la orden! —gritaba. ¡Te adelantaste!».

—¿La creación del Pelotón Suicida fue idea del Che?

—No; del Vaquerito. La propuso al llegar a Las Villas. Explicó que hacía falta crear un grupo que se lanzaran al asalto en los lugares más arriesgados; era lo que había visto en el cine. El Che lo vaciló. Dijo: «Tú lo que quieres es un pelotón de suicidas». Roberto exclamó: «¡Eso mismo: un pelotón suicida!». Y ahí vino la burla: «¿Y quién va a ser el jefe?, porque ese tiene que ser el primero en todo». El Vaquerito abrió los brazos: «Eso no es problema. El jefe soy yo».

—¿Cómo mandaba el Vaquerito?

—Si él estaba implicado en una misión, concluía con las instrucciones y enseguida estaba diez metros delante. De lo contrario, daba la orden como si pidiera un favor. Siempre le reprocharon su temeridad, y en la entrevista colectiva para el libro si dos o tres no lloraron abiertamente, mentiría. Su muerte tuvo una carga dramática.

—¿En qué consistía ese dramatismo?

—Nadie imaginó que podía morir. Hasta el último momento hizo bromas o esas cosas muy suyas, como estar frente a una posición enemiga, mirar el reloj, dar tres patadas en el piso —como si fuera un niño— y decir que era muy tarde, que había que almorzar y partirle de frente y tomarla. Cuando lo hirieron de muerte, parece que avisaron rápido al Che, porque los testimonios coinciden en un detalle: él corriendo desesperado hacia la camilla donde llevaban a Roberto. Ahí estaba el dramatismo: en esa mezcla de dolor y en la impotencia de todos al ver cómo un amigo se muere sin poder hacer nada. Así se escuchó la frase.

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