El delegado de Santo Tomás

Allí vive Yan Carlos Nieblas Rodríguez, uno de los dos delegados al V Congreso de los Pioneros que representarán al municipio matancero de Ciénaga de Zapata

Autores:

Hugo García
Luis Raúl Vázquez Muñoz

SANTO TOMÁS, CIÉNAGA DE ZAPATA, Matanzas.— Santo Tomás se encuentra en uno de los corazones de la Ciénaga. Al poblado se llega por un camino que no parece tener final. El tramo es de tierra pura por donde asoman los trozos de un asfalto que el monte se tragó. En una hora y media de viaje se transitan los 30 kilómetros que separan a Santo Tomás del poblado de Buenaventura. Con un bosque cerrado y un molesto polvo que no dejan ver qué hay más allá, de pronto se levantan unos árboles inmensos y Santo Tomás aparece con todo el verdor de la Ciénaga.

Allí vive Yan Carlos Nieblas Rodríguez, uno de los dos delegados al V Congreso de los Pioneros que representarán al municipio matancero de Ciénaga de Zapata, pues estará acompañado por su coterránea Daniela Venero, de la escuela primaria Félix Edén Aguada, de Playa Girón.

El aire se respira y un aliento frío inunda los pulmones, y el cuerpo se llena de una energía extraña que no se siente en la ciudad. Ese es el aire que absorbe este niño, alumno de la escuela primaria rural Claudio Argüelles, y que prefiere el paisaje de la Ciénaga a las bondades de la vida en Playa Larga.

Cuando le preguntan por qué prefiere vivir en un lugar tan alejado, Yan Carlos responde: «Es que allí se juega mejor con los niños». Y la respuesta aparece con unos hombros encogidos, en casa de su madre en el barrio de Mario López, del poblado de Playa Larga. En este lugar encontramos al pequeño delegado después de acompañar en el viaje al pueblo a Ariel Delgado Díaz, licenciado en Defectología y quien es su profesor.

Tal vez sea la respuesta más precisa para explicar qué hace esa cuadrilla de muchachos, que acompañados de unos mayores, nos pasan por el lado con unas varas de pesca camino a la Zanja de Santo Tomás, un canal que se adentra por los pantanos de la Ciénaga y escurre sus aguas al mar. Uno de ellos camina por el frente con una mano metida en el bolsillo del short, mientras que en la otra lleva una jicotea enorme colgada del rabo, con los mismos ademanes con que se lleva una jaba para comprar el pan.

Es esa cercanía con la naturaleza la que ha moldeado parte de los sentimientos del niño. También su tía, Juana María Camejo Martín, nos da las otras claves de por qué su sobrino prefiere a Santo Tomás. Enseña unas bolsas con unas posturas donde se ven unos tallos que ya empiezan a mostrar lo que serán las ramas de un árbol.

«El niño tiene unas manos prodigiosas para la tierra. Lo que siembra se le da. Hasta los mayores se quedan asombrados», dice. Yan Carlos se ríe: «Es que se deben cuidar. Sobre todo de las vacas; te comen las posturas en un dos por tres. A mí se me han dado unas cuantas maticas de algarrobo y majagua, de esas que crecen hasta convertirse en árboles bien grandes».

La Claudio Argüelles es la escuela del poblado. Allí estudian los niños de distintos grados. Tres cursan el primer grado e igual número el segundo, mientras que en tercero solo está Yan Carlos.

Apenas ocupan un pequeño espacio del aula donde se pueden sentar unos 20 alumnos. El profesor indica las actividades por un nivel de enseñanza; mientras ellos las cumplen, el maestro se concentra en la otra parte del grupo.

Las excursiones por el monte o la observación de aves podría ser el gran sueño de cualquier niño de la ciudad. Sin embargo, aquí es cotidiano ese vínculo con la naturaleza, en lo cual ha influido también el hecho de contar con un círculo de interés dirigido por el Cuerpo de Guardabosques.

Así transcurre el tiempo en la escuela, un espacio donde también pueden ver los materiales en el video. Allí también Yan Carlos aprovecha en los momentos de receso para ver los animales, sobre todo una pata de plumaje blanco con salpicaduras de manchas oscuras en la punta de las alas, un ave que aún no acepta novio, como aclara el niño.

A finales de diciembre de 2009, el pintor Alexis Leyva Machado «Kcho», se apareció en Santo Tomás con un pequeño grupo de amigos. «Estuvo tremendo rato con nosotros y al final nos hizo un dibujo en la pizarra —dice Yan Carlos. Nos pintó el escudo de Cuba en un bote y pidió que lo cuidáramos». Días más tarde, en un receso, un alumno intentó borrar el dibujo. «Lo que le “cayó encima” no fue fácil —cuenta—. Los muchachos se le pararon delante, señalaron el escudo y advirtieron: eso no se borra, eso se queda». Y aún el escudo está.

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