Días de Girón (final)

Premonición salva la vida de un miliciano. El avión que reventó en el aire. Un mercenario se confiesa. Recuerdo del 444

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Al amanecer cruzaron la trinchera. Algunos no la pudieron observar con detalle y lo que recuerdan es el humo blanco, a ratos espeso, que se movía con una lentitud de cementerio por el lugar.

Francia, al menos, tiene presente el suelo cubierto de casquillos y los parapetos construidos con una tierra removida de color grisáceo. Los muertos y los heridos mercenarios no estaban. Se los habían llevado antes del amanecer, temerosos de que el asalto de los milicianos no fuera más que el preámbulo de algo mayor.

En cambio, en las posiciones cubanas los enfermeros y el personal de la Cruz Roja sacaban a los últimos destrozados por el combate. Algunos todavía respiraban con unas zanjas de carne abiertas por las ametralladoras en piernas y espaldas. Otros permanecían con la actitud de los alucinados. Como el teniente Carrazana, de la tercera compañía. Era un mulato presumido y de andar bien planchado, famoso entre los alumnos por sus malas pulgas y su dureza al dictar reportes. Ahora, tenía la cara y los brazos cubiertos por los «navajazos» de un proyectil de fragmentación. Respiraba cansado, como si le costara enorme esfuerzo tomar el aire, y miraba hacia los lados sin poder distinguir a las personas que le caminaban delante.

El mal lugar

Playa Larga podía ser el último lugar del mundo, si no fuera por los cañonazos y el ruido de los carros y piezas de guerra que se escuchaban a lo lejos. Fue allí, entre las cabañas maltratadas por la artillería, que llegó la orden de regresar al Australia y esperar.

El central parecía un hervidero de obuses y pelotones de las distintas fuerzas del ejército y las milicias. Francia las vio, y con ese bullicio a la espalda caminó hacia el círculo social del batey. Allí eligió un lugar pegado al muro, donde se amortiguaban un tanto los ruidos de la calle. Recostó el fusil y fue a acomodar las cananas con sus «peines», cuando sintió un malestar por dentro. Permaneció arrodillado, apenas moviendo los brazos por la lisura de las correas, y dijo: «No». La empezó a envolver con gestos medidos, aunque enérgico, y concluyó: «Este es un mal lugar».

Ya casi en la puerta lo detuvieron: «Oye, Francia, ¿a dónde vas?». «Para afuera», respondió. «Este es un mal lugar». «¿Y en qué lado te vas a meter, mi’jo». «En cualquier parte, menos aquí». Tomó el fusil por el guardamano y apuntó hacia la calle: «Si quieren no vengan conmigo, pero este es un mal lugar: está metido en el pueblo y miren la cantidad de gente que hay».

Se acomodaron bajo un vagón de caña, y a los pocos minutos les asaltó un suave cansancio. Ya estaban embriagados por el sueño cuando el fragor lejano de la artillería los hizo volver a la realidad. Recordaron las concentraciones en el Australia y uno comentó: «A lo mejor esto se aguanta hoy». Francia se removió en la hamaca antes de cerrar los ojos y suspiró casi dormido: «A lo mejor».

El último bombardero

El avión apareció a las seis de la mañana. Se veía prieto como el carbón y no perdió un minuto. Ocho líneas fosforescentes salieron de sus alas y el batey se estremeció con el retumbar de las ametralladoras. Salió de la picada rodeado por las trazadoras y regresó a toda máquina en busca de la embestida. Unas cabecitas rojas se desprendieron de sus alas y un cohete explotó pegado al muro del círculo social. Al tercer intento, las antiaéreas lo reventaron en el aire.

El ataque los sacó del descanso. «Esto sigue, y va para largo», comentaron entre ellos. Pero algo pasaba y de eso se dieron cuenta. El cañoneo era más nutrido que antes.

Las columnas de camiones y tanques no tenían final. Las voces de mando sonaban con la misma insistencia de siempre, aunque ahora tenían el matiz de cuando se desea que algo acabe rápido.

De pronto el cañoneo se fue apagando. Lo siguieron desde el batey. Primero se dejó de escuchar en las inmediaciones, luego en las partes más alejadas, en la plenitud de los pantanos y los campos de carboneros, y así se recogió, como una ola, hasta concentrarse en un lado de la costa.

Los milicianos no sabían lo que ocurría, aunque lo imaginaban. Por ahí venía la ansiedad: por sospechar algo que no podían confirmar. Así estaban bajo la arboleda cuando vieron a una multitud regarse sin orden por el poblado. Israel León Acosta, un miliciano de la cuarta compañía, llegó con los brazos abiertos y los ojos azules encendidos. «¡Se están entregando, Francia, se están entregando!», exclamó. Al momento, y sin saber por qué, a Francia le asaltó una duda. Observó a los hombres que se abrazaban y preguntó: «¿Qué día es hoy?». Un compañero de batallón se acercó sonriente: «Hoy es miércoles, compadre —y le palmeó la espalda—. Miércoles, 19 de abril».

La confesión

Se entregaban por todas partes y los agrupaban en Playa Girón. Ángel Rafael Valdés Estepe estaba allí, entre el trasiego de hombres y armas, y vio las hileras de mercenarios caminando sin camisa o con el uniforme desmadejado por la derrota.

Después de la muerte del teniente Antero, la guarnición del cuartel de Jagüey Grande se había quedado al libre albedrío en una guerra de frentes, por lo que decidieron sumarse al primer combate que apareciera en su camino.

Fue así que, sin saberlo hasta hoy, Valdés y Francia combatieron en el asalto nocturno a Playa Larga. Solo que, en vez de regresar al Australia, Ángel Rafael y sus hombres siguieron con los batallones que bajaron por la carretera o se internaron por la ciénaga camino a Soplillar. De ese modo fueron testigos del derribo del primer avión por los niños de las antiaéreas.

Por la mañana del 18, el B-26 apareció en su ruta de caza. Minutos después se iba en picada contra la profundidad de los pantanos. Uno de los hombres de Jagüey Grande lo apuntó con el dedo, como si fuera un jonrón, y fue gritando: «¡Se va, se va, se va… Y mírenlo, que se fue!». Lentamente, Ángel Rafael se quitó la gorra lleno de sorpresas. Recordó las caras infantiles del primer día y murmuró: «Pero si estos vejigos son unos leones».

Cerca de Playa Girón sintieron unas malezas que se rompían. Apenas tuvieron tiempo para divisar una camisa de camuflaje. «Párate, párate», gritó Ángel Rafael. El mercenario iba con una pistola, lanzó dos o tres disparos, apenas sin apuntar, y siguió a toda carrera. «Párate ya, viejo. No corras más».

El hombre atravesó el bohío de un campesino y se quedó en el patio de la casa, blanco en sudores. Ángel Rafael apareció en la puerta. El mercenario balbuceó: «Me entrego… Yo me entrego», y se dejó caer despacio. Lo halaron para levantarlo, pero volvió a desplomarse. El pecho se le inflamaba con trabajo. Ángel Rafael se dirigió al campesino: «Trae un poco de agua, a ver si nivela. Este hombre está muy mal».

Lo condujeron hacia el recinto donde internaban a los prisioneros. Valdés quiso entrar y un miliciano le indicó que dejara las armas. Se quitó la pistola y el fusil, y fue a traspasar la puerta cuando el uniformado le indicó las cananas. «¿También?». El miliciano sonrió: «También».

Estaban sentados en hileras dentro de una amplia sala. Algunos lloraban o permanecían en su lugar sin mencionar palabra alguna, mientras que otros lanzaban insultos por la ventana. Ángel Rafael se acercó a uno fornido, de piel bien cuidada, que se encontraba apartado y con las mangas de la camisa abiertas. Le preguntó: «¿Cómo ustedes se dejaron embarcar en esto?». El hombre cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó pensativo. «No lo sé», dijo. «Lo único que sé es que no podíamos ganar». Valdés encogió los hombros. «¿Pero cómo que no? Mira la cantidad de armas que ustedes traían». El mercenario se fijó en la punta de las botas. «No sé», y miró al frente: «Les matábamos a uno y salían tres». Bajó la cabeza y comentó: «No podíamos aguantarlos. Y así no se puede ganar una guerra».

Malas noticias

A los pocos días el Batallón regresó a la Escuela de Matanzas. Apenas traspasaron el muro de los cuarteles sintieron que el mundo había cambiado. Lentamente, todos comenzaron a recorrer con la vista el dormitorio y terminaron por fijarse en lo que buscaban en las camas de los muertos. Estaban bien tendidas y con sus frazadas dobladas, tal y como las dejaron antes de irse con la esperanza de regresar vivos. Eran dos, cinco, diez… toda una hilera de vacíos salteados en medio del orden perfecto del recinto.

Entonces Francia recordó que aquella sensación de vacío no le era desconocida. La había sentido por primera vez en Pálpite, cuando los formaron al regreso para hacer el recuento de bajas, después del combate nocturno.

Afinó el oído para saber si tenía algún conocido entre los muertos. Un teniente se paró ante la formación, listado en mano. «El uno», llamó. «Aquí», respondieron. «El cinco»… «Aquí». «11»… «Está herido, se lo llevaron por la noche». «25»… «A ese le trozaron las piernas, teniente». «Bien. El 50…». Y se hizo el silencio. El oficial revisó la formación. «¿El 50 no está aquí?». Un miliciano se decidió: «No está aquí, teniente. Lo volaron anoche de un bazucazo». El conteo siguió su ritmo. «El 190…». «Está muerto». «195»… «Aquí». «415…». Y Francia se estiró. Era el de Raudilio Fleitas. Enseguida lo recordó en el comedor de la Escuela. «Oye Francia, “estate” quieto. No te fajes».

Había intercedido para evitar una pelea con otro compañero. «Déjame, a ver si este de verdad me tira la jarra. ¡Dale, tírala!». «Oye, que te quedes quieto. ¿Tú no ves que te van a botar?». Francia miró al frente, hacia los techos de guano. El oficial volvió a revisar el listado: «¿El 415 no está aquí?». Un soldado sacó el cuerpo. «Raudilio no está, teniente. Lo mataron los aviones aquí mismo, cuando el bombardeo».

Francia se mantuvo en silencio. «El 444». Era el número de Orlando García García, un mulatico de buen carácter y sonrisa incansable en el rostro. La última vez que habló con él fue antes de comenzar el combate. «Oye Francia, ya tú sabes… —juntaba los dedos de la mano y los frotaba con malicia—, cuando salga de aquí… Directo a ver a la novia». Francia se rió. «¿Y tú todavía te acuerdas?». La tropa entera estalló en una carcajada. «Ay, este Francia», dijo Orlando y le tiró un brazo por encima de los hombros. «El 444, ¿dónde está?». El silencio regresó y solo se escuchó el silbido del viento, igual que el día en que se terminó el ataque de los aviones.

«¿Nadie sabe dónde está el 444?». Un miliciano dijo: «Él no está, teniente». El oficial hizo una marca en los papeles. «¿Qué le pasó?». Francia se viró para observar mejor. «Cayó en la trinchera de los mercenarios antes de comenzar el combate», contó el hombre. «Lo único que oímos fue cómo le enterraban los cuchillos, y él gritaba llamando para que lo vinieran a salvar». Francia bajó la vista. Al lado de su litera, abajo, había una cama vacía. Era la del 444.

Nota: Los números mencionados en el pase de lista hecho en Pálpite no se corresponden con el listado real, salvo el de Orlando García García. Todo lo demás es verídico por completo.

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