A los jóvenes hay que educarlos imperceptiblemente

Formar adultos plenos es un asunto muy complejo, pero insoslayable. Lo advierte este diálogo con la prestigiosa pedagoga Lidia Turner Martí

Autor:

Alina Perera Robbio

Por ahí andan jóvenes llenos de frescura, cristalinos. Y andan quienes, casi en desafío a las leyes de la naturaleza, son más viejos que sus padres. Estos últimos podrían sentirse incómodos y hasta ruborizarse si escuchan a Lidia Turner Martí, Doctora en Ciencias Pedagógicas y Profesora de Mérito, una cubana fascinada con el mundo de los más nuevos y convencida de que los muchachos de hoy son los mismos de siempre, solo que inmersos, como dijera el maestro Raúl Roa, en sus propias circunstancias.

A esta mujer de hablar pausado e impecable, martiana profunda y con una experiencia pedagógica de seis décadas, nadie podrá venirle con historias de que los adolescentes y jóvenes del presente tienen un pensamiento pobre y un lenguaje pedestre, como si eso fuera una vergüenza o un «desastre» social.

Ella sabe que esos son los niños de años atrás, los cuales no han perdido sus potencialidades creadoras ni la virtud de decir la verdad. Lo que sucede es que, advierte esta gran maestra, suelen fallar los métodos para estimular y encauzar las improntas de esos mundos interiores, los cuales terminan sumergidos y disfrazados bajo una corteza que muchos son incapaces de atravesar.

Ni hablarle con alarma a esta mujer de 76 años, sobre caprichos o «excentricidades» de los de ahora: «Recuerdo —me dice— que los jóvenes de mi generación, en la universidad, usaban el saco y el pantalón estilo “tubo”. Era la moda del momento. En cuanto a mí, iba hasta con tres y cuatro paradoras debajo de la saya; y me sentía ridícula si no iba así, porque era lo que se usaba. Todavía trato de imaginar cómo era posible subirme con esa armazón a los ómnibus llenos de personas, los que entonces eran conocidos en La Habana como las «enfermeras» (bautizados de ese modo porque eran blancos y tenían dibujada una raya azul).

«A lo mejor la moda se vuelve a imponer y dentro de un mes vemos a todas las jovencitas vestidas como bailarinas, sea o no cómodo, porque es lo que se usa».

El concurso

A Lidia le escuché hace poco contar sobre un concurso reciente destinado a los niños de Nuestra América, cuya convocatoria han sido palabras de José Martí, tal como él las estampó en La Edad de Oro, donde les pidió a ellos que escribieran acerca de cualquier tema elegido.

Ese suceso de resultados alentadores fue el pretexto y la punta por la cual comenzó un diálogo cuyo hilo es la confianza que los verdaderos maestros les tienen a sus discípulos, y a todos los que están empezando a vivir.

—Fácilmente solemos recordar la frase martiana «Con todos y para el bien de todos». Lo difícil es hacerla carne y hueso en nuestro día a día. La labor de unir, el método de incluir, entrañan gran complejidad.

«De eso se trata siempre: de unir. Y de todo eso se habla en La Edad de Oro».

—¿Cómo nació la idea de un concurso tan especial, cuya convocatoria son las palabras del Apóstol?

—Hace 16 años dirijo una cátedra que se llama José Martí y la educación. Se creó a raíz del centenario de la muerte del Héroe Nacional. Recuerdo que estaba al frente de un trabajo científico sobre la obra y actividad pedagógica de Martí. Cuando tras varios años un grupo de especialistas de diferentes instituciones terminamos esa labor, dijimos que era una pena haber concluido. Fue así que surgió la idea de la cátedra, para seguir estudiando los aspectos pedagógicos de José Martí. En ese momento yo presidía la Asociación de Pedagogos de Cuba.

«Hemos hecho muchas cosas. Pero en el año 2008, mientras concebíamos el plan de 2009, alguien dijo: El año próximo se cumple el aniversario 120 de La Edad de Oro. Deberíamos dedicarlo a esa maravillosa obra. Así fue que en el año 2009 convocamos al Concurso, tal como Martí había convocado a lo que él le llamó «competencia».

«En el primer número de la revista él dijo a los niños de América por qué y para qué era la publicación: para formar a los hombres y mujeres del mañana. Anunció que les enseñaría muchas cosas de este mundo. Es decir, que tenía un propósito con el futuro. Me parece que La Edad de Oro es un proyecto que su autor emprendió creyendo que si trabajaba con los niños tendría, 30 años después, a los adultos de Nuestra América con esa influencia».

—Y usó esa palabra: competencia…

—Competir entonces en las escuelas era decir «vamos a hacerlo y los mejores trabajos tendrán su premio». Nosotros tomamos como convocatoria fragmentos de las primeras páginas, de la introducción de La Edad de Oro, tal y como Martí los expresó.

«Él dijo que cada seis meses habría esa competencia, para que todos los niños escribieran. No habló de uno o de tres premios, sino de los mejores. Quería que los trabajos fueran originales, sin la intervención de los adultos. Prometió como premio diez ejemplares de la revista donde aparecerían publicados los trabajos.

«Los niños saben más de lo que parece; si le dijéramos que escribiesen, cuántas cosas nos enseñarían, dijo él. Martí creía en lo que iba a descubrir en los niños. No había hecho antes algo parecido. Pero confiaba.

«Y después hay una parte muy interesante donde escribe que sus palabras son también para las niñas. En el mundo no se puede vivir sin ellas, advierte. Y además confiesa su certeza de que ellas serán las ganadoras. Es más, hay otra idea que no incluimos en la convocatoria, porque sería muy contradictorio con los tiempos actuales, en la cual Martí dice que no importa que los trabajos lleguen con faltas de ortografía, sino que hayan sido hechos por los niños. Todos los trabajos que llegaron a nuestro Concurso tienen faltas ortográficas. Pero son auténticos».

—¿Cuántos trabajos recibieron?

—Más de 800. De ellos, 220 fueron los que el jurado consideró que merecían ser publicados. La convocatoria fue para Nuestra América. Pedimos el apoyo del Centro de Estudios Martianos, de la Organización de Pioneros José Martí, y de la Oficina Regional de la UNESCO. No esperábamos recibir tantos trabajos. México fue uno de los países que más tributó. Los escritos llegaron desde varios estados. Los de Oaxaca, por ejemplo, son tan crudos, que estoy tratando de buscarles una salida. Los temas han sido la violencia familiar, la prostitución y otros asuntos parecidos.

«Convocamos al niño que, de acuerdo con la UNESCO, puede tener de siete a 17 años. El grupo que más trabajos hizo llegar fue el de los niños de siete a 12 años, seguido del que incluye a quienes tienen entre 12 y 15. Del grupo de 15 a 17, llegaron menos. Pero entre los mejores trabajos hay de los tres grupos de edad.

«El primer escrito que recibimos fue de Nicaragua, de una niña de siete años. Ahora estamos tratando de hacer una multimedia con todo».

—¿Cuántos fueron de Cuba?

—Más de 700. Las provincias que mayor número de trabajos mandaron fueron Ciudad de La Habana, Las Tunas y Pinar del Río.

—¿Qué temas resultaron recurrentes entre los cubanos?

—Aparecen con notable recurrencia los relacionados con el medio ambiente, la familia y la amistad. Un niño escribió sobre Martí. Muchos escribieron sobre qué era La Edad de Oro, qué les había enseñado. Otros sobre patriotas, sobre los cinco héroes. Llegó un trabajo sobre Vilma, y recibimos poesías y cuentos. Los que más llegaron fueron cuentos. Eso da idea de que el niño tiene una gran potencialidad creadora.

«Lo otro es que no sospechamos de cuántas cosas un niño puede tener preocupaciones. Los sentimientos son un tema muy importante para ellos. Hay un cuento titulado La pureza que me impresionó. En él su autora adolescente habla de un país en el cual aparece un animal raro, que tiene un ojo mágico en su cuello y que cuando mira a una persona sabe lo que está pensando. Por cuenta de eso se crea un gran problema en el país, aunque al final todo se arregla.

«Hay otro cuento que se llama El mar negro, y es sobre el medio ambiente. Todos los niños quieren ver cómo hacen, porque el mar está contaminado. Deciden pintarlo, para que vuelva a estar limpio. Pero hay una niña ciega que quiere tomar un pincel. Es ella la que de solo tocar el mar con su pincel, logra el milagro…

«Entregamos los diplomas en el año 2009, porque el primer número de la revista saldría en 2010. Ahora es que se está editando el segundo número. Los niños, los abuelos y los padres, se inquietan, nos llaman, a la espera de ver publicados los trabajos. A los que no han sido premiados se les da un diploma por participar. La Oficina Regional de la UNESCO decidió ayudarnos con un certificado, y eso ha sido grande para los niños. Imagínate un premio UNESCO. Yo nunca he tenido un premio como ese…

«Hay historias como la de la dominicana que ha hecho su infancia en un hogar para niños sin amparo filial, y que cuando la conocimos tenía 11 años y era todo amor. Ella escribió un trabajo sobre la amistad, tema que se ha repetido mucho entre los participantes.

«Un muchacho de Colombia escribió su historia desde el día en que nació en el hospital, hasta el día que mandó el trabajo. Lo conocí, y cuando fui a su habitación, lo que había colgado en grande era el diploma. Lo asombroso es que ese niño ha redactado un cuento parecido al de La pureza. Él también ha imaginado un animal, y ese animal se parece mucho al de la niña cubana. Mi sueño es tener una multimedia para que ellos se puedan comunicar todos entre sí».

Preguntas inevitables

—¿Cómo esos seres tan creativos y auténticos se convierten en personas que muchas veces no expresan lo que sienten?, pregunté a Lidia pensando en los niños del Concurso, y también en todos los niños.

—Creo que en muchos jóvenes en quienes se advierte una pobreza expresiva, un lenguaje pobre, hay potencialidades que ellos pudieran explotar y que sin embargo no agotan. Ellos fueron niños como los que ahora concursan —y los que concursaron no son los mejores porque hayan concursado; sencillamente decidieron participar—. Para mí la respuesta está en la falta de estímulo para esa expresión.

«Los muchachos en este concurso se vieron estimulados no por ganar, sino por participar. En la escuela, como decía el maestro Herminio Almendros, matamos a veces el interés que pueda tener el niño por crear, por no repetir. Muchas veces les convocamos a que escriban sobre cosas que no les interesan. ¿Y cuánto escribe un niño en la escuela? Todas las semanas debe hacer composiciones.

«Creo que Martí nos demostró con esto de la “competencia” que los niños son creadores, y que al serlo gustan hablar sobre lo que a ellos les interesa y preocupa, no sobre lo que a otros interesa y preocupa. Y lo otro es que dicen siempre la verdad de lo que piensan».

—Además de no estimularlos y de mandarles a escribir de cosas que quizá no son de su interés, ¿qué más falla con niños y adolescentes, por cuenta de lo cual se convierten muchas veces en personas repetitivas y poco auténticas?

—Un elemento clave son las relaciones con el adulto. Trata de escuchar una conversación entre adolescentes, o entre niños. Verás lo críticos que son. Trabajé mucho con niños, pidiéndoles que dijeran las cosas que querían, que les preocupaban. Y lo que querían saber no era en nada parecido a lo que yo como maestra tenía en mente. Hice ejercicios, en varias escuelas de Ciudad de La Habana, y en varias escuelas de otros países, indagando sobre la escuela que ellos querían tener. Fue algo que hice guiada por la teoría martiana.

«Dije a los muchachos que queríamos mejorar la escuela y que necesitábamos su ayuda para un lugar destinado a los hermanitos de ellos que no habían nacido. La idea entusiasmó mucho. Cambiaban asignaturas, horarios, calendarios, introducían materias nuevas, se imaginaban el interior de la escuela, los pupitres… En casi todos los encuentros afloraba el concepto de que la escuela estuviera cerca de donde hubiera árboles.

«Casi todas las escuelas imaginadas tenían más áreas de deportes o de danza que de clases. Sobre los profesores, hablaban de personas que no les gritaran, que los reconocieran por sus características más particulares. Y en cuanto al director, querían que hubiera más de uno, por lo menos tres, porque asociaban a esa figura con el espacio al cual eran llevados los alumnos cuando ya no se podía más con ellos a otros niveles. ¡Estaban buscando dirección colectiva, y más de una mirada!

«Hasta de las bibliotecas hablaban. Hubo un niño que preguntó por qué si en esos espacios hay cuatro asientos y una mesa al centro, después la bibliotecaria mandaba a callar… Esa frescura la tienen nuestros niños: decir sus verdades, ideas insospechadas, tener un gran sentido común.

«Somos los adultos quienes vamos coartando esa capacidad —que por cierto ellos no pierden— de ser creativos, de decir cosas y decirlas bien. Ellos tienen una imagen de los adultos que está muy asociada al bien o mal, al elogio o al castigo. Piensan: “Si digo tal, está bien; si digo otra idea, está mal”. Se van apropiando de eso: “¿Qué es lo que les gustaría escuchar a mis profesores? Pues de eso voy a hablar”.

«Creo que hay que penetrar en ese mundo de las relaciones de los jóvenes con los adultos. Recomendaría que algunas lecciones de Félix Varela fueran publicadas en el periódico. Algunos podrán decir: “Ideas de hace tanto tiempo…”. Es que Varela fue, de los pedagogos cubanos, quien más conoció al joven. Por sus aulas pasaron los que después estarían al frente de nuestras luchas por la independencia.

«Notó que los jóvenes llegaban a sus aulas con una manera de pensar inesperada e incomprensible para él. No sabía por  qué pensaban así, por qué no sabían decir las cosas, por qué no tomaban el camino previsible. Y luego de investigar, Varela dijo que la culpa no era de los alumnos, sino de los métodos y del lenguaje del maestro, por considerar como irracionales a las personas que no lo eran, por creer que los jóvenes no saben pensar. Fue a partir de esa experiencia que Félix Varela cambió sus métodos.

«Decía este maestro que bastaba con decir a los jóvenes que tomaran por un camino, para que ellos quisieran tomar la ruta contraria. Por eso hay que educarlos, decía, imperceptiblemente, como si no los educaras. Y habló de la persuasión como método pedagógico, algo a lo que también hizo alusión el Che cuando habló de métodos educativos, entre los que incluyó al ejemplo, y a los errores cometidos, estos últimos partiendo de la premisa de que todos nos equivocamos».

—¿Cómo lograr que un ser humano adulto no olvide que él es un creador?

—El tema es muy complejo. Creo que estancan las circunstancias, las experiencias vividas, un «así no…» que sale al paso. Tienen lugar procesos de adaptación que comienzan a buscar los caminos menos trabajosos. Entonces hay que atender esos procesos.

«Tuve que ver en algún momento de mi vida profesional con los jóvenes y sus festivales de aficionados. Hacían muy buenos festivales. Una vez les dije que el arte tenía sentido si era compartido con el pueblo. Y un buen día vinieron ellos a decirme que habían hecho su propaganda por la ciudad, y que iban a actuar en el Anfiteatro de Marianao, en La Habana. Confieso que me asusté de la idea que les había comentado.

«Alquilaron hasta un carrito con un altoparlante para anunciar la actividad. Fueron a la Facultad de Educación Física del Pedagógico en Ciudad Libertad, y se buscaron a todos los deportistas, y los colocaron en el teatro en lugares estratégicos, para evitar desórdenes. Así son los jóvenes, capaces de muchas cosas buenas cuando están motivados».

—Usted hablaba de la relación entre los que empiezan a vivir y los adultos; incluso los que vienen de vuelta, como una dinámica clave en lograr seres plenos. ¿Acaso no hay brechas inevitables entre personas de generaciones distintas?

—Nunca he sentido el distanciamiento entre mi edad y mis alumnos, pero no lo he sentido porque he vivido muy metida con la juventud. Hay quien se queda un poco admirado de que yo conozca un poco el lenguaje interno de esas nuevas generaciones. Pero el que tiene hijos y nietos sabe cómo se genera esa comunicación interna.

«En mis tiempos se hablaba de otro modo. Pero todos tuvimos, cuando fuimos estudiantes, una especie de jerga que no queríamos fuera descifrada por los profesores. Antes decíamos: “Tal persona está colgada”, lo cual significaba que estaba suspensa en un examen. El mismo Fidel ha dicho que muchas veces se «comía las guásimas», con lo cual ha querido decir que dejaba de ir a clases.

«Todos los jóvenes, en todas las épocas, han tenido sus lenguajes y modos diferentes de ver las cosas si son comparados con sus padres. Yo pensaba diferente de los míos. Y creo que uno de los elementos más interesantes es justamente el debate. Hay que propiciar un enfoque de análisis, de participación, cuyo centro sea el debate. Esa guía la explicó muy bien José Martí.

«Habría que buscar su escrito “Clases orales”, en sus Obras Completas, para leer su explicación de cómo era su método durante las clases que impartía. Primero les decía a los alumnos todo lo que sobre una idea, en contra, se había expresado; y solo después compartía sus criterios en positivo, para que los alumnos pudieran discernir, y a partir de toda esa información abrir el diálogo».

—Qué asombrosa seguridad para transmitir las ideas…

—La explicación está en una gran virtud: José Martí se veía a sí mismo como a un joven.

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