La caminata imprescindible

JR aborda cómo surgió la idea de los famosos 62 kilómetros, que cada miliciano tenía la obligación de recorrer a pie para poder integrar un batallón de milicias, y recibir después su emblemática boina verde olivo

Autor:

Luis Hernández Serrano

Poco tiempo después de conformado el curso de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas se comenzaron a organizar los batallones que sus graduados iban a encabezar.

Fidel encargó la tarea del entrenamiento de esos batallones en la capital del país al Capitán José Ramón Fernández, a quien preguntó a qué prueba iban a ser sometidos los aspirantes para medir su voluntad, firmeza y decisión de ser milicianos de esas unidades.

En verdad el propio Comandante en Jefe propuso que fueran y regresaran a pie desde Managua hasta Santa Cruz del Norte. Sin embargo, cuando se midió en el mapa la distancia a recorrer —ida y vuelta— era superior a los cien kilómetros.

Se requería un hombre de excepcionales condiciones físicas y bien entrenado para vencer esa longitud en una sola jornada, lo cual era casi imposible.

Al final se escogió la ruta por Managua, saliendo a la carretera que conduce a Batabanó, hasta San Antonio de las Vegas, de ahí a la Ruda, con salida a la Carretera Central, y luego San José, Cuatro Caminos y se regresaba a Managua. De este modo surgió la caminata imprescindible de «los 62 kilómetros», la famosa prueba que tenía que cumplirse para ser miliciano de verdad.

El primer batallón en pasar la prueba fue el 111. Se le entregaba un pequeño papel impreso a cada caminante para comprobar si, en efecto, realizaba el recorrido reglamentario: se le acuñaba en distintos puntos de la trayectoria escogida.

Pero… ocurrió que esa misma noche cayó un tremendo aguacero. Fidel se sumó a la marcha durante una parte del recorrido, bajo la intensa lluvia. Y al siguiente día, por la mañana, a la hora estimada, no regresaba nadie.

Los primeros hombres llegaron a eso de las diez de la mañana, después a las once, a las doce y a la una, completamente agotados. Y sobre distintos vehículos llegaron, gradualmente, los que, pese a su esfuerzo enorme, no pudieron vencer la fatigosa prueba.

A eso de las cuatro de la tarde, el capitán Fernández se reunió en un aula con sus cuadros de mando para analizar lo que había sucedido, y de modo inesperado, se abrió la puerta y apareció el líder de la Revolución.

Según ha precisado bien el propio Fernández, Fidel les habló a los hombres. A los que no habían podido llegar airosos a la meta, les dijo que para formar parte del batallón era necesario vencer la prueba de los 62 kilómetros. Y recalcó que aquello era algo completamente voluntario.

A los que llegaron primero —señal de mayor entrenamiento, resistencia, juventud y fortaleza física— los puso a un lado, y les dijo que ellos constituían lo que iba a denominarse a partir de ese instante «la Compañía Ligera de Combate», una unidad con destino y armas diferentes, «tropa de choque» que iría siempre a la cabeza de los demás.

E inmediatamente aclaró que a los que no habían vencido, si querían, podían marcharse, pero los que decidieran quedarse, tendrían que «repetir la caminata». ¡Nadie se movió!

Entonces —preguntó Fidel— ¿Cuándo la hacemos?

«¡Hoy mismo!», contestaron muchos con entusiasmo. No obstante, se determinó hacerla dos días después. ¡Y la vencieron todos! Esta es la historia verídica de la célebre e imprescindible caminata de los 62 kilómetros.

Fuente: Prólogo de José Ramón Fernández al libro Girón, la batalla inevitable, de Juan Carlos Rodríguez, Editorial Capitán San Luis, 2005.

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