Con el remo de proa

Integrantes de las tertulias de la Tecla del Duende visitaron sitios fundacionales de la historia de Cuba

Autores:

Mileyda Menéndez Dávila
Jeiddy Martínez

Cuando las holguineras Eloína y Cary dijeron en diciembre que no querían morirse sin conocer a Baracoa, la idea corrió como lava hacia otras provincias y contagió a medio centenar de seguidores de la Tecla del Duende, quienes armados de lupa y optimismo elegimos sobre un mapa los destinos de la nueva expedición, materializada gracias al apoyo de Ferrocarriles de Cuba, Transmetro y Campismo Popular en Holguín y Guantánamo.

Con el remo de proa, así llamamos a esta aventura, en honor a la llegada de Gómez y Martí el 11 de abril de 1895 por el sur de Guantánamo; también a la de Maceo por el norte de ese territorio el primer día de aquel mes, y la de Cristóbal Colón por Bariay, «la tierra más fermosa», donde se selló lo que no pocos historiadores denominan encontronazo entre culturas en octubre de 1492.

Ellos por mar y nosotros por tierra, compartimos la feliz oportunidad de «descubrir» la contrastante naturaleza de la zona y admirar la nobleza de sus habitantes, apegados a esas tradiciones que definen la esencia de la cubanía.

Dicha Grande

A bordo de la Yutong 648 de la empresa Transmetro de Holguín (pilotada por Jorge San Jorge y Reniel Ricardo, choferes con paciencia de frailes), recorrimos durante tres días la montañosa nariz del caimán.

En Guantánamo nos alojamos en el campismo de Cajobabo, una instalación que sobrevive al desgaste del salitre y el tiempo gracias a la dedicación de sus trabajadores.

No lejos de allí, en lo que antaño fue el bohío de la familia Leyva, donde siendo un niño, Salustiano entró en contacto con la expedición mambisa liderada por Martí y un siglo después dialogó con Fidel, radica hoy el centro cultural del poblado. A la entrada, una réplica del bote usado por aquellos patriotas simboliza la osadía de tantos desembarcos que signaron el rumbo de esta Isla desde su conquista hasta el triunfo revolucionario de 1959.

Al fondo del museo se construye un bohío en el que motrarán a las futuras generaciones los enseres típicos del humilde hogar criollo. Varias mujeres de nuestro grupo celebran la idea: criadas en ese ambiente campesino, hablan de lo útil que aún resultan las escobas de yarey, los guayos de clavo y las coladoras de café montuno.

A Playitas vamos, y el trayecto ya no es de ciénaga, como contó Martí, sino camino noble en su mayor trecho, pero 700 metros de costa pedregosa hacen creer a Teté y Ana Julia que no podrán llegar hasta el monumento: frente a ellas se yerguen las mismas rocas que bloquearon el paso a los seis exhaustos expedicionarios que hicieron el trayecto a la inversa aquella noche, cargados cada uno con un fusil, 2 000 municiones y sus artículos personales.

Ayudamos a las septuagenarias holguineras a saltar el obstáculo e improvisamos una tertulia ocurrente junto al farallón que custodia otro bote simbólico, recién pintado de cal, cuya proa se mantiene desafiante.

En el sitio que Martí hollara feliz en su honrosa condición de soldado, y con el pensamiento puesto en el medio siglo de la victoria de Girón, el veterano Alberto nos convoca a cantar de pie el himno de Bayamo.

El oleaje de fondo acompaña la lectura de fragmentos del diario martiano. En sus escuetos párrafos confirmamos que en toda epopeya hay mucho de emoción y riesgo, de contradicciones y continuos aprendizajes, de emprendimiento solidario y decisiones éticas.

Danay, la presidenta del Movimiento Juvenil Martiano en la provincia de Granma, puntualiza fechas y evoca detalles que cautivan sobre todo la atención de Frank, Rubén, David, Leandro y Anabel, los pinos nuevos de esta tropa de amor.

De vuelta al campismo, un chapuzón a dos aguas sobre el tibaricón que separa el mar del río Yumurí bajo la misma luna roja de primavera descrita por el héroe hace más de un siglo.

Timonel en tierra

¡Cuántas leyendas se cuentan sobre el Paso de los Vientos, al este de la Isla grande! De ser reales, la mejor platea para comprobarlas es a 37 metros sobre el nivel del mar, junto a la chispa parpadeante en la Punta de Maisí, un paraje que todo cubano debería visitar alguna vez para adivinar no muy lejana la silueta de Haití.

Hasta el centenario faro llegamos por laberínticos caminos. Entre Cajobabo y La Máquina, cabecera del más oriental municipio cubano, la brújula da varias vueltas en redondo. La carretera parece frágil remate para una falda de terrazas cortadas a pico y de escasa vegetación.

De las mordidas del Caribe apenas nos separa una cortina de espinosos cactus. La tropa escucha embelesada una minuciosa descripción de la región en boca de Ricardo, el geógrafo artemiseño… hasta que habla de lluvias orográficas y las bromas se disparan al fondo del vehículo: el grupo entiende «holográficas», y por la coloración del paisaje ciertamente parece que los únicos aguaceros aquí vienen en fotografía tridimensional.

En la loma, el café huele aún en las ramas y los maiseños contemplan sorprendidos nuestro azul rocinante, pues este es uno de los pocos municipios a los que aún no llegan las rutas interprovinciales de ASTRO.

Villa multicentenaria

Como señal de buen augurio, un arcoíris nos acompaña al subir La Farola, viaducto considerado entre las maravillas de la ingeniería civil cubana del pasado siglo. Nuestra meta es Baracoa, única de las siete villas fundacionales que celebrará su medio milenio en el sitio original, junto a la Bahía de La Miel.

Hormigueamos por la ciudad en pequeños grupos, ávidos de impregnarnos con la solemnidad de su Cruz de Parra, o fotografiar el busto desafiante del indio Hatuey frente a la vetusta iglesia, ahora en reparación. Unos suben al mirador del hotel del Castillo. Otros se acogen al legendario encanto del hostal de la Rusa o se refrescan en la Casa del Chocolate.

En un suspiro pasamos sobre el Duaba y llegamos al Toa, el más caudaloso torrente cubano, para al menos mojarnos las manos en su desembocadura y ver de cerca las matas de cacao, una novedad para la mayoría del grupo. «Hay que volver», insiste Vivian, la tunera.

Nos despedimos de la ciudad primada derramando miel en un remanso del río que lleva tan dulce nombre. Dos horas después, la última curva de la Farola se celebra con aplausos, especialmente por los jóvenes habaneros y villaclareños que mal llevaron sus mareos oliendo limones mientras las veteranas orientales saboreaban el paisaje con los tradicionales cucuruchos de coco.

Jorge sonríe, menos tenso. Es su bautismo de montaña y siente que ya puede manejar en cualquier carretera del mundo. De regreso a Holguín la mayoría se arrebuja en sus asientos para contemplar, cansados, la caída del Sol.

Modernos conquistadores

Con buen tino, la empresa holguinera de Campismo Popular apostó hace algunos meses por organizar excursiones de un día desde la ciudad cabecera hacia algunas instalaciones turísticas de gran demanda en la provincia.

El circuito escogido por la Tecla para dar cierre a esta expedición (Parque Bariay- Campismo Silla de Gibara) es la más popular de esas ofertas, nos dicen. Incluye cultura y mar, historia y paisaje montañoso, piscina y buen almuerzo… Sin olvidar el viaje en los ómnibus Girón, titanes del turismo nacional por más de 30 años.

La Silla de Gibara es una elevación confusa: en vez de una tiene dos cimas, su acceso es por el municipio de Rafael Freyre, no por el de Gibara, y lo de silla no tiene nada que ver con el tradicional taburete criollo, sino que le viene por su apariencia de montura para cabalgar.

En cambio Bariay es sitio de revelaciones. Aún se discute si fue realmente en esta costa donde Colón besó el suelo que sin miramientos ayudaría a expoliar más tarde. El conjunto escultórico que recuerda aquel choque es propicio para bromas, pero también invita a mantener los ojos bien abiertos, como sus gigantescos cemíes, atentos a lo que se rumia contra esta Isla allende el mar.

Mejor «vestidos» para el calor que cualquier visitante, los protagonistas de un proyecto cultural de la zona recrean cuanto se ha podido rescatar del lenguaje, las costumbres, las locaciones y los ritos aruacos de hace medio siglo.

No lejos de la «aldea» nos sorprende una auténtica polimita. El molusco en peligro de extinción se pasea inocente sobre un cactus de peculiares formas, ajena a la voracidad de los nuevos conquistadores de tesoros.

A casa volvemos con miles de fotos, amistades más sólidas, piedras, plantas para sembrar y el deseo teclero de seguir desandando la historia y amando la naturaleza de esta Isla insurrecta y generosa. En la bitácora de viaje queda sin respuesta una pregunta: ¿Cuándo partimos de nuevo?

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