En la senda del triunfo

Algunos de quienes decidieron ajusticiar al dictador Fulgencio Batista en su propia madriguera del Palacio Presidencial, recuerdan los detalles del acontecimiento

Autor:

Margarita Barrios

«El 13 de marzo de 1957 salimos rumbo al Palacio Presidencial sobre las tres de la tarde, mientras otro grupo de compañeros, encabezados por José Antonio Echeverría, iban hacia Radio Reloj», recuerda Ángel Eros Sánchez.

«Yo iba en el camión rojo. Llevaba una ametralladora Thompson, una pistola, dos cargadores y dos granadas, y no te miento si te digo que también tenía un susto tremendo.

«Al arrancar no cerramos la puerta, sino que Carbó Serviá, que fue el último en montarse, la aguantó con una soga. De esa forma garantizábamos descender más rápido.

«Nuestro objetivo era tomar Palacio, resistir y luego salir a las calles y lograr un levantamiento popular. Por supuesto, primero ajusticiar al tirano en su propia madriguera. Mientras, José Antonio, en su alocución a través de Radio Reloj, debía conminar al pueblo a ir a la Universidad, donde teníamos más armas. La idea era iniciar una guerra civil en el corazón de La Habana y en pleno día».

—¿Cómo estaba organizado el plan?

—Se basaba en la sorpresa, pero nos fallaron algunas cosas.

«Por ejemplo, al llegar al Palacio, el primer carro entró rápido y comenzó a disparar, aunque la guardia también contestó inmediatamente, pero funcionó la sorpresa. Sin embargo, nosotros tenemos la primera dificultad: se nos atravesó una guagua de pasajeros, y por ello tuvimos que descender del camión más lejos de la entrada.

«En aquellos momentos el regimiento de Palacio era de unos 300 hombres, y los lugares más difíciles eran la planta baja y la azotea. Un grupo debía subir por la escalera lateral hasta la oficina del tirano. Otro entraría hacia la Escalinata central, allí unos tomarían a la derecha y otros a la izquierda, entre ellos yo.

«Así dicho sonaba muy bonito, pero fue muy difícil. Al grupo mío nos disparaban desde arriba, sin tregua, aquello era tremendo. Éramos un comando suicida, de acción rápida, nosotros logramos hacer lo que nos habíamos propuesto: tomar la planta baja y llegar al despacho.

«Yo estaba herido en un muslo. Habían muerto varios compañeros y otros estaban lesionados. El grupo de refuerzo no llegó y decidimos retirarnos. A la salida cayeron más».

—¿Cómo logró salir de Palacio?

—De milagro. Me tiré debajo del camión y se me cayó la ametralladora. Con la pistola, y corriendo en zigzag —como en las películas— logré escapar de las balas de una ametralladora 50 que estaba en la azotea de Palacio, y que cazaba a los asaltantes que lograban salir.

«No habíamos previsto nada para la retirada, y yo no sabía qué hacer. Me interné por las calles de La Habana Vieja, primero me escondí en un bar y luego amenacé a un taxista con la pistola y lo obligué a poner su auto en marcha.

«Al taxi lo paró un policía. Me ve, pistola en mano y con manchas de sangre en la cara, y le dice al chofer: “¿Estás alquilado?”, y se manda a correr. Bueno, yo me alegré, porque hubiera tenido que matarlo y complicar más la situación.

«En las calles Cuba y Merced había unos parientes de mi madre que eran batistianos, lo cual era muy bueno, pues hacía la casa más segura. Allí me escondí unos días y dos meses después me asilé en Miami».

—Al paso del tiempo, ¿cómo valora esos hechos?

—Hoy, los veo igual que entonces. Cuando se está convencido, resuelto a hacer algo, se asume cualquier consecuencia. No es que yo fuera guapo ni nada de eso. Tenía sencillamente la convicción de la utilidad y la necesidad de la lucha.

Cada hombre una misión, un plan

«Cada hombre tenía una misión y cada grupo un plan para desarrollarlo. Para la acción de Radio Reloj nos movimos en tres carros: José Antonio iba en el segundo, junto a Fructuoso; y yo manejaba el tercero. En total éramos 15 hombres», recordó Juan Nuiry.

«Cronometrado con la acción de Palacio, a las 3 y 14 minutos de la tarde se detuvo el primer carro en la esquina de M y 23; el segundo paró ante la entrada del edificio donde estaba la emisora y el tercero cerró la esquina de M y 21, debíamos impedir todo acceso hacia esa cuadra.

«José Antonio bajó del carro junto al grupo de compañeros que lo acompañó hasta la cabina de Radio Reloj. Todo era tensión. Le entregó a los locutores los partes, ellos continuaron con las noticias y comerciales, y de pronto, el anuncio: “¡Atacado el Palacio Presidencial!”.

«Luego se escuchó, en la inconfundible voz del Presidente de la FEU, la alocución dirigida al pueblo. Nosotros teníamos puesta la emisora en los radios de los carros. De pronto se corta la transmisión, solo se escuchaba el tic-tac de la emisora. Eso nos sorprende, los minutos se nos hacían más largos, hasta que vimos descender a nuestros compañeros pistola en mano, José Antonio era el último.

«Cuando arrancamos se escuchan unos disparos por la calle 23. Ese hecho, junto a las dificultades para circular, porque en aquellos momentos se estaba construyendo el Habana Libre y había camiones, grúas y materiales de construcción atravesados en la calle, hizo que nuestros carros se dispersaran en el camino hacia la Colina.

«El primero continuó por toda la calle M, hasta San Lázaro, donde dobló a la derecha y llegó a la Escalinata; el segundo siguió por M y dobló por Jovellar hacia la Universidad, y yo fui por M hasta 25, tomé izquierda en J y llegué a la Colina, fui el único que logró entrar a la Universidad.

«Cuando estaba emplazando la ametralladora calibre 30 en el Rectorado, observé que por la Escalinata venían Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook con una inolvidable expresión de dolor reflejada en los rostros, y me comunican que José Antonio había caído combatiendo contra la policía en una de las calles aledañas a la Universidad.

«El hecho de no salir al aire la parte de la alocución en la que se conminaba al pueblo a incorporarse a la lucha y venir hacia la Universidad donde se les entregarían las armas, fue otra dificultad de nuestra acción.

«Ante la precaria situación decidimos hacer una retirada estratégica. Mi partida de la Universidad fue bajo un fuerte tiroteo, en el mismo auto utilizado para la acción de Reloj, y llevaba conmigo, herido, a Faure Chomón, que había logrado llegar a la Colina con otros compañeros de Palacio.

«Los que participamos en esa acción, y a lo largo de las luchas logramos quedar con vida, el 31 de diciembre de 1958 estábamos en nuestros puestos de combate, en la clandestinidad o en las montañas».

Silencio para un héroe

«Eran aproximadamente las siete de la noche cuando el cortejo fúnebre que llevaba los restos de José Antonio atravesó la Ciudad de Matanzas. Pasó en silencio, la población no sabía que él sería trasladado desde La Habana hasta el panteón de su familia en Cárdenas», recuerda Talía Laucirica Gallardo, su amiga y compañera de estudios.

«Al llegar al cementerio, serían más o menos las ocho de la noche, ya había oscurecido. Nos hicieron bajar de los carros y solo siguieron hasta el panteón el carro fúnebre y el de los padres de José Antonio. Nosotros continuamos a pie, con las dificultades de la penumbra. Entre las tumbas había soldados apostados con armas.

«Fue el entierro de un héroe, y sin embargo había sido tan pequeño, sin un solo homenaje. Al día siguiente, bien temprano, hablé con unos amigos de una florería de Matanzas para que me hicieran una ofrenda floral y, sobre el mediodía, mi padre me llevó hasta la tumba en el carro y dejé allí las flores. Así me despedí de él».

—¿Cómo recuerda a José Antonio?

—Era una persona muy especial. Por una parte serio, cumplidor, muy seguro de su compromiso con la Patria; y al mismo tiempo cariñoso, agradable, le gustaba disfrutar de la vida, como a cualquier joven.

«Bailaba muy bien y le gustaba mucho la música. Tenía una novia, María Esperanza, que era una joven muy bonita y también estudiaba en la Universidad. No era difícil ver a José Antonio tomándose una cervecita en el bar del Hotel Colina con sus compañeros de estudios, o en alguna fiestecita que hacíamos en casa de algún compañero».

—Usted participó en las manifestaciones estudiantiles…

—Yo bajé la Escalinata varias veces. José Antonio me decía que no saliera, trataba de protegerme, porque yo era muy jovencita y mujer, además había una amistad entre nuestras familias, lo cual le creaba un compromiso.

«Hay cosas que te marcan para toda la vida. Cuando veo a los muchachos de hoy recuerdo esa etapa, uno no la tuvo.  Somos una generación marcada».

Caídos en las acciones del 13 de Marzo

 

José Antonio Echeverría Bianchi

Ramón S. Alfaro Betancourt

Luis Felipe Almeyda Hernández

Ormani Arenado Llonch

José Briñas García

Mario Casañas Díaz

José Castellanos Valdés

Adolfo Delgado Rodríguez

Ubaldo Díaz Fuente

Enrique Echevarría Acosta

Pedro Esperón Delgado

José Luis Gómez Wangüemert

Carlos Gutiérrez Menoyo

Norberto Hernández Nodal

Reinaldo León Llera

Gerardo Medina Cardentey

Menelao Mora Morales

Pedro Nolazco Monzón

Eduardo Panizo Busto

Celestino Pacheco Medina

Carlos Manuel Pérez Domínguez

Evelio Prieto Guillama

Abelardo Rodríguez Mederos

Pedro Téllez Valdés

Pedro Zayden Rivera

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