Una bala 50 me atravesó el abdomen

Tenía solo 15 años Manuel Torreiro Machado cuando conoció las fauces de la muerte. Un proyectil disparado por un bombardero B-26 durante los combates de Girón fue el culpable

Autor:

Luis Hernández Serrano

Estaba como a diez metros de la carretera que va de Playa Larga a Girón, en el punto donde se encuentra con el Camino de los Carboneros, cuando sintió un golpe fuerte en el estómago.

Era el mediodía del 18 de abril de 1961 y Manuel Torreiro Machado tenía solo 15 años. Un proyectil calibre 50, disparado por un avión B-26 norteamericano, le penetró en el vientre y le perforó la cadera derecha.

«Estábamos emplazando nuestra ametralladora soviética de trípode calibre 7,92 milímetros. Yo era el fusilero de apoyo, junto al tirador y al ayudante, los tres del segundo pelotón de la segunda compañía del Batallón 144, perteneciente al municipio capitalino de Diez de Octubre».

Según un compañero que lo vio, el impacto de la bala lo lanzó como tres metros hacia atrás, aunque él eso no lo recuerda.

«Lo que me salvó fue que el proyectil me dio en la punta de la hebilla, atravesó el cinto, se desvió un poco, me perforó el hueso de la cadera derecha y salió por el glúteo derecho».

Recuerda que no se desmayó, pero que tenía la pierna encogida hacia atrás y se la enderezó. Torreiro, de baja estatura, pesaba apenas 114 libras.

«Enseguida me cargaron, me montaron en un camión y dos milicianos de mi batallón me llevaron a toda carrera hacia la enfermería del Central Australia. Con un pedazo de camisa intentaron contener la sangre. ¡De milagro no me desmayé!».

Del cielo llovía plomo

«Sentimos el avión. Venía de Playa Larga a Girón. Era el segundo que habíamos visto. Viró por encima de la carretera y vino echando plomo».

El avión enemigo lo hirió cuando todos los fusileros, con FAL belga, y los ayudantes con la subametralladora checa, le disparaban. Porque la ametralladora no estaba colocada para tirarle a aviones.

Cuenta que al llegar al Australia revisaron su herida y lo mandaron inmediatamente a la Casa de Socorro de Jagüey Grande. Allí le taponearon los dos orificios, el de entrada y el de salida, y lo enviaron con urgencia hacia el hospital de Colón.

«De Jagüey a Colón (según me contaron después) iba desmayado; no creo que haya sido solo por la pérdida de sangre, sino porque en la Laguna del Tesoro solo nos dieron una lata de leche para tres y una naranja para cada uno». Supo más tarde que el proyectil le pasó a un centímetro de la arteria hilíaca y salió con una abertura mayor, claro, pero sin interesar ningún órgano vital.

«Sin embargo he estado padeciendo durante 50 años de aquella herida: tengo una pierna más corta que la otra, la cabeza del fémur deformada y en los cambios de tiempo me duele. El piloto, por supuesto, tiene su culpa, pero los mayores culpables son los imperialistas».

¡Operó un ginecólogo!

Torreiro se ríe, porque el médico que lo operó era un ginecólogo y refiere que siempre le han dado «tremendo cuero» sus amigos: «Por eso de que el doctor de las mujeres fue el que me salvó la vida.

«Tengo que aclarar —para que no sigan bonchando ahora con ese detallito— que antes de hacerse ginecólogo, ese médico era cirujano general», dice el fotógrafo de profesión, ya jubilado.

«No recuerdo su nombre, lamentablemente, pero él me dijo después que por la juventud que yo tenía y al verme tan delgado, pensó que el plomo me había perforado el intestino o el hígado, y por eso me operó primero».

Recuerda también nuestro entrevistado que el doctor José Ramón Machado Ventura, de visita en el hospital para ver a los heridos, habló con él y le dijo: «¿Tú sabes que naciste al mediodía del 18 de abril? Pues cuenta tus años de ahora en adelante».

Los 62 kilómetros y el Escambray

«Mi padre, Manuel Torreiro Brocos, era fotógrafo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Por eso es que conservo una foto, yo con mis muletas, recién dado de alta de mi herida en Girón, al lado del ministro Raúl Roa, tirada por mi viejo; un gran recuerdo para mí, casi como un trofeo de guerra».

Torreiro estaba en el Quinto Distrito, en la Víbora, donde perteneció a la guarnición, cuando ayudó a cargar y descargar en La Cabaña las primeras armas que llegaron de la URSS y de Checoslovaquia, en 1960.

Después caminó los 62 kilómetros y pasó la escuela de milicias de La Chorrera, donde integró el Batallón 144, con el que participó en la limpia del Escambray, primero acampado junto a un río en territorio de Trinidad y después en un cerco entre Banao y La Güira.

«Recuerdo hasta el número de mi fusil FAL, el 12164. Y que cumplí los 15 años allí en el Escambray, comiendo carne rusa, arroz blanco y frijoles negros, a la intemperie, tapando la ametralladora con un nailon».

Una noche a uno de los compañeros, en medio del cerco, se le fue un tiro y lo que se armó fue tremendo. Vino el jefe del batallón —Capote (no recuerda el nombre de pila)—, revisó las armas, y como El Chino era uno de los que había disparado de lo lindo, lo sancionó a abrir huecos para las letrinas en los bohíos de los campesinos. «¡Tremenda jornada de pico y pala! ¡Peor que abrir una trinchera!

«Cuando regresamos de la limpia del Escambray y fui a entregar mi FAL en el Quinto Distrito, me dijeron que fuera a ver a mi familia y lo entregara después. Iba con mi pelo largo y el fusil en la mano dentro de la guagua, como si fuera un juguete. Yo vivía cuando eso en Santos Suárez. En la casa me enteré del bombardeo del día 15. Corrí para el Quinto Distrito».

Allí, en cuanto se conoció del desembarco mercenario, el jefe del Batallón, un teniente de los del rombo metálico en la boina, de los graduados en la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas, a las órdenes del capitán José Ramón Fernández, les explicó la misión.

«Nos montamos en varios camiones. Hicimos noche el mismo día 17 en la Laguna del Tesoro y al otro día nos despertó el vuelo de un avión al que las “cuatrobocas” de unos artilleros más jóvenes que yo le tiraron duro y se fue a millón.

«Llegó la orden de entrar por el Camino de los Carboneros hasta Caleta del Rosario. Nos detuvieron otros milicianos y subieron a nuestro camión. Hicieron el cuento de que le cayeron detrás a un mercenario paracaidista, le dispararon y cayó en el combate».

Torreiro Machado rememora que el 144 era un batallón especial de ametralladoras 7,92. Tenía por lo menos 120 artilleros, 120 fusileros, 120 ayudantes y una compañía de morteros.

«Lo más impactante para mí no fue caer herido, sino ver a un miliciano del Batallón 339, debajo de un árbol, ya sin vida, rígido, apuñalado. Y descubrimos que había cogido en su mano derecha un montón de hierba. Cuando levantamos su cadáver quedó con un puñado en esta. ¡Quién sabe si fue del dolor que sintió al morir, o porque quiso quedarse con parte de la patria que defendía entre sus dedos sin vida, como un símbolo o un sentimiento, como un mensaje! Por lo menos eso pienso ahora. Ese fue el primer muerto que vi en mi vida. No supe su nombre. Tenía su boina verde olivo puesta. Nosotros no, ni siquiera el teniente jefe del Batallón. No alcanzaron para nosotros cuando salimos de la escuela. Yo estuve en el Escambray y en Girón con una boina negra. Después me llevaron una al hospital».

La miliciana

Cuando operaron a nuestro entrevistado en el Hospital de Colón, cuidó de él una mujer nacida en Jiguaní, Oriente, luchadora clandestina contra Batista, que residía en ese municipio matancero y que tenía cuatro hermanos combatientes del Ejército Rebelde: Inés Castillo Rosabal. No era una enfermera, sino la primera miliciana que salió de su casa rumbo al antiguo Ayuntamiento, en ese momento sede de la JUCEI o administración municipal.

Ella nos confirmó por teléfono hace unas cuantas horas solamente: «Sí, recuerdo a aquel niño herido y operado. Yo trabajaba entonces en el Registro Pecuario de la JUCEI; me despertó uno de mis hermanos —Orestes— al saber de la invasión. Y no olvido los cañonazos y los bombardeos que se sentían en Colón. Tal vez sentí el ametrallamiento de ese muchacho, Manuel Torreiro; nunca olvidé su nombre y su padre me tiró una foto junto a su cama, en el hospital, al lado de su mamá y una trabajadora del hospital».

Ella nos contó que también vio llegar mal herido a Delio Carrera Viera, bazuquero de la Columna de Fidel. «Por cierto, primo hermano de mi esposo… ¡Ah!, déjeme decirle que estando en Girón, en 1978, filmaron un documental y salí en él».

Hace dos años, Inés Castillo buscó el nombre de aquel joven de 15 años al que por poco mata el avión yanqui en Girón, y pudo comunicarse con él. Por esa razón nosotros hoy pudimos hablar por teléfono con ella. ¡Así es la vida!

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