¡En Girón de traje y corbata!

La historia se comparte con el orgullo de un tesoro de familia. Azar y peripecia permitieron al padre de uno de nuestros colegas llegar hasta la trinchera de su hermano miliciano en Girón, en medio de los combates. La historia la contaron los dos a JR

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Juventud Rebelde

«Cuando llegamos al Escambray en enero de 1961, me tocó un caserío al que le decían Finca El Descanso. Aunque en verdad descansamos poco, porque aquello era un riesgo diario. Nos movíamos con cierta zozobra entre la vivienda modesta de un campesino, una escuelita, una carbonera, un granero y un patiecito. La soledad y el lomerío eran testigos perennes».

Marcos Ismael Hernández Serrano, hermano miliciano de Luis Hernández, perteneciente al Batallón 114, de Santiago de las Vegas, en La Habana —hoy jubilado en el barrio de Calabazar, municipio de Boyeros— evocó para este diario sus días en la Limpia del Escambray y su partida luego con su Batallón hacia Girón, donde viviría uno de sus momentos más inesperados y estremecedores con su padre.

«En el Escambray nos atrincheramos al pie de una abrupta loma. Éramos una escuadra que ampliaron a nueve hombres para cuidar ese punto, y yo era el jefe. No teníamos quien supiera cocinar. Al que mejor llegó a hacerlo le quedaba siempre el arroz crudo, incomible, y nos lo tuvieron que cambiar por Alcides Galán, que sí era cocinero de verdad. Nos abastecía el Batallón, al mando del teniente de milicias Manuel Rodríguez Couzo, de los del rombo en la boina, graduado en la escuela de Matanzas que dirigía el entonces capitán José Ramón Fernández.

«El teniente de nuestra compañía era Vivencio González. En una especie de cañada estuvimos como dos meses y medio. El campesino que allí residía tenía un hermano alzado y cayó preso. Lo recluyeron en Topes de Collantes, te podrás imaginar la tensión cerca de la casa que estábamos cuidando nosotros.

«Aquel hombre, que se llamaba Eusebio, tenía como ocho hijos, la mujer, tres perros, un caballo y unas cuantas gallinas.

«Nos orientaron que debíamos compartir con él todas las labores agrícolas, vigilar su vivienda para que los alzados no fueran a abastecerse en ella, cuidar todos los sembrados y comernos hasta la última guayabita que hubiera para que los bandidos no tuvieran con qué alimentarse. Debíamos compartir la comida que nos daba el Estado con los habitantes de aquel lomerío, ayudarlos en todo: a cocinar, a cortar la leña, a sembrar.

«Pero como había el antecedente del familiar preso, no podíamos confiar mucho en ellos, pues podrían hasta envenenarnos. Cambiábamos el lugar de dormir todas las noches, para que no supieran con exactitud dónde estábamos. Por las características del sitio aquel, escondido entre las lomas, a las seis de la tarde era de noche. Desde las cuatro oscurecía ya en ese punto. Debíamos dormir en grupos de tres, con postas “cosacas”: dos horas de guardia y cuatro de sueño.

«Al amanecer aclaraba a las nueve o las diez, porque las lomas impedían que el sol entrara normalmente. Patrullábamos las inmediaciones de esa zona, y uno de los últimos días de nuestra estancia en esa finca pasaron unos aviones enemigos, que lanzaron comida y parque en paracaídas para los alzados. Como ya nos íbamos, habíamos desmontado la ametralladora 7,92 que tenía la escuadra, y no se le pudo tirar con ella. Cada uno de nosotros le disparó con su FAL (Fusil Ametralladora Liviano), pero no era lo mismo.

«¿La historia del Batallón 114? La caminata de los 62 kilómetros, la primera escuela militar, en La Chorrera, en diciembre de 1960. El atrincheramiento durante el cambio de gobierno de Estados Unidos, junto al Ejército Rebelde, y desde allí salimos rumbo al Escambray.

«A fines de marzo de 1961 regresamos a nuestras casas. El 15 de abril, ocurrieron los bombardeos a los aeropuertos de Santiago de Cuba, San Antonio de los Baños y Ciudad Libertad. Al Batallón se le asignó la misión de custodiar el cortejo fúnebre desde la Universidad de La Habana hasta el cementerio de Colón.

«En la despedida de duelo de los mártires de los bombardeos, Fidel declaró el carácter socialista de la Revolución y recibimos la orden de regresar a nuestros hogares y esperar».

El padre en la trinchera

Sin contar los periodistas y algún que otro chofer de ómnibus o camiones no militares, Ismael Hernández González es uno de los pocos ciudadanos civiles cubanos que llegó a Playa Girón en los días de la invasión mercenaria de 1961. No fue en zafarrancho de combate, arma en mano, ni en un vehículo de guerra, sino en un carro viejo, para ver a su hijo miliciano que llevaba su mismo nombre, y darle un beso.

No existe la foto de ese instante, pero el padre llegó hasta Girón  ¡vestido con traje y corbata! Esto último porque iba a retratarse para un carné que le habían solicitado cuando entró angustiado en aquel territorio.

No era la primera vez, cuentan estos hermanos, que este hombre —pequeño de estatura, ágil, entusiasta y patriota, antiguo lector de tabaquería— corría detrás de sus tres muchachos cuando estaban movilizados.

Lo hizo antes para ver a uno de ellos, Leonel, que al frente de un pelotón de ametralladoras, con solo 17 años, perseguía en Güines, en La Habana, al bandido y asesino «Pipero». Y también para visitar al otro, hoy reportero de JR, mientras alfabetizaba en tierras de Jovellanos, Matanzas.

Un día fue desde su barrio habanero hasta el cienfueguero de Manicaragua, en enero de 1961, para encontrarse con el hermano mayor de su descendencia, Marcos Ismael.

«Pertenecí al Pelotón 6 de la Primera Compañía Especial de Infantería del Batallón 114, de Santiago de Las Vegas. Entramos a Girón por la zona de San Blas y abrimos nuestras trincheras en un cerco que tiramos en un sitio estratégico denominado El Helechal. Lo de pipo en Girón —evoca Marcos Ismael— ocurrió en una circunstancia curiosa y singular. Él trabajaba en ese momento como jefe de las cuadrillas que habían concluido la tarea de asfaltar los tramos completos de Playa Larga a Playa Girón y conocía aquellos parajes.

«Ninguno de nosotros puede olvidar su recuento de los hechos. Él, de paso por la localidad de Torriente, el 17 de abril al atardecer, cuando iba a tirarse una foto, —cosas del azar— vio los primeros camiones de milicianos, procedentes de la capital del país, enviados a chocar contra los agresores.

«Se detuvo en un punto de la carretera y allí permaneció esperanzado hasta que logró verme en uno de los vehículos de nuestro Batallón, sin poderme gritar por su asmática falta de aire.

«En la camioneta vieja en que andaba apenas podía seguir de lejos el rastro de la caravana de nuestros camiones. ¡Nadie lo vio! Pero él sí reconoció de una sola mirada a la gente del barrio y de mi Compañía, que se sabía de memoria desde nuestras primeras movilizaciones».

Luego les contaría que sudaba a mares, pero tenía la idea fija de saludar personalmente a su hijo. Tosía y temblaba de preocupación por la suerte final de Ismaelito —como siempre lo llamamos— y que el 25 de abril cumplía 22 años, rememoró Luis.

Con mil trabajos logró entrar a la zona de operaciones en el destartalado vehículo azul oscuro en el que se trasladó. Los nervios le impedían darse cuenta de que no se había despojado de la inusual vestimenta en medio de la invasión mercenaria.

Un oficial rebelde, más padre  que jefe, oyó y entiendió sus razones y lo dejó pasar. Le escribió a mano y a lápiz, en un papel de cartucho, un salvoconducto rústico que bien podría decirse que tenía un tono hasta humorístico en medio de la tensión del momento:«El portador, Ismael Hernández González, está autorizado por mí a llegar hasta la trinchera de su hijo en el Batallón 114. Comandante Orlando Rodríguez Puerta (fallecido en el 2008)».

Emocionado, se adentró en la región que por su trabajo ya conocía bien, y al rato descubrió a la gente de la Primera Compañía, donde estaba el mayor de sus hijos. No tuvo dudas cuando vio a un joven miliciano de 21 años que le seguía pareciendo de diez o doce.

El abrazo y el beso hablaron por ambos: «¡Cuídate mucho, mi hijo, y firme todo el tiempo!», le aconsejó, con un nudo inzafable en la garganta… «No te preocupes, pipo», fue la respuesta de Ismael.

La otra historia ya se conoce: el enemigo muerde la derrota y miles de combatientes como el joven de esta historia, vivieron para ver el triunfo y ahora contarlo.

Junto a sus compañeros milicianos, Marcos Ismael fue recibido poco después con la alegría inmensa de un barrio entero, donde su papá volvió, como siempre, a estar presente. A casi 50 años exactos de aquel excepcional encuentro, puede decirse que Girón también se ganó con los abrazos de aquel padre, tal vez el único vestido con traje y corbata.

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