Algo más que calzarse las botas…

Incorporarse a la preparación militar básica de los nuevos soldados, conocida popularmente como «previa», es el inicio de una nueva manera de asumir la vida y sus responsabilidades sociales

Autor:

Hansel Pavel Oro Oro

Un toque de campana: Decantación de prejuicios

Levantarse a las seis de la mañana, alistar la cama, realizar la gimnasia matutina y el aseo e inspección personal en tiempo récord es un cambio brusco para todo joven cuya edad oscile entre los 18 y los 21 años.

Precisamente, por estas «extrañas» rutinas, el joven que ingresa al Servicio Militar Activo siente que algo de las displicencias, y hasta del «desorden» con que no pocas veces ordenamos la vida civil, están cambiando.

Incorporarse a la preparación militar básica de los nuevos soldados, conocida popularmente como «previa», es el inicio de una nueva manera de asumir la vida y sus responsabilidades sociales, pues hasta en los «sedentarios» domingos deben levantarse con rapidez al compás del mismo rigor.

Prácticamente todo el año, llegan a las unidades del país, miles de nuevos reclutas inscritos en los comités militares de cada uno de sus municipios de residencia.

Los Centros de Preparación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) se caracterizan por forjar disciplina, inculcar valores, crear  un carácter y una actitud ante la vida.

Muchos padres educan a sus hijos bajo posturas proteccionistas, sin saber que con esta actitud solo pueden sembrar inseguridad al estar lejos de ellos, mientras que otros utilizan frases como «deja que te coja el “verde” para ver si te enderezas», o «deja la blandenguería que ahorita estás en el “servicio”».

El habanero José Javier Aguilera fue una de las víctimas de estos prejuicios, expresados tanto en su seno familiar como en boca de sus amigos: «Fueron a mi casa para citarme. Al principio tuve una mala impresión, porque en la calle me decían que el servicio era “terrible”, pero al enfrentarme a la realidad cambié de opinión, ya que nos acogió un colectivo de sargentos y oficiales bien instruidos donde ha imperado el respeto mutuo».

Yaram Silva Rivero, de Ciego de Ávila, comenta que es un cambio brusco en relación con los estereotipos que existen socialmente sobre el paso por la vida militar.

«Siempre me lo imaginé de una manera negativa, pero cuando llegué aquí observé la higiene, la buena alimentación y el trato respetuoso de los superiores. Además, velaban por nuestra preparación física, y en caso de sentir cualquier malestar en el cuerpo se nos trasladaba al puesto médico en el horario que fuese. Poco a poco nos fueron educando y formando. Recuerdo que en el preuniversitario mi mamá me levantaba temprano y yo le decía: “mami, dame diez minutos más”; aquí no puedo hacer eso. Esto para mí ha sido otra escuela».

Segundo toque de campana: Formación de valores

El primer teniente Abelardo Paz Díaz, instructor político de la unidad, señaló que el primer valor a forjar en los nuevos reclutas es el de revolucionario, a través del conocimiento de la historia de la Patria y el amor a los símbolos nacionales.

«Hacemos matutinos en fechas significativas, y por las noches creamos las condiciones para que puedan ver el noticiero como parte de su preparación política. Incluso tenemos un grupo musical típico, organizado por los mismos combatientes, bajo el nombre Cincuenta por cincuenta, en homenaje al aniversario 50 de la proclamación del carácter socialista de la Revolución y de la victoria militar en las arenas de Playa Girón».

En las cinco semanas de previa, los jóvenes aprenden el reglamento militar, reciben clases de infantería, táctica, combate cuerpo a cuerpo, primeros auxilios y, sobre todo, ejercitan el manejo del fusil automático AKM como arma individual de cada soldado, sin obviar el dominio de las medidas de seguridad.

Para el joven Alberto Díaz, portar un arma tan potente no fue cosa de juego: «Nunca había tenido un fusil en mis manos, me sentí alguien importante».

Antes de ir al campo de tiro realizan prácticas con fusiles neumáticos para afinar la puntería y miran algunas video clases, donde les grafican las actividades que después llevarán a la práctica.

El teniente coronel Jaime Rozas Tent, jefe de un centro de preparación, revela que la primera semana le fue difícil a los reclutas adaptarse a la vida militar, pero al cabo de la segunda y tercera semana ya comenzaban a obtener los logros que buscaban.

«La gran mayoría me ven aquí, además de como el jefe, como el padre de ellos. Les transmito respeto y les exijo disciplina con el propósito de sentirnos todos iguales».

Esta filosofía contribuye a que algunos de los reclutas opten por la vida militar y pasen el curso de sargento profesional instructor; en otros, como el caso del camagüeyano Arbel Molina, de 19 años, deja imborrables huellas, no solo en la concepción de lucha de todo el pueblo, sino en la formación y preparación como seres humanos.

«Existen dos cosas que difícilmente se olvidan: el cariño de una madre y el servicio militar. Aunque extraño a la familia siento que cambié mi actitud, cogí más fundamento. Es un cambio de muchacho a hombre», reconoce.

Para este joven, adquirir hábitos como tender la cama y respetar a sus jefes le ha impregnado un alto grado de conciencia.

De pie, último campanazo

«Hace unos días fue mi cumpleaños, casualmente le tocaba a mi pelotón hablar por teléfono, nosotros rotamos de manera organizada, cada día le corresponde a un pelotón diferente. Todos me cantaron felicidades en el matutino. Si estuviera en casa, tal vez saldría con mis padres, pero estoy cumpliendo con mi deber y me siento bien por eso» cuenta Raciel Moreira Mora, de 19 años.

¿Cómo pasaron su primer 14 de febrero lejos de la novia estos muchachos?, interrogamos.

Según José Javier, ellos lo celebraron el día anterior, el domingo, con las visitas de sus padres, amigos del barrio y, por supuesto, con la novia. Todos pudieron entregar una postal que habían comprado en la feria del Fondo de Bienes Culturales traída a la unidad para que los reclutas tuvieran la posibilidad de comprar un presente para quienes comparten su amor.

«A mi novia Marlay, cuando me vio, se le aguaron los ojos. Nunca habíamos estados tan separados. Le expliqué y ella entendió. Nos extrañamos, pero sabía que tenía que cumplir con la Revolución, y todo está bien por esa parte».

Benito Hernández Milián no pudo tener ese domingo a su familia, pues él, como muchos otros, proceden de otras provincias: «Los muchachos que no somos de la capital tuvimos la posibilidad de jugar fútbol, pelota, baloncesto, ajedrez, actividad que ya es habitual los domingos y algunos miércoles ¡Ah! La música no puede faltar».

El amor es una de las cosas más bellas que existen, no solo a la pareja, a los padres, a la vida, a la tierra que nos vio nacer. Un amor que constituye para estos jóvenes una fuente de inspiración para continuar su camino.

José Javier, Yaram, José Alberto, Arbel y Benito confiesan que el servicio militar es algo más que calzarse las botas... Es crecer y convertirse en verdaderos hombres. Como ellos, muchos otros pueden contar sus historias intensas, emotivas, ser narradores de sus propias aventuras, protagonistas de sus batallas estratégicas.

En una ocasión el General de Ejército Raúl Castro dijo: «… los jóvenes no solo son la esperanza, sino el sostén de la Patria».

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