La furia de Pocholo

Rogelio Morales Tamayo, a quien todos conocen con el mote referido, es uno de los 54 recogedores de desechos sólidos de la Ciudad de Bayamo, uno de los que se esfuerzan por mantener las calles sin máculas

Autor:

Osviel Castro Medel

BAYAMO, Granma.— Conocí a Pocholo hace unos días, hecho furia y arranque. Pero, como miles de personas en Bayamo y en Cuba, no tengo nada que reprocharle a ese arrebato; debo agradecerlo y bendecirlo.

Rogelio Morales Tamayo, a quien todos conocen con el mote referido, es uno de los 54 recogedores de desechos sólidos de la Ciudad Monumento, uno de los que se esfuerzan por mantener las calles sin máculas.

Del trabajo arduo tiene cicatrices en las piernas, y en las manos le estallan también las marcas de las lesiones. «Las heridas más grandes las tengo en los muslos; me las he hecho levantando sacos de basura, porque alguna gente irresponsable lanza botellas rotas, tubos de lámpara con astillas o cualquiera otra cosa que corte», me confiesa.

Uno lo ve, volcánico y ágil, en la faena, riéndose junto a sus compañeros, y la admiración se afloja sola. «Recoger la basura de una ciudad no es fácil; lo mismo tienes que tirar pa’l carro perro muerto, que pencas de coco, que mondongo», dice textual, con una naturalidad pasmosa.

Tiene 42 años y lleva seis en esta tarea necesaria y dura, a la que llegó casi por azar. «Me gradué de soldador y trabajé durante mucho tiempo en la Empresa de Desmonte y Construcción, pero después estaba de vago en la casa; alguien me dijo que había una plaza en Servicios Comunales… me dieron esto y hasta ahora no me arrepiento».

Vive con su madre y dos hermanos, pero no acostumbra a darle el overol a su progenitora para lavarlo «porque tiene un fuerte y tremendo mal olor y ella está viejita para andar luchando con esas pestes; por lo general lo lavo yo, a puño, y me queda bien limpio».

Pocholo cuenta que siempre trabaja fuerte, aunque nada hay comparado con la batalla después de un carnaval. «Hay que recogerlo todo; son toneladas y toneladas de basura… no te imaginas», acota.

Claro, mientras más desechos vayan al carro, más recompensa monetaria. «En agosto, cuando dieron los carnavales aquí, gané 2 000 pesos; el salario básico es de 330; sin embargo, por el sistema de vinculación nunca he bajado de 1 700 pesos mensuales».

Agradece a los vecinos que les regalan un buche de café mañanero y obvia a los que les gritan «Leones» desde la distancia. «Siempre hay quien te dice eso, o cosas peores, como ¡qué sucios!; pero este es un trabajo honrado; uno no puede caer bajo y andar discutiendo, porque no sirve de nada. Además, son más los que te dan aliento que los que te ofenden», señala.

Y dice que los jóvenes deberían inclinarse a faenas como esta, «que no matan a nadie», porque la fuerza laboral tiene edad avanzada y «hay que garantizar el relevo». Ejemplifica, sonriendo, que él es de «los menos viejos y ya estoy madurito».

Su historia se complementa con otros hechos que acaso desconocen sus compañeros: ha realizado 78 donaciones voluntarias de sangre y es activista deportivo y de los CDR en su cuadra.

Termina diciéndome que venera a Teobaldo de la Paz, el único recogedor de basura en el mundo que es diputado a un Parlamento. «Él lleva una vida en esto; es como un padre para mí y para todos nosotros, un verdadero ejemplo, un maestro».

Mas Teobaldo merece otra página. Por ahora yo reverencio a Pocholo y a su furia, que hace, como la de sus compañeros, que una ciudad respire sin morirse de basuras.

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