Como un volcán

La audacia y humildad del Padre de la Patria eran, en última instancia, hijas del amor a Cuba y a la Revolución

Autor:

Armando Hart Dávalos

En el seno de una familia acomodada de San Salvador de Bayamo, nació el 18 de abril de 1819 Carlos Manuel de Céspedes y Castillo. Allí realizó sus primeros estudios en un ambiente culto, y luego en La Habana, a los 19 años, se graduó de bachiller. En Barcelona obtuvo el título de Licenciado en Leyes a los 23 años y permaneció viajando y conociendo Europa durante varios meses. Se establece como abogado en su ciudad natal donde combina sus habilidades como buen esgrimista y jinete con el gusto por la literatura, el conocimiento de idiomas y la composición de poesías y canciones.

Manuel Anastasio Aguilera, que lo conoció desde niño, publicó el 20 de junio de 1874, en el Americano Ilustrado, Político y Literario, en París, sobre Céspedes lo siguiente: Era de pequeña estatura; aunque robusto, bien proporcionado, de fuerte constitución y rápido en sus movimientos. En su juventud fue muy elegante, bien parecido y de simpática figura. Se distinguía mucho en el baile y se le citaba como perito en juego de ajedrez. Tenía un valor personal a toda prueba, acreditado en diversas circunstancias de la vida.

A partir de la década de los 50 del siglo XIX comienza a destacarse por sus ideas políticas contrarias a la dominación colonial, por las que sufrió prisión y destierros de su ciudad hacia otros lugares de la región. Se mudó para Manzanillo, donde ejerció la abogacía y fomentó la finca azucarera y el ingenio la Demajagua. En los años 60 de ese siglo se incrementa su actividad conspirativa, utilizando el marco organizativo de la masonería. Por eso, cuando en 1867 se hizo evidente la proximidad de la revolución, a partir del fracaso de los intentos reformistas de la metrópoli, ya Céspedes tenía una bien ganada fama en las regiones circundantes de Bayamo y Manzanillo por sus ideas y sus acciones contra el dominio colonial español.

En medio de posposiciones de la fecha de alzamiento y vacilaciones de las fuerzas comprometidas en llevarlo a cabo, Céspedes irrumpe en la historia con su alzamiento el 10 de octubre de 1868. Esa fecha debemos considerarla como el natalicio de nuestra nación, porque marca los límites de dos épocas.

Céspedes representa las concepciones democráticas independentistas con tal fuerza y originalidad, que abrió el camino para una evolución posterior del pensamiento revolucionario. Su mérito y estatura han de considerarse partiendo de que tomó la decisión de levantarse en armas e iniciar la guerra contra el colonialismo español y la oprobiosa institución de la esclavitud por el establecimiento de una república democrática; dirigió el movimiento independentista cuando emergíamos como nación y les concedió la libertad a sus esclavos. El valor de sus concepciones y métodos políticos ha de medirse comparando sus ideas republicanas, independentistas y antiesclavistas con las condiciones sociales prevalecientes en los momentos en que estaba naciendo nuestra Patria y por la vigencia que tienen en nuestros días. Se le recuerda como el fundador de nuestra nacionalidad.

Un hombre de su temple y temperamento, con firmísimas convicciones personales, subordinó sus criterios al interés de la unidad del movimiento independentista. Admitió con ejemplar modestia y disciplina una serie de decisiones que consideraba erróneas. En nota fechada el 21 de noviembre de 1878 relacionada con su deposición escribe:

En cuanto a mi deposición, he hecho lo que debía hacer. Me he inmolado ante el altar de mi Patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba. Mi conciencia está muy tranquila y espera el fallo de la Historia. Y pongamos punto final a la política.

Con concepciones tan arraigadas, muchas de las cuales la historia se ha encargado de confirmar como correctas, fue capaz de respetar —acaso como nadie— la autoridad civil, en nombre de la cual lo destituyeron, y no le dieron el amparo necesario, dejándolo prácticamente a merced de las tropas españolas.

Martí, en su conocido trabajo «Céspedes y Agramonte» lo dejó retratado para la historia. Dijo el Maestro: De Céspedes el ímpetu […] es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra […]. De Céspedes el arrebato […] desafía con autoridad como de rey. Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres sublimes […]. Y no fue más grande cuando proclamó a su Patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos.1

Cuando Céspedes se enfrentó a España, tuvo la osadía necesaria para adelantarse a sus compañeros e iniciar la guerra. Sin embargo, cuando en nombre de la Patria la Cámara lo destituyó, tuvo la humildad indispensable para aceptar aquella decisión. Audacia y humildad eran, en última instancia, hijas del amor a Cuba y a la Revolución.

Ha pasado a la posteridad con el noble título de Padre de la Patria y primer Presidente de la República.

1 José Martí. Obras Completas, t. 4, p. 358

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